“Pero a ustedes, les ruego, se abstengan de juzgar,
pues toda criatura necesita ayuda de todas las demás”,
Bertold Brecht.
Intentaba cavar un pozo con sus manos. Los dedos agrietados, las uñas rotas por la dureza implacable del yermo. Detrás, el rancho, la ramada que apoya sus cañas grises sobre la casa y
el corral sin terminar, desmenuzado por el sol del mediodía.
Después, el viento.
En esta llanura desabrigada, donde manda el calor, Eugenia pasó de vivir con su padre a tener marido: Casi lo mismo, se dijo la primera vez en la puerta de este rancho —detrás suyo— al
que llegó sin ganas, cinco años atrás.
Conocía lo porfiada de la tierra y, sin embargo, ahí estaba, de rodillas queriendo un pozo solo con sus manos.
No había nada en la llanura con qué disimularlo. Pensó en arrastrarlo y dejarlo lejos para que se lo comiera la intemperie, los cuervos del desierto. Pero el vuelo carroñero podría delatar el lugar o peor, si lo dejara olvidado en el yermo, tal vez una noche volvería al rancho ofendido.
No sería raro.
Por eso había decidido cavar un pozo. Un pozo con sus manos.
2
Escucháme, hay dos hombres afuera. No quiero que salgás. Arreglé con ellos para que cierren el corral, le había dicho Itemisto dos días antes: Vuelvo tarde. No te mostrés, que no te vean, ¿entendiste?
Después, guardó algunas cosas en un morral y se alejó del rancho en su caballo rosillo. Nunca decía dónde iba y ella jamás preguntaba. A veces demoraba dos o tres días en volver; Eugenia suponía otro rancho, lejos de ahí porque no veía ningún otro lugar sobre la llanura, ni siquiera afinando la vista en el horizonte.
Pasó la mañana encerrada. Guardó ropa en un cajón sin tapa y cocinó papas en una olla que puso sobre el fuego; afuera, los hombres conversaban arrastrando la lengua, como si les
costara hacerlo o no estuviesen acostumbrados.
Se entretuvo con una araña que vivía en un rincón, muy cerca de la cama de Itemisto. Era negra con el culo manchado de amarillo. Comía cualquier cosa, igual que ella, tierra incluso;
aunque de poder elegir, prefería unos cucarachos marrones que se crían apretados entre los adobes. Eugenia tomaba uno por el lomo y lo dejaba caer encima del nido; la araña salía de su hoyo y envolvía al cucaracho en tela, mientras el cascarudo se resistía moviendo sus patas largas y flacas, cada vez más enredadas, hasta que quedaba inmóvil. Luego, la araña volvía a
su agujero. Eugenia no sabía si el bicho envuelto en seda moría en ese momento o si de algún modo seguía vivo.
Se acercó a la ventana de la pieza y no escuchó a los hombres. No supo qué hacer, se sentó en su cama y demoró otro rato de silencio en decidir. Se acomodaba los pliegos de la falda y
luego levantaba la vista hasta los adobes de la pared y después la volvía a bajar. Por fin fue hasta la puerta, quitó la tranca y abrió, no había nadie. Dio una vuelta al rancho y mientras
miraba el alambrado del corral, todavía flojo y caído sobre los mismos palos de siempre, descubrió que faltaban las herramientas que Itemisto guardaba bajo la ramada. Entró al
rancho, comió dos papas y dejó otras dos en la olla. El resto del día esperó sentada.
Itemisto volvió al pardear la tarde: Eugenia, ¿dónde mierda están mis herramientas?, gritó desde la puerta, su figura flaca y oscura recortada contra la última claridad. La mujer demoró
en responder.
No sé Itemisto, susurró, las manos enlazadas en el vientre y encogida de hombros. Él insistió impaciente: ¿Cómo que no sabés? ¿Quién carajo estuvo todo el día? Ella lo miró asustada
¿Dónde se metieron esos hijos de puta? preguntó y escupió sobre la entrada del rancho.
Se fueron al mediodía con tus cosas, tartamudeó, le costaban las palabras. Entonces Itemisto descolgó un rebenque sostenido desde un clavo junto a la puerta, la arrinconó en el fondo del rancho y la azotó con el látigo por la espalda, los brazos y las piernas. Y doblada en el suelo, siguió castigándola incluso después de que ella aflojó la voluntad y bajó las manos, cuando ya ni siquiera se quejó de los golpes. Todavía furioso, la arrastró de los pelos afuera y la ató por el cuello al palenque donde sujetaba su caballo durante la noche.
