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El imaginador y otras visiones destramadas

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Sinopsis

El Imaginador y otras visiones destramadas no es solo una colección de relatos: es una travesía literaria que desarma certezas. Con una prosa que desborda géneros y desafía el sentido, el autor nos lleva a un territorio en el que la realidad se fisura y lo imaginado impone su ley. Cada página de este libro incomoda, fascina o sacude. No hay anécdotas: hay visiones. No hay finales: hay ecos. Leerlo es como soñar despierto... y no saber si queremos volver. Se trata de una lectura que transforma al lector en visionario. Un libro para quienes no temen enfrentarse a la verdad, incluso cuando llega disfrazada de ficción.

Prólogo fuera del lugar


Entré en la heladería. Debí haberlo sospechado por el brillo de las cosas. Avancé. Yo era el único cliente. La muchacha que atendía me preguntó amablemente por los gustos de mi preferencia. Mientras me servía el manjar helado, me dijo algo que no entendí. Pedí que me lo repitiera y, mientras me extendía mi capricho dulce, volvió a hablar, pero tampoco esta vez entendí qué decían sus labios. La tercera vez que se produjo el fenómeno, la muchacha sonrió y apagó la radio (recién entonces me percaté de que la música estaba muy alta). Ahora sí comprendí qué me decía. «Estamos en guerra contra los nazis», pronunció perfectamente y creí que hablaba con mi propia voz. Entonces, desperté. La enseñanza de aquel sueño radica en que los cuentos, como los mitos, más allá de la aparente incongruencia, son vehículos de verdades a las que accedemos muchas veces si bajamos el volumen de lo que nos aturde sin darnos cuenta. No hablo de la verdad personal, aquella que nos reservamos para determinar el mundo. Tampoco me refiero a esa otra verdad que los viejos filósofos y amanuenses de lo concreto han intentado establecer como doctrina. Hablo de la única verdad que propicia múltiples «despertares» en cuanto nos interpela. Se ha dicho que ciertas ficciones, como algunos sueños, anonadan porque presentan a individuos ordinarios en situaciones extraordinarias. Creo que, con los relatos de esta colección, ocurre exactamente al revés: todas las criaturas son extraordinarias puestas en lugares ordinarios. Tal vez aquí resida la tensión primordial de quien imagina. Resta saber si el verdadero «imaginador» es el autor o el lector. Cuando hable la verdad en las visiones de las siguientes páginas, acaso identificaremos la voz que la pronuncia. Entonces…


Para C. E. C.,

pues ¿cómo no reconocer en un libro a quien más me ha enseñado en esta vida?


La cita


Nadie me vio partir,
lo sé, nadie me espera…
Gustavo Cerati, Cuando pase el temblor


Quedé solo en este París donde me había refugiado desde hacía tantos marzos. Su mirada quedó en la mía, no pude recuperarme de tanta presencia. Y quedé solo, con una languidez que comenzaba a quemarme el estómago. Solo, con ese horizonte carmesí, tiznado de azul profundo, en medio de habitantes que deambulaban como sombras ciudadanas. El sol del atardecer resaltaba sus ojos verdes, en cuyos contornos se asomaban las primeras arrugas, a pesar de sus casi cincuenta. El tiempo es eso, murmuré. El tiempo es nada, solo un beso de esos labios que, segundos antes, habían susurrado la despedida. Y Lucianne se fue caminando por la misma plaza en la que nos habíamos conocido una vez. La vi alejarse hacia el atardecer. Sus pasos, como eco. Su mirada, como un perfume que siempre me recordó a algo, pero no sé bien a qué. Mi instinto de sacrílego hizo que respirara profundamente. Me encaminé hasta el Jardin d’Amilcar, el bar que iluminaba esa misma plaza, ahora oscurecida por su espalda y el crepúsculo. Y entré en el local.


