I
A los doce años se decidió que mi madre iría a vivir con sus padrinos, unos pudientes, poco dados a proveerle afecto o siquiera contención. Era tan pequeña mi madre, comía solita y dormía en un cuarto, junto al patio, sintiendo miedo, porque para dormir debía salir al patio, a aquella noche por entero negra, eso además de que comía sola, de que desayunaba sola. Rigurosa la polaca. Cuando la necesitaba hacía sonar una campana. Muy culta era la mujer. Los sentaba en el living, a los hijos, a escuchar música clásica. Mamá allí aprendió buenos modales. Hacían además que cosiera, que aprendiera a coser y que fuera al menos capaz de coserse su propia ropa. Mamá no quería coser. Quería nadar y hacer atletismo.
Cuando llegaba el verano la polaca con sus hijos se iban al Club, el de las Regatas. Ella dentro de un horario muy estricto, el que le daban, concurría al natatorio municipal, cerca de allí. Pero como no sabía nadar porque nadie le había enseñado, se quedaba en el bordecito, pobrecita. Hasta de vieja, lo recordaba y me lo contaba. Recuerdos muy jodidos, decía. Muy doloroso, todo aquello. Sin embargo hijomío había una fuerza, dentro mío, que no sé de dónde venía, pero que estaba sí y venía a mi auxilio, porque al tiempo por ejemplo, como yo tenía tanto miedo de dormir en la noche por el desamparo de aquel patio y por los monstruos, los fantasmas, me trasladaron finalmente a otro cuarto, uno de adentro. Era una piecita chica sin ventanas ni revoques. Le había dicho a mi mamá, me decía mi madre, que me quería ir de aquel lugar. Después le dijo a su madre que no quería estar más, que estaba dispuesta a salir, a trabajar, con tal de irse de aquella casa, así que bueno, empezó el secundario. En el colegio daban también costura junto otras cosas que no le gustaban. No me atraían para nada, pero con tal de salir de aquel lugar y no ver más a la polaca, yo acepté. Así que hizo el secundario, hizo hasta el tercer año y consiguió, un poco después, trabajo como costurera. Así fue su adolescencia, su ir creciendo de aquel modo; con aquellos horarios limitados, se hacía un tiempo, muchas veces sin permiso, se escapaba a hacer atletismo, para correr y salir de allí. Dos años así, más o menos.
II
Cuando cumplió diecisiete mamá quiso ser locutora. Como podía se colaba si había, en una conferencia, en los clubes o las bibliotecas del pueblo. El día en que inauguraron la sede nueva, de la universidad, también fue. Ahí conocí a uno que fue famoso. No sé cuánto caminé para poder llegar, dijo, porque no tenía ni para el colectivo, dijo. Yo sentía esa vocación que tenía adentro mío, yo quería ver, ver qué pasaba, alrededor, sí, pero también en mi adentro. Venían después, claro, las frustraciones, dijo, y es que todo me era tan difícil, todo me era tan complicado. No era sencillo reír, decir voy a poder, estudiar, y nada más hacerlo. Así que bueno, me puse de novia. Y me quedé claro, embarazada. Y por supuesto, me casé. Te tuve a vos bien jovencita y después… Pero me estoy dejando otras cosas, que viví de chica, antes de irme de la casa de la polaca que no fue lo peor. Eso también creo que fue lo que a mí más me quebró. Porque me lo guardé en silencio, para siempre y no dije nada.
Un día masticábamos trocitos de almendra y bebíamos una botella de vino, junto a tu tío y con Angel, un amigo de tu tío Manuel. Estaba también Susana, mi prima, la de Quisquilate. A esa vos la conocés. Hablábamos de esto y de aquello otro. Angel y Manuel recordaban sus épocas de jóvenes, una vez en que los dos pernoctaron, en el suelo, junto a la colina, envueltos en un naylon negro, en las afueras de Tillingasta. Creíamos por entonces que si el amigo hablaba era uno quien decía, acabó asegurando uno. Y que también si él moría, dijo otro, era uno mismo quien se moría. Mordí entonces una almendra. Sabía mal, como envejecida. Vi de pronto arrugas en el rostro de tu tío Manuel. Supuse que otras iguales estarían surcando el mío. Nos invadió a todos como un cansancio, uno que no era sólo el del vino. El cansancio era el de Corina, la orfandad que había dejado, la misma viudez de Angel. Corina había fallecido hacía unos ocho meses. Entonces Susana nombró al cura, uno que vivía en las sierras.
