Junio de 1838/Santa Fe de la Veracruz
Félix Riquelme sorbe lentamente el mate ya lavado, sentado en un banquito sobre la pared soleada del rancho, en las afueras de Santa Fe. Oye lejanas las salvas de artillería lanzadas con motivo de las exequias de don Estanislao López, el Patriarca, el que parecía eterno gobernador de la provincia invencible. Las imágenes se agolpan en su mente. Indaga en su interior para recordar una época previa a la presencia hegemónica de don Estanislao. Parece que siempre estuvo. Desde pequeño presenció el constante ir y venir de tropas bajo su mando, de criollos alzados, de indios pedigüeños correteando detrás de ese hombre de rostro moreno y pelo ensortijado. Las escenas, como en una película, retroceden décadas y se detienen en el invierno de 1821. Alrededor de las ocho de la mañana siente el viento helado que castiga su rostro de niño ya curtido de tanta intemperie. Corre por un sendero que atraviesa en diagonal el inmenso espacio que oficia de playa mayor. En una mano lleva un arco que supo conseguir de unos indios y en la otra las flechas, para cazar pajaritos en el monte. De pronto una aparición se le cruza inquietante; y no lo abandonará hasta el fin de sus días. De una arcada del Cabildo pende una jaula de hierro, y en su interior un bulto oscuro a cuyo alrededor se aglomeran las moscas y, le parece ver, alguna que otra mariposa marrón que revolotea. Cuando se acerca descubre que el bulto es la cabeza de un hombre: cabellera enredada y semblante desencajado. De a ratos parece que se balancea, danza y amenaza con escapar de las rejas. Tal vez es el viento, o el aleteo de las mariposas. El niño Félix, temeroso, da un rodeo y se aleja rumbo a un montecito.
10 de julio de 1821 / Río Seco
El aire huele a pólvora, los alaridos ocupan todos los espacios, y en medio del pecho de Francisco Ramírez, el Supremo Entrerriano, florece un charco de sangre tibia. En ese momento de vorágine emergen en la mente del caudillo las representaciones de su vida como un carrusel de cuadros pintados a brochazos ligeros. La sucesión de imágenes conforman una cronología errática. Se ve niño en su morada de la estancia de su padre, el hidalgo Juan Gregorio Ramírez; observando azorado al cura Mariano Agüero que le descubre el mundo en cada una de sus lecciones. El fraile lo guía por los dominios de la ciencia, de la naturaleza y del más allá. Se ve caminando por el bordecito del arroyo de la China junto a su maestro hasta detenerse en una playa circular de arenas muy blancas donde el agua se arremansa. Sobre la arena el niño Francisco escribe con una varita de sauce y trazos torpes la palabra papá. Agüero alza una mano y le descubre los fenómenos de un universo inabarcable: el cielo, las nubes fugaces, la vegetación que los circundan. “Ves, tras el cielo celeste se oculta la inmensidad de la creación – le dice -. Pero por la noche podemos descubrir mucho más”. Recuerda las salidas nocturnas para contar estrellas, descubrir constelaciones e imaginar el rostro de la luna. Su viaje fantástico salta de una escena a otra. Ahora es el caballero andante errando entre lomadas coronadas por el monte abigarrado. Marcha en compañía de la Delfina rumbo al triunfo de Cepeda. Gobernante meticuloso en Corrientes organiza las instituciones de la república entrerriana. Soldado valiente en los entreveros entrerrianos de Saucesito, Las Tunas, Cepeda y Coronda. Y las imágenes solo vislumbradas, en ese instante y a lo largo de su vida, entrelazadas en una misteriosa trama de ficción y realidad. Como en la sala de un cinematógrafo no inventado aún; adentro un desfile de personajes de ficción que se asemeja a la realidad, afuera la realidad que se parece a la mera ficción. En su interior la paz del eterno instante de muerte presente. Afuera la barbarie, el fragor, el vértigo, la sed, la sangre, el fuego, el tumulto… Y el grito desesperado de la Delfina.
1942 / Santa Fe / El secreto
—Hijo, ¿adónde vas?- pregunta el padre de Simón.
—A ninguna parte.
— Entonces sentate y escuchá bien lo que te voy a decir, y no lo vayas a escribir ni se lo vayas a decir a nadie. Esto se lo tenés que trasmitir después a tus hijos cuando sean mayores de edad.
El joven, vestido aún con el riguroso uniforme del Colegio Nacional, se asombra por el tono confidencial e intimista de su padre, no habitual en ese hombre rígido, autoritario e inexpresivo. Es la Santa Fe de mediados del siglo XX y la guerra europea domina los titulares de El Litoral y de los diarios que vienen de Buenos Aires. Durante el invierno ruso las tropas soviéticas van recuperando las posiciones en manos de los alemanes, se lee en las primeras planas. Son tiempos de escasez de mercaderías importadas; los automóviles permanecen inmovilizados por la carestía de repuestos y los diarios informan que los Estados Unidos acaban de suspender la fabricación automotores de uso particular para dedicar el esfuerzo de la industria a la emergencia bélica.
