A mi familia,
por alentar mis sueños, apoyar mis proyectos,
y soportar tantos momentos de ausencia mental,
cuando sólo escucho la voz de mis personajes.
Buenos Aires, abril de 2017
El otoño aún no se siente, en esta cálida tarde. El sol que se cuela por las ventanas desnudas inunda el ambiente de blancas paredes. Pilar llegó temprano y se dispone a colgar las cortinas, cuando el sonido del timbre anuncia la llegada de Martín. Lautaro palpita ansioso el momento de comenzar a volcar sus emociones tan acalladas. Ya casi todo está dispuesto para iniciar un camino donde las heridas del alma puedan encontrar sosiego, y al fin la luz disipe las sombras de tantos corazones atribulados. La sangre jamás calla sus secretos y, en cada historia, ese río silenciado no hace más que crecer hasta que su caudal, en forma inevitable, busca su cauce con una fuerza arrolladora.
“La verdad se corrompe
tanto con la mentira
como con el silencio”.
Cicerón
Capítulo 1
Pilar
Buenos Aires, año 2014
En las primeras horas de esa mañana de septiembre el colectivo repleto de pasajeros se abría paso en el congestionado tránsito de la ciudad de Buenos Aires. Guardapolvos blancos, niños, hombres y mujeres en cuyos semblantes se adivinaban luchas, sueños, esperanzas y el intento por conectarse a una nueva jornada de trabajo.
Pilar viajaba ajena al escenario que la rodeaba. Con sus ojos fijos en la ventanilla del último asiento, miraba sin ver las calles y su creciente bullicio. Desde hacía unos meses, su mente vagaba imaginando la concreción de un sueño cada día más cercano: recibirse de Bioquímica, ver a sus padres disfrutar del logro, verlos orgullosos, regalarles la felicidad de tantos esfuerzos e ilusiones puestos en su hija menor. Si bien era arisca y nada adepta a los embadurnes, anhelaba que la enchastraran de huevos, harina, mostaza y cuanta mezcla se les ocurriera a sus familiares y amigos. En ese momento no habría remilgues, tendrían vía libre para los festejos. Con esos pensamientos el sueño la venció con la cabeza apoyada sobre el vidrio. Una discusión entre el conductor y un hombre que estuvo a punto de caerse a causa de una frenada brusca la despertaron de repente, faltando sólo tres paradas para llegar a destino.
***
Blanca servía las milanesas con puré que a sus hijos tanto le gustaban, mientras Pilar contaba su nueva experiencia:
—Hoy la clase de Práctica Profesional estuvo buenísima. Nos dividieron en grupos y nos hicimos extracciones de sangre –comenzó entusiasmada.
—Una joda loca la de ustedes, pinchándose las venas unos a otros. —La provocó Gonzalo, su hermano.
—¡Sos tarado, eh! ¿Y si no cómo querés que aprendamos? Vení vos de voluntario, ya que sos tan vivo.
—¡No empiecen! —intercedió Julián intentando disfrutar la cena en paz.
—¿Y qué hacen con esa sangre, hija? —preguntó Blanca sentándose al fin a la mesa.
—Por ahora nada, es sólo para cuando tengamos que hacer las prácticas en el hospital. Más adelante vamos a hacer observaciones y análisis; recién comienza el cuatrimestre. En Bioquímica Clínica también vamos a necesitar sacarnos muestras, por eso nos están enseñando.
—¿Y?, ¿te dio impresión? Vos siempre decías que no te ibas a animar a pinchar a nadie, ¿viste que al final tuviste que hacerlo? —comentó su padre.
—Al principio sí, tenía miedo de no encontrarles la vía y lastimarlos, pero me salió bien —respondió con una sonrisa triunfal.
—¡Qué linda mi chiquita!, ¡cuánto me hubiera gustado verte! —exclamó Blanca mirando orgullosa a su hija.
—¿Cuándo me vas a traer a una compañerita tuya vestida de enfermera? —Volvió a arremeter su hermano.
—El día que vos me presentes a uno de esos compañeros tuyos que se parten. Traeme a Santiago, con ese lomazo y esos ojos verdes que me matan.
—No jodas, nenita, tiene diez años más que vos. No seas regalada.