Buena persona, el cura. Como tu padre, hijo, que era bueno. Nomás que no se había enamorado. Tu padre nada más era joven y por ello ocurrió que fue franco. Dijo que no podía vivir de ese modo, una relación en la que no sentía nada. Así que nos separamos. Vos tenías menos de un año y allí quedó mi vocación. Me dediqué a ser madre, a trabajar, mientras arrastraba, mientras escondía. Y no me daba cuenta. Después también lo fui entendiendo. El hecho del colegio por ejemplo, la etapa del colegio, de chica. Un colegio muy lindo, muy religioso. Los padres allí iban siempre, al salir, a buscar a sus hijos. Al salir me explicó mi madre que ella se quedaba, paradita, en un rincón, esperando, a ver si uno se le acercaba. Esperaba que alguien acercándose me dijera, soy tu padre. Vine a buscarte. Eso me pasó durante mucho tiempo. Me enojaba, no podía entender, el abandono, el su mujer y los hijos. Todo en aquellos años. Y bueno, crecí así con reparo. Yo misma me decía que no debía, ni pesarme ni importarme nada; me decía que no debía dolerme, que para qué si no valía la pena, hasta que un día al final, terminé por convencerme. Se convenció de que no le afectaba. Tenía ya como veinticinco. Porque en esa época aún era raro, no era común pedir ayuda. Recién lo pude decir como unos veinte años luego. Se lo dije a ese sacerdote. Aquella lejana noche, la del vino y las almendras, mi prima se lo recomendó a Angel. Le había dicho que había un sacerdote, que era de mucha ayuda, que ayudaba a personas que tenían dificultades. Me acordé. Salí a buscarlo. Fui hasta esa capillita. Un pueblito junto a la meseta. La verdad es que fue la primera vez, la primera en toda mi vida. Pude hablar, pude contar. A mí me quebró la vida. Porque lo guardé en silencio, lo de mi abuelo, el que fui abusada. Guardé eso para siempre. Hasta que hablé con el cura y el curita me ayudó mucho, me dijo que tenía que hablarlo, en especial con mis hijos, que debía charlarlo con ustedes, que yo me iba a dar cuenta cuando, el momento en que debiera hacerlo. Porque eso explicaba, dijo, muchos comportamientos míos: sobre todo con tus hermanas, con las que fui tan rigurosa. Porque claro, había algo detrás, tanto miedo, mucha desconfianza, porque yo tenía desconfianza de todos además de frustraciones con la cosa esa de la intimidad.
III
Fue un asunto que me costó resolver, que si lo resolví fue sacándolo. Ahí empezó el tema, la terapia anterior al cura, porque había intentado hacer terapia, pero eso no me hacía bien, sentía que no me servía, así que por eso dejé. Después del cura encontré otra persona, una señora maravillosa. Lo que yo sacaba, lo que le contaba, le provocaba a ella una angustia enorme… Notaba que se retiraba, que dolida se abolillaba; le llegaba demasiado todo eso que yo le contaba. Eso también me provocó un conflicto. Era tan dulce esa mujer; tenía un corazón tan grande. A mí me salía cuidarla. Me dio un abrazo grande, después al dejar la terapia.
Al curita lo seguí viendo. Yo le hablaba. El me escuchaba. Decía que a Dios se lo experimentaba en cualquier lugar, que ir a misa era innecesario. Que el mejor lugar para orar es nomás una habitación, aseguraba aquel curita. Yo creo que debe de ser así. Creo que él tenía razón. Por eso es que rezo sola, en silencio, callada siempre. A veces, hijo, a mí Dios me responde. En ocasiones a mí me parece, hijomío, que él responde.
IV
De tanto caminar uno halla la propia profundidad. En las huellas encuentra uno esa profundidad, dijo cierta vez, atardecida, mi madre mientras bordaba. Porque caminar es dejar trazos de uno mismo sobre el papel del mundo. Es en esos trazos que nos asentamos y es gracias a esos trazos, que habitamos la morada que es el tiempo. Toda vida de hombre se funda en un tono sentimental, una simiente, una tonalidad afectiva radical. He ahí el núcleo de nuestro carácter que en unos es melancolía y en otros, exultación. Ocurrió esa misma tarde que dejé de ser un niño para siempre. Lo supe porque ella había comenzado a volverse anciana. Me di cuenta porque se encorvaba. Y el cabello se le fue ennebleciendo. Ya casi para entonces no comía.