Ahí te vas a quedar para que aprendás a cuidar mis cosas, y que no vea yo que aflojás la soga porque salgo y te mato, amenazó el hombre; después entró, cerró de un portazo y puso la
tranca.
Alumbrada apenas por el ojo blanco de la luna, Eugenia se acurrucó junto a la sombra fantasmal del caballo. Y cuando el rancho apagó su luz, continuó mirando el cielo, dolorida y
con frío, hasta que la venció el cansancio.
Soñó que las herramientas estaban escondidas en el hoyo donde vivía la araña. Lo descubría mientras le daba de comer un cucaracho y enseguida le avisaba a Itemisto, que soltaba el
rebenque y metía la mano en la pared. Entonces la araña lo picaba muchas veces, y se le hinchaba la mano y le costaba sacarla del agujero. Después lo veía acostado en su cama, la
cara inflada, los ojos hundidos y transpirado, la barba mojada de fiebre.
3
Antes de usar las manos para cavar un pozo, Eugenia había roto cucharas, cuchillos y también algunos cacharros que trajo desde el rancho. Pero apenas si consiguió con eso lastimar un
poco el suelo, porque en el páramo, ahí nomás, a menos de un palmo, la tierra sin domesticar se vuelve dura como la piedra.
¿Cuánto tiempo hasta que alguien viniera a preguntar?
4
A mitad de la mañana Itemisto salió del rancho; miró a Eugenia de reojo, solo para comprobar que seguía allí donde la había dejado, atada al palenque. Con el sol subiendo caminó por un costado hacia el fondo, hasta la ramada cerca del corral. Iba con la esperanza de que las herramientas hubiesen vuelto solas a su lugar. Tenía esa manera idiota de razonar los
problemas. Tal vez la soledad del yermo había estropeado su juicio. Acaso había condenado a Eugenia al mismo delirio.
Volvió desde el fondo molesto. Desató las riendas del caballo y lo montó al primer intento.
Desde la silla la sacudió con un golpe seco del pie en la cabeza y ella despertó del sueño:
Vuelvo tarde y con hambre, le dijo y enseguida salió al paso.
El puesto queda en el camino que los mercachifles y las curanderas hacen, a través del páramo, con sus carretas cargadas de cachivaches y mercadería, uniendo pueblos y caseríos
desamparados. Algunos de esos comerciantes y los que dudan en alcanzar pronto la siguiente sombra, hacen un alto en el rancho y ofrecen trueque a cambio de un poco de agua, de
sosiego bajo la ramada. Por eso no resultó extraño que Saturnina llegara justo aquel mediodía.
Eugenia aún no se había soltado de la soga cuando la curandera bajó de su carreta; dejó a su mula overa olisqueando algún improbable brote entre las piedras caldeadas y se acercó hasta el palo seco que todavía la ahogaba: Qué ocurrió con vos, mujer, ¿ah?, preguntó Saturnina y chasqueó la lengua.
Eugenia levantó la mirada, se encandiló con el sol y confundida, bajó otra vez la cabeza. Se había mordido los labios, mientras soñaba junto a las patas del caballo; y así, con la boca
hinchada, empastada de sangre y tierra resopló algo que no se entendió.
La curandera aflojó el nudo y haciendo el esfuerzo de las dos, ayudó a Eugenia a ponerse de pie. Era una mujer curtida y robusta, que cubría su cuerpo de caderas anchas, con un vestido
que arrastraba sin preocupación; sobre su busto generoso caía media docena de collares de oro y plata. Tenía el cabello negro y largo, recogido en un rodete apretado por un paño
descolorido.
La llevó hasta su cama, donde Eugenia se dejó caer y se ovilló dándole la espalda: Decime qué te han hecho, insistió, pero tampoco hubo respuesta. Entonces miró la pieza, el desarreglo en la otra cama, una camisa sucia junto a unas alpargatas. Sacó de entre sus ropas un pequeño frasco; lo destapó, descubrió las prendas de la mujer y untó sobre las heridas una nata
aceitosa y fresca que enseguida trajo alivio a su cuerpo.
