Como un rey

Soy maestro en la escuela rural Carlos Washington Lencinas. Durante tres semanas no habría clases porque se estaban arreglando los pisos y techos. Aprovechando esta circunstancia tenía planeado estar con mi viejo una semana antes de regresar al campo. Los docentes nos estábamos turnando para cuidar el avance de la obra.

Llegué a la ciudad preocupado por Óscar Perusi, uno de los albañiles, quien además de ser padre de un alumno, era mi amigo. Óscar se había lastimado la mano días atrás y yo aguardaba alguna noticia sobre su estado.

Salvo esa inquietud comencé a pasar unos días tranquilos mientras ayudaba a mi viejo en la verdulería.

Hasta que encontré a Tatiana. 

Habíamos sido compañeros de secundario. Por aquellos años me gustaba. Pero también me causaba rechazo porque era mandona, extrovertida e impulsiva. 

Iba a escapar de la verdulería y casi lo logro, pero me vio.

—¡Sebas, qué lindo encontrarte acá! —saludó con un grito.

Nos pusimos a charlar. Me contó su vida con lujo de detalles. En dos minutos me tenía harto. Después quiso saber de mí. No se me ocurrió nada mejor que mencionar mi próximo viaje de regreso al trabajo.

—¡Viajás por el trabajo, qué bueno! ¿Dónde trabajás? —interrogó Tatiana. Mandona. Impulsiva. Como siempre.

Intenté decirle el nombre de la escuela.

—En Washington…

—¡Ay, ay, qué bueno! —interrumpió—. ¡Pero qué bueno! ¿Y a qué vas a Washington?

Sé que ‘Lencinas’ no llegué a decir porque me cortó antes de mencionarlo, pero estoy seguro de haber dicho ‘Carlos’ Washington. Sin embargo, ella insistía con lo de Washington. Me dispuse a enmendar la equivocación comentando la obra de construcción para adecentar la escuela.

—Hay una obra y voy a reemplazar al director —solté rápidamente sin darle tiempo a interrumpir.

Me miró tan fascinada que me asustó.

Tatiana es linda, lo sé. También está loca. 

—¡Una obra! ¡Serás el director de una obra en Washington! ¡Es maravilloso! —. Comenzó a hablar con tantos elogios y atropello que me aturdió por completo.

 En fin, podría haberle mencionado su error, pero es agradable ser admirado. Además, al verla tan exaltada me dio apuro corregirla.

La escuché decir que ella estudiaba teatro, que estaban por presentar una obra, una obrita nomás, y sería un orgullo y un honor si yo los dirigía y si aceptaría llevar a cabo las últimas audiciones y qué se yo qué cosas más dijo. Imagínense cómo me secó la mente que por quitármela de encima, acepté.

Así me convertí en director de teatro.

A Tatiana le prometí convocar a mi gente antes de viajar. ¡Convocar a mi gente! ¿De dónde saqué esa idea? No conozco a nadie dedicado al teatro. Me vi obligado a pegar un cartelito en un almacén (en la verdulería me daba vergüenza): ‘Para obra de teatro. Audiciones a partir del lunes 19’. 

Poca gente respondió al anuncio. Tatiana me iba a matar.

Pero me las arreglé bastante bien. Cité a los interesados en días separados para darme importancia y simular frente a Tatiana estar muy atareado con ese asunto. De este modo evitaba cruzarme con ella.

La primera audición fue el lunes. El nerviosismo de los aspirantes no era nada comparado con el mío. El primero en presentarse fue un tal Fernando Gómez. De actuación no sé nada, pero como no tenía a nadie más, lo contraté.

El martes se presentó Analía Pérez. Se puso a llorar. No supe si debía consolarla o felicitarla por su dramatismo. 

El miércoles apareció Hernán Díaz. No sé si será buen actor o tendrá siempre ese aspecto siniestro, pero lo contraté de inmediato porque me asustó. 

Ya no aguantaba más el estrés. Me dispuse a admitir la verdad esa misma noche. Pero Tatiana llegó con tanto ímpetu, exaltación y una ansiedad tan agresiva que mi instinto de conservación me recomendó callar. 

El jueves se presentó el hermano de Gómez. Me había implorado Fernando, el del lunes, para que accediera a verlo y me hice el interesante, le dije que lo vería como una excepción en medio de mi apretada agenda. ¡Apretada agenda, le dije! La verdad, me faltaban aspirantes para presentar a Tatiana.

El viernes recobré mi valor. Estaba listo para confesar.

Volvimos a encontrarnos en la verdulería. Cuando Tatiana preguntó por las audiciones abrí la boca para corregir, de una buena vez, aquel malentendido. 

En ese momento entraron papá y dos clientas.

—¿No te sentís orgulloso de que tu hijo esté en Washington por una obra? —preguntó Tatiana a los gritos. 

La miraron y me miraron. Pensé “Ahora se pudre todo”. Mi viejo abrió la boca y cerré los ojos anticipando el fatal desenlace.

—Hablando de la obra —dijo entonces papá—, te llamaron por el Óscar.

Qué quieren que les diga. No es mi culpa si la gente escucha solo lo que quiere escuchar e interpreta cualquier cosa. Tatiana por primera vez en su vida permaneció muda. Su mirada fue tan arrobada y elocuente que las ganas de confesar se me esfumaron. 

Ahora estoy de viaje rumbo a la escuelita. 

No me reprochen si no aclaré, antes de irme, toda esta confusión. Ya lo dije y lo repito: es agradable ser admirado. 

Y yo, por una vez en la vida, me sentí como un rey.

Biografía

María de la Paz Perez Calvo nació en Buenos Aires. Es Doctora en Psicología. Se desempeña como Directora de la Diplomatura y Seminarios de Literatura Infantil y Juvenil dictados por la Sociedad Argentina de Escritores junto con la Universidad Nacional Villa María. Es Vicedirectora del Departamento de Literatura Infantil y Juvenil “Doctora Juana Arancibia” del Instituto Literario y Cultural Hispánico. Docente e investigadora en las áreas de psicología y literatura, publicó ensayos, artículos de investigación, cuentos, poemas y las novelas ¡Corre, niñayeti, corre!, La última custodia, Como pez en el agua, La larga calle del barrio, ¡Socorro, mamámomia! y la saga épica fantástica de 5 tomos Martín el Guardián.
Los que leyeron este relato, opinaron...

Sin título

Me gusto mucho, me mantuvo expectante , vivo en un pueblo y entiendo lo que puede pasar con lo que se escucha y repite,

Felicitaciones!.

Liliana Tuliz

Me gustó mucho el relato, me identifique con el personaje, duelo meterme en líos por no aclarar ni parecer grosera

Muy bueno , soy admiradora de Paz, además de ser su alumna en los seminarios de Sade.

Un relato muy real, hoy en día hay personas así , impulsivas que te cuesta trabajo hacerlas callar y cuando lo haces lo toman como un agravio.

Griselda Alvarez de Fernández