Libro primero
La banalidad del bien
La locura no es estar loco sino enloquecer a los demás.
Juan Gelman
De atar
Adrián Carrió murió el domingo 9 de mayo de 1999 antes del amanecer. Estaba internado en el Hospital de Bariloche, en la habitación número 11 de la Unidad de Cuidados Intermedios, atado de manos y pies a los barrales de la cama. Entró en paro respiratorio a las 4:30 y lo pasaron a la Unidad de Terapia Intensiva. Fue entubado por la Doctora Rodríguez y el Doctor Monteagudo. En el cuaderno de la UTI dice: Se le hacen maniobras de resucitación cardiopulmonar durante casi una hora, teniendo las mismas resultado negativo, 5:50 obita.
Trece días antes de morir, el 26 de abril a las 23 horas, Adrián ingresó voluntariamente por guardia. Estaba ubicado en tiempo y espacio pero manifestaba temor frente a la posibilidad de matar al dueño de la casa que alquilaba.
—Tengo miedo. Me quiero internar —le dijo a la médica que lo atendió—. En casa tengo un arma.
La Doctora Galaverna indicó el esquema de medicación.
Dos semanas después de internarse Adrián Carrió fue varias veces inyectado en vena, y no en el suero como estaba prescrito con un potente hipnótico. Tampoco se respetaron los horarios en que se lo debía medicar. En el 2004, cinco años después de su muerte, se inició causa judicial por mala praxis al psiquiatra tratante.
Jueces
Al lago Nahuel Huapi la ciudad lo acosa desde la orilla, si no hay viento transmite una serenidad ilusoria como lo que allí se refleja. Frente al lago están los tribunales.
—Y así se mata al buen padre de familia que hay en uno.
La frase me sorprendió, la dijo el Juez César Lanfranchi en el despacho de su conjuez Julio Leguizamón. Al inicio de la entrevista les había dicho que era psicólogo, que venía de Fiske Menuco y estaba investigando sobre las muertes en Salud mental de las que Adrián Carrió formaba parte. Al presentarme pensaba que, en el fragor de un día tribunalicio, los magistrados se negarían a perder su tiempo en informar a un desconocido sobre un expediente archivado. Me equivocaba. Los jueces contaron durante más de dos horas, interrumpiéndose repetidas veces para hablar, sobre sus encerronas:
—No sabemos qué hacer —dijo el corpulento juez Leguizamón detrás de un escritorio, tan voluminoso como él, colmado de expedientes—. En esta provincia antes de internar los psiquiatras tienen que consultarnos. Recuerdo a un paciente de Salud mental que se vino a mi casa una noche, tocó el timbre para pedirme ayuda y le pagué el boleto a Neuquén. Allá tenía unos familiares. Estaba en crisis, no sé, veía cosas —poniéndose de pie, en toda su estatura, agregó—: pasé esa noche en vela, cuando llegó me llamó por teléfono. Recién ahí respiré.
César Lanfranchi, de cuidada elegancia y fino bigote, dijo:
—Tenemos ahora un caso de El Bolsón, donde engancharon a un chico débil mental. Una pelea de borrachos que terminó en un asesinato en que a la víctima la enterraron viva. El chico es inimputable, no sabemos adónde derivarlo, no hay donde internarlo y afuera lo van a volver a enganchar —y bajando la voz, agregó—: en estas situaciones, firmés lo que firmés, estás haciendo daño, y así se mata al buen padre de familia que hay en uno.
Des-funcionario
El Doctor Hugo Cohen, en 1995, en su libro Trabajar en Salud mental. La desmanicomialización en Río Negro, afirmó: “El manicomio no cura la locura”. Con esta máxima inspirada la aplicación del prefijo des fue la prescripción repetida, según su receta: desinstitucionalizar y desmedicalizar. Jefe del departamento provincial de Salud mental, logró que se promulgue la Ley 2.440, llamada de Desmanicomialización, que prohibió la instalación de neuropsiquiátricos en la provincia.