—Y vos no seas degenerado, mis compañeras son muy chicas para vos.
—¡Pero bien que Laurita me ficha, eh!
—Nene, ni se te ocurra meterte con mi amiga. Sos un mujeriego. Si la seguís, cuando venga Luciana se lo cuento. —Lo amenazó furiosa.
—Basta, Gonzalo. Sos un grandulón —lo reprendió el padre.
Pilar terminó su cena de mal humor. Odiaba que su hermano la chicaneara cuando ella quería contar algo que consideraba importante. Se encerró en su cuarto, encendió el televisor y, mientras miraba una novela, consultaba su Facebook.
Un rato después, cuando Blanca entró a darle el habitual beso de las buenas noches, la encontró dormida con el celular sobre sus piernas. Apagó todo y la cubrió con una manta para no despertarla. Su hija acusaba el cansancio de tantas horas de estudio.
***
Dos meses después Pilar, Laura y dos compañeros esperaban su turno detrás del microscopio que el profesor de Fisiopatología les había asignado. Luego de varias prácticas con muestras aportadas por el Jefe de Trabajos Prácticos, tendrían la oportunidad de realizar sus propios “frotis”, análisis que consiste en extender una gota de sangre sobre la superficie de un portaobjetos. Cuando le llegó el turno a Pilar, algo extraño llamó su atención.
—¿Qué pasa, Pili? —le preguntó Laura al verla alejar su cabeza del ocular y volver a acercarla, como si tuviera alguna dificultad en el enfoque.
—No sé, ¿habré hecho mal mi extendido? Dejame ver el tuyo, porfa.
Su amiga le acercó su muestra y, al observarla, Pilar no tuvo dudas de que el problema estaba en la suya. Volvió a colocar su portaobjetos y corroboró lo que ya había visto. Sus glóbulos rojos aparecían con un tamaño menor a lo normal y de un color más claro; su halo central estaba aumentado.
—Mirá, Lau —le dijo levantándose de la silla e invitándola a observar por sí misma.
—Qué raro, Pili, ¿por qué no le mostrás al profe?
—Sí, lo voy a buscar.
El profesor, luego de observar las mismas anomalías que las alumnas habían detectado, le sugirió a Pilar:
—Herrera, no es para que te alarmes, pero tendrías que consultar con tu médico. Comentale la actividad que hicimos en clase, lo que notaste y que te hagan análisis completos.
—Pero…nunca tuve nada, ningún síntoma…
—No te asustes, andá a hacerte ver y quedate tranquila. —Intentó animarla al ver la expresión de angustia.
Terminada la clase, en el viaje de regreso, Pilar abrió su libro en el capítulo de Hematología. Si bien jamás se obsesionaba con enfermedades y evitaba tomar medicamentos si no era realmente necesario, la preocupación se había instalado en su ánimo. Buscó la credencial de su obra social en la billetera y, antes de volver a su casa, pasó por la clínica para solicitar un turno.
Al llegar, fingió su mejor sonrisa y sintió un enorme alivio al saber que su hermano saldría con la novia. No estaba de humor para bromas y peleas. El silencio guardaría por ahora sus temores. Una tormenta de oscuros presagios amenazaba su ánimo.
“La mujer que no mece un hijo en su regazo,
(cuyo calor y aroma alcance a sus entrañas),
tiene una laxitud de mundo entre los brazos;
todo su corazón congoja inmensa baña…”.
Gabriela Mistral
Capítulo 2
Victoria
Buenos Aires, julio de 1998
El avión aterrizaba en el Aeropuerto de Ezeiza bajo una llovizna helada. Atrás habían quedado los días soleados y cálidos en las playas del Caribe. Buenos Aires recibía a Victoria con el peso de la realidad que tanto le dolía en sus entrañas. Juan Ignacio había insistido hasta el cansancio con hacer ese viaje para celebrar sus cinco años de matrimonio, con la ilusión de que su mujer tomara distancia, al menos por un tiempo, de la lucha que la tenía sumida en la tristeza.
Victoria anhelaba ser madre, lo necesitaban su alma y su cuerpo. Cada intento fallido hería su espíritu de mujer y la acorralaba en una desesperanza infinita. Su almanaque medía meses de veintiocho días y llevaba el fracaso marcado en todas sus hojas.
