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Desde la sombra

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Sinopsis

Desde la Sombra compila todos los cuentos que se centran en la aparición del concepto de lo ominoso y lo siniestro en contextos cotidianos, jugando siempre con la proximidad lo trágico en diferentes contextos. Más cerca o más lejos del velo de lo fantástico, estos relatos retoman y homenajean la tradición de aquello que acecha desde la sombra. A la versión original del 2015 (revisada y corregida) se agragn relatos posteriores que se mueven en la misma línea desde diferentes perspectivas.


A Ángeles, Mariel y Florencia, por quienes vivo
A Liliana Bodoc, madre literaria


“..lo siniestro sería aquella suerte d e espanto que afecta a las cosas conocidas y familiares desde tiempo atrás. En lo que sigue se verá cómo es posible y bajo qué condiciones las cosas familiares pueden tornarse siniestras y espantosas”.

Lo Siniestro – Sigmund Freud -1919

Redención

La humanidad no muere, pese a todo no muere,
porque el hombre lleva adentro
un maldito demonio: el diablo de la creación.

La casa de arena—Abelardo Castillo

Alguien, como al pasar, prendido de alguna anécdota familiar que se moría en el tedio de un domingo, mencionó su nombre. Quizá por impresión o por simple empatía, la triste vida de Juan quedó prendida en algún rincón de mi memoria. Sepa disculpar el lector alguna que otra incomprobable digresión; no son más que una de las tantas formas con que la verdad busca la luz en la palabra.
Nada en su vida le pertenecía por completo. Desde su agenda, a la que se sometía con resignación, hasta su forma de vestir, estaban regidas por una fuerza superior que no admitía resistencia. Los horarios marcaban el ritmo constante de sus días; cada minuto estaba asignado a una tarea. Una aceitada maquinaria marcaba el ritmo de todas sus acciones y le servía para sostener una postura obsecuente que le permitía vivir sintiéndose aceptado como una pieza más de un mundo que lo ignoraba.
Todos con los que compartía alguna actividad, tarde o temprano lo sometían al doloroso exilio del olvido. Pero Juan parecía no sufrir esa soledad… o quizás, simplemente prefería no ver. Para él era más sencillo asignarle a la envidia aquel profundo silencio que lo rodeaba. Pero una vez afuera de su rutinaria realidad, ya cumplidas sus obligaciones, caía en un vacío que le causaba espanto; un punto ciego en el que no había límites impuestos y que lo dejaba a la deriva. Allí se convertía en víctima de su peor enemigo: el tiempo libre.
En uno de esos tantos momentos aciagos, el destino quiso que encontrase una tarea que iba a cambiar su vida. Una mañana de otoño, mientras caminaba sin rumbo, buscando el amparo del sol otoñal, una pequeña figura de madera tallada llamó su atención. Estaba ubicada en un rincón casi secreto a la vista de los caminantes, en la vidriera de una tienda de antigüedades. Estaba rodeada de elementos castigados por el tiempo y el olvido. No era frecuente que algo lo apartara de su marcha a ningún lugar. Esa esbelta figura lo atrajo con un poder tan enigmático que, por un instante, toda su maquinaria mental dejó de funcionar. No hubo lugar para la culpa.
Antes de tomar conciencia de lo que estaba sucediendo, se encontraba dentro de la tienda, contemplando con fascinación la delicada pieza. Se trataba de un gaucho tallado en madera, en una actitud contemplativa, como si ante sus ojos se hubiese manifestado el universo entero en su máximo esplendor. No era mucho más grande que la palma de su mano extendida, lo que no impedía que cada pliegue reviviera la pasión que el autor había puesto en ella. La examinó con detenimiento. Sus dedos recorrieron cada golpe de gubia. Podía sentir la vida en cada surco, y esto lo arrancó salvajemente de su mundo gris para siempre.
Dos horas más tarde, Juan descendía resuelto del tren. Hizo todo el viaje con su preciado tesoro apretado contra su pecho… mejor dicho, contra su corazón: la figura que lo había cautivado ahora lo acompañaba, junto con dos piezas de madera virgen listas para ser trabajadas. Dentro suyo empujaba por salir una incontrolable ansiedad por crear algo con esos elementos.
Los días siguientes se le diluyeron en un continuo que lo encontró sumergido en la búsqueda y el estudio de todo lo que necesitaba para llevar a cabo su proyecto. Reordenó el pequeño galpón que dormía en los fondos de su casa. Buscó entre los viejos objetos acumulados durante años algo que recordaba haber comprado un tiempo atrás. Entre tanto recuerdo heredado por fin lo halló: envuelto prolijamente, por fin tuvo frente a sí un juego de herramientas para tallar madera. Ahora, aquel gasto que había hecho preso de un impulso irracional y que le había causado tanta culpa, cobraba sentido.
Sus obligaciones poco le importaron. Adujo la enfermedad de un pariente radicado en la provincia de Córdoba, y con ello logró una licencia de un par de semanas. Se olvidó de sí mismo y cualquiera se hubiese llevado la impresión de encontrarse ante el más desdichado y abandonado de los seres del mundo. El alimento importaba sólo lo necesario como para mantenerlo concentrado en su labor. Casi al borde de la licencia, luego de hacer algunas pruebas menores, se sintió seguro como para dar comienzo a su gran obra.

