El rey prófugo de Portugal, 1808

Novela, Fragmento del capítulo 4

Pregunté al canónigo José Agostinho de Macedo, diz que eremita agustino, ¿por qué las músicas de sus misas no parecen sumisas? Díscolas melodías más propias de un burdel de extramuros irrumpen de pronto en medio del “Agnus Dei” llenando de algarabía el trance eucarístico.

—Quien canta, reza dos veces —me dice el crápula anacoreta. El ruedo de su dulleta bisbisea cuando adelanta un pie. 

—Ese salmo suena a profano —dije—, como la voz de la soprano madama Gafforini entonando algún aria de ramera babilónica en una ópera del maestro Haendel. 

—Las capillas musicales —aduce el canónigo—, se inspiran también en las melodías de las óperas profanas porque se entiende que toda música es sagrada, ya que es la voz de Dios, según dicen los poetas latinos, S.M. 

—¿Qué dicen? 

—Que la música es la única sensualidad que nunca cae en vicio. 

—Como siga la pachanga en las iglesias, el vicio serán los oficios. 

—Cambian los tiempos, S.M. y la Iglesia tiene el santo deber de acompañar el camino del hombre; la juventud reclama la felicidad en la adoración. 

—Su juventud busca la juerga, la jácara y la parranda; un día tendremos que bailar tarantelas en medio de una jaculatoria si seguimos la marcha del mundo. La Iglesia, santo varón, tiene que mantenerse idéntica en medio de tantos cambios y no seguir el barullo como si fuese una gorrona. 

—¡Dios no lo permita! —se santiguó el canónigo. 

—Dios ya prohibió lo que tuvo que prohibir en el Sinaí —le recuerdo—, está en nosotros permitirlo siendo veniales, santo varón. 

¡Usar la música para asueto de la plebe y regodeo de villanos! Faltaba más. Que busquen su triqui-tráca en las corridas de toros, en las romerías o en las efemérides. No le faltará ocasión al buen seguidor de agasajos. 

“La música es la más sagrada de las artes, porque no necesita de los ojos que son los sentidos más embaucadores y falsarios” me decía el viejo maestro de armonía, João Cordeiro da Soto mientras sus dedos menudos iban persiguiendo por el teclado del órgano una fuga de Bach. “Hay que seguir estas ondulaciones que el divino Sebastián apuntó como al pasar en el pentagrama”, decía. “El artista tiene que estar como Dios en su obra: presente en todas partes, pero visible en ninguna”. El velo tenue de las cataratas le anegaban los ojos, sé que no veía lo que seguía en los abigarrados trazos del papel ocre puesto sobre el atril. Veía nebulosamente al mismo Bach con una fina batuta de cedro dibujando en el aire la música a la que se aferraba en el teclado como quien siente que es la única esperanza y la única verdad. Dejé solo al maestro de armonía, tratando de no hacer ruido al abandonar el atrio, pero la fuga me siguió. Ya prófugo en el mar, la fuga se fuga conmigo. Me llevaré el arte de Bach de esta Europa desolada por el retumbo de las caballerías del Corso.

—¡En qué terminó la revuelta francona! —digo con fastidio mirando el vientre oblicuo del mar. Decapitaron a un rey para elevar al hijo de un picapleitos provinciano como emperador. La “Revolución” volvió al pobre contra el noble, pero eso no volvió noble al pobre sino solamente pobre al noble.

Cuando quiero saber a quién tengo enfrente uso el método que llamo “llegar al vacío” preguntando primero ingenuamente acerca de algún asunto de Estado; cuando me responde, hago otra pregunta más precisa, después otra y otra, abandonando el árbol, por decirlo así, para detenerme en las hojas una a una hasta que mi interlocutor no tiene respuestas; situación que yo llamo “el vacío” porque a partir de ese punto no es posible mantener un diálogo útil sin caer en el precipicio de las ambigüedades donde las palabras pueden querer decir cualquier cosa y terminan diciendo nada. Considero que toda persona de bien tiene la obligación de estar al tanto de lo que sucede en el gobierno de las cosas que para su bien o para su mal, le afectan siempre. Mi sencillo método sirve para indicarme quiénes son los lobos y quiénes las ovejas en este redil revuelto del Estado. 

Observo el mar desde cubierta mientras se acerca por el puente principal el académico monseñor Justo de la Cruz Saraiva, abad benedictino que ni ora ni labora, caminando lento como quien va seguro hacia el capelo cardenalicio1

Tiene “in mente”, según me ha dicho, escribir las crónicas de la Orden Benedictina a la que pertenece y se debate entre un “sí” y un “no” por nimiedades o chismes de escolios que encuentra en los viejos pergaminos, copiados hasta el cansancio por monjes aburridos durante diez siglos2 de aplastar las sentaderas en los pupitres de las abadías.


  1. Que nunca necesitó de urgencias… basta con ser monseñor y sobrevivir treinta años, en algún momento caerá en la terna eterna que se turna para calzar el sombrero rojo tan codiciado por ser el peldaño anterior al del Papa. Ni el trono de San Pedro está libre del acecho de los ambiciosos del poder. Dante trazó el tercer foso del octavo círculo del Infierno para estos simoníacos, incluyendo al Papa Nicolás III Orsini y pre-adjudicó otro foso a Bonifacio VIII quien recién falleció en 1303. Allí purgan la eterna pena:  
    “Fuera del borde el pecador echaba
    las piernas y los pies vueltos arriba,
    y los demás, la tierra lo ocultaba:
    ambas plantas quemaban llamas vivas
    con tanta fuerza que al instante
    soltaría una cuerda compresiva.
    Y uno gritó: ¿Llegaste, Bonifacio?
    ¿Ya estás aquí? La cuenta me ha mentido,
    pensé que llegarías más despacio.
    ¿Tan pronto te has saciado ya del oro,
    que robaste a la Divina Esposa,
    a quien vilipendiaste sus tesoros?  
    Dante, Divina Commedia, Canto XIX. La “Divina Esposa” es la Iglesia, ¡vaya matrimonio! ↩︎
  2. Entre las invasiones bárbaras después de la muerte del emperador Teodosio en el año 395 y la caída de Constantinopla en poder de los turcos en el año 1453, transcurrieron más de mil años. Esta Edad Media tan ensombrecida por la caterva de detractores que cosechó el Iluminismo sirvió a la causa del poder más que los millones de años que vivió la manada humana desde que salió de las cavernas. Primero, la Iglesia se quedó con los despojos de Roma y tuvo que organizar “ex nihilo” con el puño del compadre Carlomagno los cimientos de una nueva civilización. El rebaño humano creyó que el poder venía de Dios ya que lo comandaba el papado. Los frailes, bailando cuaresmas, y los reyes, a catecismos y penitencias total que “París bien vale una misa”. Si lo sabrá el cuñado Enrique IV que tuvo que dormir tres días en la nieve de Canosa antes que Gregorio VII le condonara la excomunión. ↩︎

Biografía

Alejandro Bovino Maciel nació en 1956 en Corrientes. Es médico psiquiatra y escritor y se formó con Augusto Roa Bastos durante diez años en Asunción. Ha publicado libros infantiles, ensayos y novelas de ficción histórica. Los últimos títulos “Mariano Moreno, el fuego del mar” (2022), “Culpa de los muertos” (2022), “El rey prófugo de Portugal” (2023), “Los sueños de la eternidad” (2023) “El perdón de los pecados” (2024). Reside en Buenos Aires.
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