El último atardecer en la isla de Cozumel, caminando por la orilla de ese mar turquesa como sus ojos, había prometido a su marido abandonar todo intento. Esos tratamientos invadían su cuerpo, y la arrojaban a un abismo de angustia.
—Juani, no quiero volver a la clínica. Ya no más…
—No te tortures ahora con eso, Vicky. —Le pidió su esposo tomándola de la mano.
—Es que quiero volver con el firme propósito de terminar con esta lucha sin sentido. Los dos sabemos que nunca voy a lograrlo, no puedo seguir engañándome. Estás gastando fortunas sólo para conformarme.
—¿Qué decís, Vicky? No es cuestión de dinero, el proyecto y deseo de ser padres es de los dos. Estoy con vos en esto y sabés que siempre te apoyé.
—Vos también morís un poco con cada desilusión, y no es justo. Desde un principio el doctor Arroyo me advirtió respecto a las dificultades y escasas probabilidades de éxito a causa de mi endometriosis. Pero yo quise intentar igual, agotar todas las posibilidades, creer en milagros, no sé… A veces pienso que pequé de soberbia.
Juan Ignacio la rodeó con sus brazos y, cubriendo de besos su rostro surcado de lágrimas, le propuso:
—¡Basta ya de pensar! A la vuelta lo hablaremos más tranquilos y buscaremos una solución. Vamos a darnos el último chapuzón, aprovechemos las horas que nos quedan de calor.
Victoria acariciaba el cabello de su marido mientras se sumergían en las aguas transparentes, dejando que el mar lavara sus penas en esa última tarde de vacaciones.
***
Pocos días después de su regreso, la vida del matrimonio Bengolea volvió a su rutina. Juan Ignacio pasaba largas horas en su estudio de ingeniería y otras tantas supervisando las obras. Victoria, por su parte, se reincorporó al Banco donde ejercía el cargo de Tesorera.
Una mañana, mientras desayunaban en la amplia cocina de la elegante casa del barrio de Palermo Viejo, Victoria abrió la agenda cayendo en la cuenta de que ese día tenía turno con su médico. Se levantó de la mesa, se dirigió a su cuarto y llamó a la clínica avisando que no podría concurrir y que más adelante llamaría para reprogramar su cita. Aún no había tomado coraje para hablar con el doctor y anunciarle su decisión. Su esposo, que adivinaba sus pensamientos con sólo mirarla, notó que algo la turbaba:
—¿Qué pasa, amor?, ¿adónde fuiste? Se te debe haber enfriado el café.
—No pasa nada, fui al cuarto porque no recuerdo si Josefa retiró el tapado azul de la tintorería. No lo encuentro, cuando llegue le pregunto —respondió sin mirarlo.
—Vicky, ¿en estos días no tenías turno con Arroyo? ¿Estás convencida de abandonar el tratamiento?
—Totalmente. No voy a ir, recién llamé para avisar.
—¿Y el tapado azul? —preguntó con una sonrisa cómplice mientras acariciaba la mano de su esposa sobre la mesa de vidrio.
—Es que no quería hablar del tema, Juani.
—Tampoco quiero verte así, Vicky. Estás sombría, fingiendo una naturalidad que yo sé que no sentís.
—¿Y qué otra cosa me queda que seguir para adelante?
—Afrontar el tema y buscar una salida. Este finde vamos a hablar tranquilos, estuve pensando mucho.
—¿Y a qué conclusión llegaste? –preguntó ansiosa.
—Después lo charlamos, ahora se hace tarde y tenemos que ir a trabajar. Qué raro que Josefa no llegó todavía, nos va a retrasar.
—Debe estar al caer, quizás perdió el colectivo. Vamos a tener que darle una copia de la llave.
—Va a ser lo mejor. Dale, terminá de arreglarte y no estés triste. Vicky, Dios va a estar de nuestro lado.
Victoria besó a su esposo en los labios, y luego de levantar la mesa del desayuno se apresuró a terminar de vestirse. Frente a su tocador, sus brochas de maquillaje intentaban borrar el desaliento que ensombrecía su delicado rostro.