La reforma había dado comienzo con el cierre del Hospital psiquiátrico de Allen en 1988. El edificio fue reciclado como parte del hospital general sin espacio para Salud mental. Sostuvo el funcionario: “Todo este proceso nos enseñó que al manicomio se lo deja o se lo cierra. No hay medias tintas tales como sistema de puertas abiertas o comunidad terapéutica. Si se lo deja intentando reformarlo, esa estructura se vuelve a manicomializar.”
Los pacientes en crisis, en adelante, serían alojados en los hospitales polivalentes de la provincia. Insistió el psiquiatra en septiembre de 2013 en el diario Página|12: “Fue necesario instituir la internación en el hospital general a través de una decisión político-técnica que avalara y normatizara esta práctica y así cortara definitivamente la boca de entrada al sistema manicomial.” ¿No sospechó el doctor Cohen que cualquier hospital se puede manicomializar?
Drogar
Adrián Carrió, veintisiete años, poco más de un metro sesenta, ciento veinte kilos. En la estrecha foto carné el gesto es amenazante, tal vez por la inclinación de la cabeza respecto al torso. Había nacido en 1972 y en la historia clínica se registró, en lenguaje técnico, una infancia atroz con un padre golpeador, también diagnosticado psicótico, que lo desconocía como hijo propio. Desde los 15 años fue tratado en el Hospital de Bariloche; de los 20 a los 25 años con diversas internaciones.
Está escrito que fue drogadicto y es difícil entender a qué se referían. Si de drogas industriales se trataba, le prescribieron todos los neurolépticos: somníferos, alucinolíticos, ansiolíticos, hipnóticos, anticonvulsivos, sedativos, antidelirantes e inductores de la anestesia con nombres de eficacia tecnológica: Tegretol; Etumina; Piportyl; Meleril; Akineton; Nozinan; Halopidol; Rohypnol, más las nuevas drogas que se sumarían en su última internación, entre ellas Midazolam. Este último psicotrópico, sospechado de provocarle la muerte, es uno de los compuestos de la inyección letal que se utiliza en Estados Unidos para ejecutar la pena de muerte.
En la historia clínica dice: “Paciente con miedo a la muerte, en repetidas ocasiones con sentimientos de rechazo y de aceptación hacia el hospital, en varias ocasiones enfrentado con los enfermeros tratantes y otros pacientes a quienes golpea.” De las dos semanas que estuvo internado, la primera fue en el servicio de clínica de adultos. En el cuaderno de enfermería se repite una y otra vez la frase: El paciente deambula.
En la sala de hombres era espeso el olor a desinfectante y comida hervida. Los enfermos ocupaban sus camas y solo las enfermeras andaban entre ellos. Carrió deambulaba por la sala; se quejaba a gritos; hablaba sin parar; reclamaba que lo atiendan, protestaba contra el Servicio de Salud mental; acusaba que Cayú le había robado 6 pesos; pateaba el carro de la comida. Adrián agitaba las noches insomnes del hospital, los psicofármacos no lograban plancharlo. No se escapaba, se iba, así como entraba salía, porque en el hospital le tenían miedo y nada ni nadie lo contenía.
Miedo
Cada vez que tocaba fondo creía que viajar podía ayudarme. Dejar el consultorio, retomar las investigaciones de las muertes de “Sufrientes Mentales” en mi provincia, y, en este caso, poner 500 kilómetros de distancia con Alicia y nuestra costumbre de intoxicarnos cada noche.
Cuando tuvo su última crisis Adrián trabajaba en la playa de estacionamiento de la calle Mitre en el centro de Bariloche.
—Estaba contento, tenía su plata —dijo José Tapia—, sus ahorros.
José, amigo desde la secundaria, lo visitaba en la internación. Sabía que Carrió andaba perdido. Le agarraba la crisis decían, así, como si tuviera garras. José Tapia creyó que Adrián deliraba cuando le decía que se iba a morir ahí, que una vez más estaba perdido y mandaba cualquiera.