A esta altura creo indispensable advertir al lector sobre la actitud con la que encaró el proyecto: en ningún momento atravesó su mente ningún tipo de duda sobre su aún no probada aptitud para aquella tarea. Algo en él no le permitía dudar sobre el éxito que alcanzaría. Simplemente otro Juan había nacido en el señor Iribarren, justo en el momento en el que posó por primera vez sus ojos sobre aquella estatuilla, en aquel guardián que poseía la llave de su negado destino. Si su abandono causaba una profunda tristeza, el estado en el que cayó al empezar su obra era tal, que nadie hubiese dudado que Juan estaba sometido por el demonio de la locura. Pero ya nadie lo recordaba.
Su licencia expiró. El teléfono sonó insidioso durante las primeras jornadas. En las siguientes el buzón no pudo contener la cantidad de cuentas y notificaciones recibidas (entre ellas una que anunciaba su despido). Noches y días fundieron sus límites naturales para pasar a ser un tiempo sin tiempo. El agotamiento físico y las heridas en las manos no lograron disminuir el ritmo de su labor. El momento de finalizar su obra se aproximaba. Un empecinado estado febril taladraba sus pocas fuerzas. De sus castigadas manos brotaban dolores indescriptibles.
En una fría y silenciosa madrugada de agosto, casi sin notarlo, Juan se encontró frente a su obra terminada. Dominado por dolores inimaginables, tomó entre sus manos el Cristo tallado, y con una felicidad sin límites, inundó a su espíritu el mismo estremecimiento que le había producido aquel gaucho mirando al infinito. Sólo atinó a recostarse con esfuerzo en un sillón de mimbre para apretar receloso entre sus manos el único objeto que le había dado sentido a su mísera existencia.
Los primeros reflejos de la helada mañana comenzaban a filtrarse en el improvisado taller, cuando el timbre interrumpió inoportuno su merecido descanso. Transitó un tiempo entre las tinieblas del sueño y la vigilia, se incorporó como pudo y, sin soltar su tesoro se dirigió a la puerta. Con inmenso dolor logró abrirla para encontrarse frente a frente con la inesperada visita de la muerte.
Con una sonrisa cómplice y casi paternal, el oscuro visitante le preguntó:
-¿Terminaste?-
Juan asintió. El temor ya no tenía lugar en su alma. Dejó ver el fabuloso Cristo entre sus dedos desgarrados, con el alivio de quien salda una deuda.
La muerte, que de arte conocía bastante, expresó con aire de suficiencia:
-Conocí muchos artistas que hubiesen vendido su alma por lograr algo así, y de hecho lo hicieron por mucho menos-.
La muerte lo había nombrado. Sintió por primera y última vez en su pobre vida que era alguien. Y no precisamente Juan, el encargado de los trámites, sino Juan, el artista.
Días más tarde, su castigado cuerpo era llevado por manos ajenas a un cementerio de las afueras de la ciudad. Fue sepultado en una tumba sin nombre, en medio de otros tantos que han pasado por este mundo sin la efímera gloria con la que nuestro héroe logró cerrar su camino. Su Cristo ahora se encuentra en la vidriera de alguna tienda de la ciudad, a la espera de algún espíritu atrapado que busque, sin saberlo, la redención.
La historia de Juan llega a su fin, y humildemente este relator compartió con ustedes su primera creación, lograda no sin esfuerzo, habiendo perdido en algún momento los límites naturales entre las sombras y la luz. Quisiera contar con más tiempo para poder transmitirles la fabulosa sensación ante la obra terminada… pero sabrán disculparme, alguien llama a mi puerta.