Fue una de aquellas mismas noches que mi madre se me acercó y me dijo: Hijomío debes saber algunas cosas. Me explicó que el universo era una esfera cuyo centro estaba en todos lados, en cualquiera siempre que mirásemos. Pero su circunferencia no acaba, hijo, en lugar ninguno. Debes saber también que eso lo dijo un señor lóbrego, uno que era como el curita, uno al que los buenos cristianos pronto mandaron a quemar en una hoguera. Luego otro señor, pensante o sabedor nomás, aseguró que el paraíso era un lugar repleto de sentido. A ese señor lo publicaron y como era de buen carácter y se guardaba hasta de su lengua, lo llenaron de honores y de dinero.
En aquel momento unas avecillas de estanzuela abandonaron el refugio de los churquis y de las ramazones verdes de los chañares. Un Pito-Juan revoloteó sobre los hombros de mi madre. Amargas lágrimas corrían por mis ojos. ¡El paraíso!, pensé nostalgioso y me puse a huellar el polvo. Escucha bien lo que voy a decirte, me ordenó después: Es éste un universo de padres y de hijos… Recordé que mi madre había tenido desde antes hábitos de costurera. Por ello ha sido lúgubre. Por eso anduvo siempre obsesionada con eso de ser pobre. Ella cosía y cosía. Como si fuera abril. La añoranza nos amamantaba. Mamá usaba aquellas mañas suyas para entretejer sus tardes. Pues aunque afirmara que nomás cosía lo que ella en verdad hacía era tejer. El tiempo es como el vacío pero sin aullidos, solía decir además. La nostalgia son los quejidos que hace la nada al romperse.
A un costado, un libro viejo, se deshojaba nada más de tanto viento. El sol era rutilante. Rutilante. Resquebrajador
V
Otro día mi madre vino a mí como urgida por confesarse. Ya no hay pasto. Ya no hay perros, ni jilgueros, dijo. No hay alianzas ni añoranza. No hay ensueño. Lo único que hay ahora es este sol ardiente, hijomío. Mi madre no comprendía o mejor dicho comprendía pero poco. La polaca, la habitación oscura… Había estudiado, pero apenas lo suficiente como para salir de aquella casa.
Aquel día, mientras enhebraba una aguja, volvió a decir Hijomío. Hijomío, escucha bien, debes saber dijo que en el mundo, hay muchas criaturas, hay malvones y hay helechos. Hay árboles y hay también animales. Animales como el zorro. Como la chinchilla. Como el ternero. Ningunos de ellos tiene la culpa. Las plantas y los árboles le hacen bien a la creación. Igualito los animales. También ellos le hacen bien a la creación.
Pero en el mundo hay asimismo hombres. Los hombres son mezquinos y cobardes. Por ello se apropian de todo. Por ello usurpan y manosean. Por ello es que contaminan. Cuando un hombre llega a un lugar, suele decir: Estoesmío, estoesmío y estoesmío. Entonces toma una piedra. Y si ve un pájaro se la arroja, procurando robarle de ese modo el vuelo. Después alambra las praderas. Viola mujeres. Tala los árboles. Y con los troncos construye jaulas. Y corrales. Y encierra en ellos al zorro. Y encierra en ellos a la chinchilla y también encierra al ternero. Después se les queda mirando. Lo hace para ver si puede arrebatarles el alma, y con el alma tal vez amputando el vuelo, procura ver si llega a rellenar tanto vacío. Pero el alma no es algo que pueda arrebatarse. Cuando el hombre se da cuenta, porque el hombre se da cuenta, de que el alma nunca puede arrebatarse, le entra hijo un miedopánico. En ese momento las criaturas nada más miran al hombre. Sienten por él algo de pena. Justo ahí es cuando el hombre se sabe realmente solo. Entonces el hombre, desespera. Y furioso, sin saber que hacer consigo mismo se le da por despellejar al zorro, por aplastar a la chinchilla, por degollar al ternero. Pero aún después del holocausto el hombre sigue insatisfecho.
Como un niño sin consuelo, después del holocausto el hombre mira todos aquellos juguetes rotos. Y se sienta, desvalido, sobre una roca. Dice entonces: Mamita eran lindos. Mamita eran tan pero tan lindos, los juguetes que yo destrocé. Los rompí, mamita linda, se lamenta queriendo deshacer el entuerto, como si llorar fuera lo mismo que no haber hecho o que haber hecho bien. Y es ya de noche. Así que el hombre rompe en llanto pues no le queda más ahora, al desgraciado, que habitar su propia maldición… Mi madre dijo después que todo ser humano es por esencia una amalgama anostalgiada, Por ello cubre todo de asfalto gris. Por ello hunde las manos en la arena estéril. Por ello su hedor de vidamuerte alcanza todo lo que toca, hijomío