Como cada mañana me visita,
lo observo por el vidrio empañado
de la ventana sudorosa y fría.
Si él supiera que las dalias
prematuramente han encontrado ya la muerte,
quizás pueda retrasar con su gorjeo mi partida.
Miro como picotea agradecido cada miga,
que en el plato de loza yo le he puesto.
Migas que llevo siempre en los bolsillos,
como paga por su dulce melodía.
Su plumaje tiene el color del cielo,
ese cielo donde él emprende el vuelo cada día,
Mientras yo permanezco en esta jaula,
aprisionado, solo y desterrado
con la angustia certera de saber
que pronto se avecina mi partida.