Sombras

Y la luz de la lámpara que le cae encima,
Proyecta en el suelo su negra sombra.
Y mi alma, de esa sombra que está
Flotando en el suelo
No se levantará… ¡Nunca más!
El Cuervo – E.A.Poe

Lo recuerdo perfectamente. Todo empezó el día que enterramos a papá. Regresamos a casa en medio de un silencio que nadie se atrevía a quebrar. Quizá la falta de esa voz acostumbrada a llevarse todo por delante le ponía un tono cruel a ese silencio. De a ratos intercambiamos con mis hermanos lo justo y necesario para organizar los asuntos pendientes, sobre todo los trámites que tenían que ver con las cosas que estaban a nombre de papá y que, como siempre, quedarían a mi cargo. Por supuesto que la sola mención de esas obligaciones sólo sirvió para apurar las despedidas: Mario tenía un largo viaje a Tres Arroyos, Elba no veía a los chicos desde hacía un par de días y Tomás… sólo quería irse. También llegaron las preguntas de cortesía que ya tenían una respuesta: si era necesario que me quedara sola, si necesitaba algo, y las fastidiosas invitaciones que no deseaban otra cosa que un amable rechazo.
Fue así que en menos de una hora nos encontramos a solas la vieja casa, la sombra y yo…
Había atravesado tres largas jornadas entre la agonía de papá, testarudo hasta para negociar su partida y su dilatada muerte. Él sabía, en medio del dolor y los desvaríos que lo llevaban de paseo a sus años infantiles, que muy a pesar nuestro había logrado juntarnos a todos (menos a mamá, quien había abandonado su calvario matrimonial hacía rato) mientras él montaba su anunciada despedida.
Pero estaba muy cansada para hacerle frente a tantos recuerdos. Busqué en la mesita de luz las pastillas y fui a la cocina por un poco de agua. Fue allí, en la breve espera de mi vaso llenándose, cuando reparé en la vieja silla de papá… y en su sombra. Creo que fue más la impresión de aquel espacio vacío que ya no estaría ocupado por aquel gigante torpe lo que me impulsó a salir rápido de allí. Empujé la silla con el pie hacia la mesa y atravesé la sombra que proyectaba en el piso. Un frío intenso e incómodo invadió mis pies inmóviles mientras una oscuridad aterradora los envolvía y se apoderaba de todo.
Es mi primer día de clases. Mamá calma mi ansiedad con caricias y unas lindas trenzas cosidas, como a mí me gustan. Creo que su mano siempre tibia me hará buena compañía hasta la puerta del colegio, pero papá no la deja venir. Su gran cuerpo entra en la cocina llenándolo todo de miedo. Ve que aún no estoy lista y su cara se llena de impaciencia. Me hubiese bastado una mano que me invitara a salir a mi nueva vida, pero interpone su cuerpo con violencia entre mamá y yo y me empuja hacia la puerta. Ella intenta seguirnos, pero un solo gesto duro basta para hacerle entender que a su regreso quiere la comida lista.
De allí en más todo es una tortura silenciosa hasta llegar a la puerta del colegio, en donde me demuestra todo el amor que tiene hacia mí. Me toma de los hombros, se pone en cuclillas y me mira fijo a los ojos. Seca con disgusto una lágrima que se atreve a escapar y me dice: “Nada de llanto, los Acuña no lloramos, andá y hacete fuerte, aprovechá el tiempo y déjate de pavadas”. Recuerdo ese primer y único beso un poco más arriba de la frente. Me gira como un gallito ciego y encamina mi cuerpo tembloroso hasta la puerta de ese infierno llamado escuela, lejos de mamá. Cuando me doy vuelta en busca de auxilio ya no está