—¿Cómo se le ocurre que se iba a morir en el hospital? —recordaba José años después—, los que tienen otras enfermedades puede que mueran, por cosas del cuerpo no de la cabeza.
Adrián Carrió supo escuchar en el silencio que lo rodeaba. Al internarse, dos semanas antes de morir le dijo a José:
—A mí me van a hacer pasar de largo —fija la mirada en un rincón y repetía más bajo—, me van a hacer pasar de largo —y para sí, una plegaria—, me van a hacer pasar.
Braulio Vera, coordinador del Grupo Institucional de Alcoholismo del Hospital de Bariloche recordaba:
—Adrián era agresivo, de carácter fuerte, metía miedo. Tenía un físico pulenta, alterado se imponía, era dueño de la situación.
El miedo en torno a Adrián no se desprendía de su potencia física como escribieron, 5 años después de su muerte, en el expediente judicial. El miedo lo despertaba su portación de rostro y de locura. Prefería el miedo a la indiferencia. Una vez abierto el miedo, Adrián Carrió lo habitaba para cubrirse de la intemperie porque en la indiferencia se perdía en su locura. La supuesta «peligrosidad para sí y para terceros», fue consecuencia del destrato sistemático.
Matar
Adrián Carrió andaba por las calles delirante y semidesnudo, mezcla de locura y neurolépticos. La ropa con la que salía en las noches de otoño eran partes de un pijama, una bata de mujer, pantalones cortos, alguna vez iba sin una zapatilla.
La doctora Silvana Coro entrevistó a Adrián una mañana, junto a su cama, y le dejó unas revistas de deportes. La médica escribió por primera y única vez en el cuaderno de los profesionales y se puede leer algo parecido a una sesión de psicoterapia: “Paciente lúcido, algo disgregado en el contenido del pensamiento, por momentos coherente, algo demandante e intolerante. El paciente manifiesta que se descompensó por exceso de responsabilidad, que si nos podemos comunicar con el dueño del trabajo para expresarle su inquietud. No obstante, dice que ya se encuentra mucho mejor”. Escribieron en el cuaderno de enfermería que cuando se fue la Doctora Coro, Adrián “pide dieta específica, dice que está muy gordo. Salió a la calle y regresó más calmado.”
Norma, prima de Adrián Carrió, hija de la mujer que lo alojó en sus últimos años, dijo:
—Nunca estuvo contenido en su familia, no se ocupaban de él, siempre tuvo problemas. La madre mentalmente mal no se podía hacer cargo, la muerte de mi madre fue un mes antes.
Los pobres si están locos no tienen lugar que los aloje. Adrián Carrió tuvo hogar mientras vivió con la tía que lo crio. Al morir la mujer, esa intemperie, disparó la locura. Adrián era consciente de que el delirio iba a crecer una vez que había comenzado a anunciarse. La crisis iría ocupándolo todo, dejando apenas un rincón, esquina de la conciencia donde asistir a un barullo incansable, a una obsesión sin reposo. La voz le mandaba:
—Matá a Puano. El revólver está en casa, andá y matalo —el odio se había disparado desde la muerte de su tía y le ordenaba—: matá a Puano, pegale un tiro… dos… tres —delirio lleno de dudas y ambigüedades—, ¿matar a Puano?
Separado de ese impulso, Adrián Carrió evitaba acercarse al arma que lo tentaba, pero ansiaba sentir el peso contundente en su brazo, apoyar el índice en el gatillo y matar a Puano. Era un fulminante percutido, la inflamación de la carga, un estallido, la bala desembocada.
Adrián sostenía una batalla con el homicida que lo habitaba y quería matar al dueño de la casa que alquilaban.
—¡Reventalo! —mandaba el delirio—, cargate a Puano de una vez.
…