Por todos los rincones florecen los talleres que fabrican a martillazos los repuestos imprescindibles. Los argentinos poco a poco, obligados por la coyuntura, despiertan conscientes de la necesidad de producir acero, manufacturas y artefactos electrónicos. No sólo vacas y trigo. Gobierna la provincia Manuel de Iriondo, aliado del conservadorismo que ostenta el poder en el país desde 1930 en medio de acusaciones de fraudes electorales, como sucedió en los últimos comicios del primero de marzo donde el oficialismo se impuso cómodamente. El vicepresidente Ramón Castillo ejerce la presidencia de la Nación ante la ceguera del presidente Roberto Ortiz.
La Forestal señorea en el norte santafesino produciendo tanino a partir de la depredación del quebracho y la explotación de cientos de hombres que vegetan en la semiesclavitud. En los campos de Santa Fe los terratenientes desalojan masivamente a los aparceros dejándolos despojados de su medio de vida. Un diario describe el “cuadro desolador de chatas, carros y villalongas cargados en las chacras con enseres prontos a partir sin rumbo, como linyeras o parias”. Otra noticia informa que el gobierno está experimentando un nuevo método para combatir la langosta tucura que se devora las cosechas, utilizando aviones que esparcen insecticidas K-3 sobre los campos.
—En nuestra familia tenemos un tesoro secreto que guardamos de generación en generación. Hasta hoy yo soy el único que sé de su existencia, porque me lo contó el abuelo cuando cumplí 21 años y me encargó que se lo trasmitiese a mi hijo mayor. La casa de Pantaleón Rodríguez Centeno es una tradicional mansión santafesina cuya construcción data de principios del siglo: muros robustos, amplios ventanales y mobiliario macizo de roble y caoba. En un rincón de la espaciosa sala se observa un fonógrafo prolijamente lustrado con sus piezas metálicas relucientes. A su lado una ostentosa radio General Electric cuyo diseño rememora las capillas de estilo gótico. A determinadas horas del día la radio reúne a toda la familia para disfrutar de los programas de moda como El Glostora tango club, los radioteatros de radio El Mundo o Rivadavia, o los conciertos predilectos de Pantaleón que emite radio Municipal o la radio del SODRE de Montevideo.
—Es un tesoro que nos dejó el abuelo de tu abuelo, el doctor Manuel Rodríguez. Él estaba emparentado con el brigadier López, que fuera uno de los primeros gobernadores de la provincia y muy caudillo el hombre, al que le decían el Mulato. Simón sabe, por la historia que enseñan en el colegio, que el nombre de una calle céntrica de la ciudad, General López, es un homenaje al principal caudillo santafesino, hombre valeroso de lanzas llevar que tuvo a mal traer a los porteños en sus disputas por el régimen de gobierno. Pero en las historias que circulan en el seno familiar, referidas en las prolongadas charlas de sobremesa oyó referirse al Mulato López de una manera despectiva, supo de sus entreveros y complicidades de lo más obscenas con el tirano Rosas, de cómo lo había traicionado a Iriondo, de su crueldad con el adversario, de cómo se había prestado a las intrigas de Rosas para mantener prisionero al general Paz, caudillo valiente y de ideas progresistas. Y ahora resulta que López viene a ser parte de la parentela de los Centeno, algo así como la oveja negra de la familia, la rama bastarda, putrefacta de su árbol genealógico.
—No sé si sabrás, te deben haber enseñado en el Colegio, que en 1821 los entrerrianos encabezados por el caudillo Francisco Ramírez invadieron Santa Fe, enemistado con el Mulato por sus intrigas con los gobiernos porteños. Pero les fue mal a los entrerrianos. Derrotados en Coronda tuvieron que huir a Córdoba. Así fue como, perseguido por los nuestros y los cordobeses, el tal Ramírez con los restos de su ejército enfiló para el norte buscando refugio en Santiago del Estero. Pero fue alcanzado en un lugar llamado Río Seco y ahí lo mataron cuando procuraba salvar a la Delfina…
1 de junio de 1822 / La Bajada
La llovizna se entromete por todos los espacios. Cielo, suelo, barrancas, árboles y pajonales están invadidos por un frío y viscoso vaho. En la semipenumbra del amanecer los hombres, algunos agazapados, otros echados de panza sobre las gramillas, insuflan chorros del pestilente aire en su agitado respirar. Los corazones aceleran su ritmo al compás de la expectativa que anida en sus mentes. Las manos rozan de tanto en tanto el frío metal de los trabucos. Los complotados avanzan por el camino resbaloso que rodea la barrancas con los caballos a las riendas. Cada ladrido lejano, cada resoplido de las cabalgaduras, los ponen en estado de alerta. Una repentina brisa del sureste comienza a soplar y desplaza los nubarrones hacia el norte. Amaina la precipitación y la claridad de la luna en cuarto creciente empieza a configurar el paisaje del arrabal paranaense. Transcurre un tiempo que parece interminable, el sol se insinúa entre la maraña del monte y ni noticias del contacto. Hasta que debajo de un frondoso chañar se asoma la silueta de un guardia. Es el contacto convenido que los guiará hasta la casa de gobierno.
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