Defensa del consumidor

CARTA A DEFENSA DEL CONSUMIDOR ASUNTO:

Reclamo Formal por Daño Artístico y Quiebre de Reputación Causado por el Producto «Savon de corps» [Su domicilio] Calle Ituño 320, entre Calle Dr. Sabin y Calle Belgrano [Su ciudad, estado y código postal] Ciudad de General Madariaga, Provincia de Buenos Aires, CP 7167 [Fecha] 27 de noviembre del 2021 [Nombre de la persona de contacto] Nicola Costantino [Puesto/cargo] Artista [Nombre de la compañía] No sé [Domicilio] No sé Estimada Nicoletta: (Me permito llamarla así porque ésta es una carta de artista a artista.

Yo, humildemente, soy una artista de la moda, una señora grande.
Y usted es una jovencita) Me dirijo a usted para informarle que el 8 de septiembre del 2021, compré un Savon de corps.
Jabón hecho con grasa de artista.
Hice esta compra en [lugar, fecha y otros detalles importantes sobre la transacción] Rosario, en el Museo que está en los silos.
Fue una transacción importante porque usé todo mi dinero, y mi prima Graciela tuvo que pagarme el colectivo de vuelta.
Le cuento para que sepa que su producto era oneroso, para alguien como yo, que ejerce su arte con modestia, en una ciudad pequeña.
Usted vive en una gran urbe, quizás no conozca la dificultad que afrontamos los artistas del interior, que nos debemos ganar el pan puntada a puntada.
Yo hago vestidos.
También arreglos menores, dobladillos, zurcidos y cambios de cierre.
A veces hago pantalones, también, pero me conocen por hacer vestidos.
Hago para mi ciudad, Madariaga, pero también vienen a verme de Conesa y de Pipinas, e incluso tuve una clienta de Dolores.
Hago vestidos de novia, vestidos de quince y vestidos de egresadas.
El nombre de mi comercio es Atelier Lidia, Haute Couture.
Tengo una fama intachable, nunca entregué un vestido con el bies torcido, o sin el forro perfectamente ajustado.
Yo presumo de que leo el alma de mis clientas.

Cuando se ponen mis vestidos parecen mariposas que abren las alas.
Mis clientas confían en mí.
Tengo sesenta años, y hace cuarenta que tengo mi taller.
Y no hago cualquier cosa, ¿sabe Nicoletta?
Yo sé lo que es el buen gusto.
Sé que una mujer debe ser femenina y delicada como una flor, por eso casi le diría
que no hago vestidos, hago flores perennes.
Lamentablemente, su producto no funcionó bien [o el servicio fue inadecuado] porque [explique el problema].
Le explico el problema: usted sabe lo que fue el año 2020.
Hubo pandemia, no hubo festejos.
Los actos de egresados fueron por las computadoras.
Nadie tuvo alegría ni esperanza puesta en un vestido.
Ese momento sublime, la entrada triunfal, de la mano de un joven que oficia de fondo para la belleza de la jovencita… las miradas anhelantes o a veces envidiosas… los padres arrobados por la obra hecha… todo eso, fue por internet.
Yo soy perspicaz, Nicoletta, y miré con atención las caras televisadas.
No había alegría, Nicoletta.
Las niñas estaban mustias, los jóvenes desinflados.
Hubo lágrimas, sí, pero de tristeza.
Y yo no tuve trabajo.
Por suerte mi marido, Omar, trabaja en la Municipalidad y pudimos arreglarnos, casi no tuvimos que tocar mis ahorritos.
Y llegó el 2021.
Esta vez sí va a haber fiesta.
Los pedidos empezaron a llegar en agosto, apenas terminó la pandemia.
Le digo que se podía ver la alegría saliendo de la boca de cada persona que me hizo un encargo.
Como si fueran burbujas.
Tantos pedidos que tuve que contratar a una ayudante, Maricel, que trabaja con mucha prolijidad pero tiene poca imaginación, pobrecita.
¡Y no me alcanzó la imaginación a mí, Nicoletta!

Después del número veinticinco me sentí desesperar.
¡Mire si fallaba yo, el alma de los vestidos!
¿Se imagina la vergüenza, el modo lamentable de decepcionar a mi pueblo?
En el momento triunfal de la humanidad, habiendo vencido con la ciencia y la paciencia ese virus tremendo, yo fallaría con los vestidos.
¿Cuántas horas de sueño he perdido en estos barruntamientos?
¿Qué presagios creí ver en las pelusas que saqué de debajo de la máquina de coser?
Y en eso me llega el pedido mayor:
Tamara, la hija menor del Intendente, egresa de sexto y se puso en mis manos.
Tamara es como una dormida.
Le hice pruebas, intenté con los colores más audaces, mezclé naranja con turquesa, verde lima con magenta, rojo ruibarbo con azul cerúleo, pero nada la despierta.
No sé qué le pasa a esa niña, es como si la vida no la hubiera tocado.
Para mí que sus padres no se querían cuando la hicieron.
Yo no tengo hijos, pero de esas cosas me doy cuenta.
Tamara es una tortuguita gris.
Me desesperé, Nicoletta, me desesperé.
Además de estar en juego mi buen nombre, estaba en juego la vida de Tamara.
Si no la despierta un bello vestido, ¿qué lo hará?
Y entonces me acordé de usted, Nicoletta.
Hace unos años, cuando fui a la peluquería en una visita a mi prima Graciela, había una revista con una nota sobre una exposición suya en Rosario.
Yo no fui, pero supe del Savon de Corps.
Yo no recordaba que lo recordaba, pero ahora, ante el cuerpo quietito de Tamara, me vino a la cabeza y supe que esa era la solución.
Allí fui, ya le conté, gasté todos mis ahorros, y volví a mi pueblo con el Savon. (No hace falta que le explique, ese jabón que está hecho con parte de usted, más exactamente con la grasa que sobraba en su cadera) Un jabón hecho con la propia persona de una artista me iba a hacer recuperar la inspiración sin duda alguna.
Como cuando una comulga, ¿no?, que comparte la sangre y el cuerpo de Cristo y se siente un poco más buena.
Ya con el producto comprado, hice lo que supuse que debía hacer: me di baños de inmersión, largos y serenos, en el agua enjabonada con el Savon de Corps.