* * *


Entré con el recuerdo de su espalda, de los labios, de los ojos de ella. Me senté a la mesita de madera. Mi cabeza continuaba turbada, el humo de cigarrillo no me dejaba ver bien. Quería una cerveza, pero la camarera atendía en el fondo. Tardé en darme cuenta de la música que se oía. «El Flaco» Spinetta.1Eso llamó mi atención, pero volvió a ganarme la humareda del bar. La estridencia horadaba mis oídos. Todo me aturdía y me asaltaba. El lugar estaba colmado de jóvenes. Ellas llevaban blusas con hombreras y unos pendientes enormes. Los muchachos, camisetas, dentro de los pantalones, que marcaban el cuerpo, cuyas mangas cortas, a su vez, lucían dobladas sobre los hombros, como un repulgo esmerado. Consideré que era un bar de algún argentino en París, del tipo «retro», que recordaba la década de los años setenta u ochenta, probablemente de Buenos Aires, a juzgar por la música. Me sorprendió el arte y el detalle en la reproducción de la época. Fue inevitable la nostalgia del tiempo en el que, sin embargo, jamás me había permitido vivir. El exilio es más una obsesión por el recuerdo —pensé o creo que pensé mientras observaba ese oleaje humano— que una tendencia a la supervivencia. Quería cerveza. Aunque pasó a mi lado, la camarera no me vio. Entonces la llamé, un poco fastidiado por la espera. Con la mano, me respondió que tuviera paciencia. En las paredes rojas, busqué algún anuncio del evento, pero solo colgaban cuadros de Bowie, de Genesis, de Queen… Sentí un tirón muy patente en el estómago, un dolor casi disimulable. En francés, la camarera preguntó si me sentía bien y qué pediría. Ella se había apoyado en el respaldo de la silla vacía que daba al otro lado de mi mesa. Recorrí con la mirada la línea de los brazos hasta el rostro: su pelo, rizado y batido; sus párpados, pintados de un celeste claro; y su ojos, profundos y saltones, remarcados por una línea azul oscura. Respondí que me sentía bien, le pedí mi cerveza. Cuando se alejó, observé el hueco tremulante y efímero que había formado su rastro en la humareda. Y en el extremo de ese hueco, vi a una joven que me miraba con curiosidad desde una mesa. La reproducción de época me había sorprendido por lo exacto, pero me dejó atónito la similitud de los rasgos de aquella muchacha fisgona a los de Lucianne. Sus ojos reían, advertían mi desconcierto (un inesperado dolor en los dedos de los pies, como si descargas eléctricas mordieran mis piernas). Miré alrededor, los cuadros glamorosos se distorsionaban. El tema de Spinetta terminó. Volví la vista a la joven, que me hacía señas. ¿Pretendía que la siguiera? Todos alrededor comenzaron a bailar al ritmo de Amor descartable, de Virus.2 Sentí deseos de hablar (la lengua amarra mi voz, como una confusión de electricidad). El tiempo duele, me encontré pensando. Pero el tiempo es eso, la nada extendida en la tela del espacio. El dolor era parecido a la nostalgia de una tierra natal. Esa tierra madre que me había expulsado como una hembra enloquecida, una ménade sin tirso ni senos. De pronto, me percibí como hijo de una jauría. No puedo explicarlo, era un sentimiento patente y remoto a la vez, pero sentí que no pertenecía ni aquí ni allí. Extraño (mis manos arden de dolor, como si la piel, la carne, los huesos se retorcieran por el desafío a la fuerza de gravedad). Vi cómo esa muchacha, de la misma edad de Lucianne cuando nos conocimos, se retiraba de su mesa. La música era el eco de ese dolor originario, que ahora ocupaba mi horizonte mental, mis latidos, la densidad de mi sangre. Temí que ella se me escapara. Entonces, la seguí con la mirada (oh, ¡la nada siente!). Como pude, me levanté. Sin darme cuenta, con el hombro empujé a la camarera que venía con mi cerveza. Derramé espuma sobre mi camisa, mis pantalones, mis zapatos. Pedí disculpas de manera torpe, creo que la camarera me dijo algo. La muchacha que pretendía que la siguiera salió por la puerta de entrada (otro relámpago intenso, esta vez entre las piernas). La atmósfera, sofocante. Como pude, cargué de aire mis pulmones (mis ingles empujan hacia abajo, como si quisieran parir humo). Comencé a caminar entre la humareda. Mientras salía, atropellé a los jóvenes que se movían con la música que, de cualquier manera, ya no podía distinguir a qué tiempo pertenecía. Mientras avanzaba, comenzó a brotar sangre de mi nariz, como si un río se volcara al abismo. Olí el hierro del líquido de mis venas, sentí su hervor, percibí cada uno de los latidos de arterias basculantes en ese cuerpo mío que luchaba por salir, por moverse… Abrí la puerta. Y salí.

* * *


Era ya de noche. Me estremeció el aire fresco. Aquella muchacha no estaba, como temía. Nadie había allí. Oí, lejana, una música. Me di cuenta de que la calle, que había creído pavimentada, ahora era de adoquines. El Jardin d’Amilcar se había esfumado. Un dolor en el pecho. Giré la cabeza en el mismo momento en que oí la frenada. Los movimientos fueron rápidos, casi no me dieron tiempo. El Ford Falcon verde casi me aplastó los pies. Cuatro tipos con anteojos ahumados. Cuatro garrotes, con los que golpearon mi estómago, mis brazos, mi nariz. Me colocaron con violencia una capucha en la cabeza, vedaron toda referencia de mi mundo. Me sentí prohibido, expulsado, extrañado. Me percibí amarrado a una noción —nada más que a una noción— de mí mismo, remota y extraña y obsoleta, como si yo nunca hubiera existido. Una sola certeza impregnaba mi visión mental: unos ojos verdes como promesa que, sin embargo, comenzaba a echar de menos; un nombre que no sabía pronunciar todavía, una espalda de mujer, un beso (un bar, una plaza, un atardecer carmesí). Y creo recordar que me quejé por el primer garrotazo. Me empujaron adentro del auto. Ese día me vieron por última vez en Buenos Aires. O creo que así se llamaba esa ciudad del sur de hace tantos marzos.

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