”.
Las situaciones que están fuera de mi control me exasperan. Despertar en mi cama cuando el último recuerdo me situaba en la cocina logró perturbarme. Me levanté aturdida. Sentía todavía aquel maldito sueño en la piel. Es increíble cómo la acumulación de situaciones desagradables (ni siquiera me atrevo a mencionarlas como tristes), abren puertas de la memoria que una insiste en mantener cerradas. Pero esos malditos recuerdos siguen allí, agazapados en los sueños nocturnos, esperando un descuido, una debilidad.
Intenté sin suerte desandar el camino de la noche anterior. Mi cabeza y todo lo que tenía que hacer me lo exigían. Pero fue inútil. Desde la última imagen en la cocina hasta mi llegada al cuarto no había más que una sombra profunda. Pero no podía detenerme en un hecho sin importancia, era solo una cruel jugada de mis nervios bastante maltratados en los últimos tiempos.
Decidí organizar las tareas pendientes. No niego que me resultó bastante perturbador volver a la cocina, sobre todo cuando descubrí el vaso de agua lleno junto a la pileta y a su lado una pequeña pastilla haciéndole compañía.
La mala jugada del cansancio pasó rápido al olvido. Como era sábado y no podía realizar trámites, me dediqué a reorganizar las cosas de papá y deshacerme de todo lo más rápido posible. Vacié sin reparos el viejo ropero, con la precaución de revisar bolsillos y posibles escondites de papeles importantes. Volqué todo sobre la mesa de la de la cocina y luego coloqué todo en cajas o bolsas para sacarlas pronto de allí. En unas pocas horas ya había decidido el destino de muchísimas cosas. Miré con cierta satisfacción el final de una tarea que me seguía pareciendo insuficiente. Todo en esa casa olía a él, y hasta en el más absoluto silencio se sentía su presencia.
Supuse que todo se trataba de darme tiempo, y que con la vuelta a la rutina todo volvería a ser como en realidad no recordaba si alguna vez había sido después de tantos años de convalecencias ajenas.
Casi todas sus pertenencias ya tenían destino, sólo faltaban algunas que por su estado irían directamente a la basura. Quizás pueden pensar que en realidad había cosas de las que no me quería desprender por una cuestión de afecto, pero se equivocan. El pasado era casi todo borroso para mí, como oculto detrás de un vidrio empañado. Pero esa imprecisión no podía esconder que absolutamente todo estaba impregnado de recuerdos oscuros, de miedo, hasta de cierta repugnancia si se quiere, como si algo se pegara a la piel en plena oscuridad.
Entre esas cosas con destino decidido estaba el viejo y sombrío sobretodo que lo había acompañado con terquedad casi fanática hasta sus últimos días. Estaba colgado allí, raído, con manchas que de solo verlas permitían imaginar el olor que las acompañaba. No hubo que pensarlo demasiado. Me levanté en busca de una bolsa para sepultarlo lo antes posible.

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