Floté en ese agua sedosa, opaca y rara hasta que se me borraron todos los pensamientos y aparecieron otros.
Los primeros días fueron como había imaginado, Nicoletta.
Un sueño, una fiesta.
Las manos me volaban en las telas, las agujas y las tijeras.
Resolví quince modelos en una semana y pensé que ya era tiempo de enfrentar mi temor, el vestido de Tamara.
Sin saber por qué, agarré la seda blanca.
Usted me dirá:
¿Seda blanca para una tortuguita gris?
¡qué insensatez!
Pero… era necesaria la seda blanca, algo en mí lo sabía aunque yo no lo entendiera.
La noche del 26 de noviembre, me desperté a las tres de la mañana, fui al taller, y no sé qué pasó Nicoletta.
Empecé a cortar con cuchillos, y a embadurnar la tela con grasa.
¿Me volví loca, Nicoletta?
No lo sé.
Busqué alambre e hilo sisal, y envolví el maniquí en tela manchada con pintura roja.
Corté piezas indescriptibles y las cosí en un frenesí que alternaba la puntada de hilo de seda, con la brutalidad del punzón desgarrando la tela.
A las ocho de la mañana sentí que había terminado, y me fui a dormir.
Tamara venía para su prueba a las 11.
Y vino, Nicoletta.
Vino.
Sola, porque la madre ya no soporta las sesiones de prueba.
Las dos vimos el vestido al mismo tiempo.
A mí se me cayó el alma al suelo, a ella le llegó la suya al cuerpo.
Parpadeó, el cuerpo se le irguió, y sus ojos negros tomaron un resplandor de pájaro.
No sabe lo que es ese vestido.
No se puede explicar con palabras.
Voy a adjuntarle fotos.

¿Es un mamarracho?
No diría eso.
¿Es un espanto?
Creo que sí.
Pero Tamara voló hacia él, con sus deditos flacos encontró el modo de ponérselo, y se transformó.
La seda le marca la curva de las piernas antes inexistente, el hilo sisal le dibuja la
cintura, las manchas rojas le dan reflejos violáceos en los ojos negros que perdieron su
expresión somnolienta y las puntadas de hilo sisal sobre esas piezas cortadas a cuchillo
se extienden desde sus hombros hasta el suelo como alas.
Pero alas de media res.
Mire Nicoletta.
Nunca había visto algo semejante.
Esa niña no floreció, esa niña se transformó en una diosa carnicera.
Esto fue ayer.
Con mucho trabajo convencí a Tamara de que se sacara el vestido.
Se miraba en el espejo como si estuviera atrapada en un arco voltaico.
Finalmente lo hizo, y yo pensé que quizás podríamos volver a la normalidad, que le
adaptaría el vestido verde que estaba preparando para la hija del Dr. Conci.
Estaba tratando de prevenir mi ruina.
Pero la Tamara que salió del vestido es otra, Nicoletta.
Me dijo con firmeza que ése es su vestido, y se lo llevó.
La fiesta es mañana.
Acá estoy, escribiéndole, a sugerencia de mi esposo, que me dijo que reclame a
Defensa del Consumidor.
¿Qué hago, Nicoletta?
Mucho apreciaré que [explique la acción especifica que desea] me dé una solución
para resolver este problema.
Adjunto copias de los comprobantes de la transacción [recibos y cualquier otro
documento que tenga en su poder y fotografías del vestido] concernientes a esta
compra/reparación.
Le mando los dibujos que hago de cada vestido, para que vea la diferencia entre mi
tarea habitual, y las formas locas que dejé en los papeles de esa noche que le conté.

Y fotos.
Mire cómo quedó el atelier.
Quedo a la espera de su respuesta y una resolución para mi problema.
Esperaré una semana antes de buscar asistencia de un tercero (Voy a ir a hablar con
el Padre Appel, el cura párroco.
Mi esposo me dijo que vaya al abogado, pero me da vergüenza, le tengo que entregar
el vestido de la suegra, que es una chismosa).
Por favor, establezca contacto conmigo enviando una carta al domicilio indicado
anteriormente.
Atentamente, Lidia M.
Carletti Si usted me dejara, Nicoletta, yo le haría un vestido azul

Biografía

María Justo vive en Campana, provincia de Buenos Aires. Formada en el Taller El Cuaderno Azul, su escritura transita el humor, la extrañeza y la ternura. Su novela «La sequía» resultó finalista del Concurso Hebe Uhart de Ediciones Bonaerenses 2025. A María Justo le gusta mucho la coincidencia de los nombres de los concursos en los que ha sido mencionada, y considera un honor que su nombre esté cerca del de una escritora tan precisa y entrañable.
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