Dejó la pieza y miró lo poco en el resto del rancho; de una arpillera con papas apartó algunas para llevarse y puso cuatro en una olla con agua, que dejó sobre un fuego de leña. Salió del
rancho y llevó a la mula, agotada de calor, hasta la sombra de la ramada. En la carreta revolvió unas cajas y de una bolsa mugrienta, tomó un frasco con lombrices que nadaban en un ámbar espeso. Volvió al rancho. Al rato quitó la olla del fuego y la dejó enfriar; arrojó adentro algunas lombrices que se arrastraron hasta entrar en la carne blanda de las papas hervidas. Luego fue a la pieza.
Desde la cama, Eugenia miraba el hueco de la puerta con ojos ausentes: Oíme bien. No comás las papas que dejé en la olla, porque son para el hombre que te hace daño. Es un preparado fuerte, dos o tres mordidas van a ser suficientes, le advirtió.
Saturnina se acercó a la cama: Después de comer le va a dar sueño. Cuando se acueste ya no va a poder levantarse; solo la cabeza le va a funcionar, la lengua, los ojos, esas partes. Por
eso, no escuchés nada de lo que diga. Dejálo en la cama hasta que decidás qué hacer con él.
Ahora me voy, me esperan otras mujeres más adelante, le dijo y se ajustó el rodete sobre el cabello: En un rato te vas a sentir mejor, no estés acostada cuando él llegue.
Bajaba la tarde. Parada en el hueco del rancho que iba desde la pieza a la cocina, Saturnina se despidió: No me debés nada; al favor que te hago me lo cobro con agua para el camino. Antes de irse, dejó sobre el piso, apoyada en la pared junto a la cama de la mujer, una cruz sin Cristo, hecha de madera negra.
5
Eugenia entró al rancho a buscar sombra.
Culpa del esfuerzo de cavar bajo el sol de la siesta, parte de los rebencazos en la espalda y los brazos habían reflorecido. Tenía los dedos hinchados; la cabeza inflada de calor y algo detrás de los ojos golpeando para salir. Tomó agua y se recostó. Luego de un rato sintió algo de alivio y logró dormir.
A dos pasos, la cama de Itemisto con él encima, mirando el techo de cañas, pero desalmado desde la noche anterior, la boca abierta de asombro —o terror—, la lengua afuera, gorda y
negra, y unos ojos enormes, pero vacíos.
Hediondo ya de tener la muerte encima.
6
Eugenia salió de la pieza y se arrimó a la olla, las papas hervidas y frías; removió el fondo con una cuchara mirando con atención, pero sin notar nada. Oscurecía afuera y adentro; encendió el farol.
Traéme algo que quiero comer, dijo Itemisto mientras entraba al rancho y se sentaba a la mesa; el tono molesto porque ver a su mujer le recordó enseguida las herramientas perdidas. Eugenia tomó un plato y sirvió dos papas de la olla. El hombre comió con ganas y ella, desde un rincón de los adobes lo miró en silencio, presionaba la lengua contra el paladar para tratar así de que no se notaran los nervios: Servime más, ordenó, luego de tragar el último trozo; Eugenia fue hasta la olla y le sirvió otra papa. También le acercó un vaso con vino.
Terminó su plato y permaneció en la silla callado, la vista en la ventana que daba a la llanura, ennegrecida a esa hora del lucero. Eugenia lo vio tan quieto que lo creyó dormido —o muerto— . Pero entonces Itemisto reaccionó, le echó una mirada a la puerta y luego se puso de pie: Me voy a dormir, dijo y caminó hacia la pieza sus últimos pasos.
Eugenia no se animó a seguirlo; incluso después de que lo escuchó roncar, no supo qué hacer y se quedó en la silla, a esperar que se consumiera la lámpara, con las manos ocupadas en
mover, de un lado a otro, el plato vacío sobre la mesa.
Entonces Itemisto gritó.
Fue una orden que retumbó en toda la pieza: Eugenia, ¿dónde estás? Vení para acá. Pero Eugenia no se movió de la silla, por primera vez lo desobedeció. Tampoco respondió y siguió
mirando el plato, la mesa, el vaso, la lámpara que ardía en una esquina, la ventana negra, la olla, el plato otra vez.
Eugenia, vení para acá, carajo, que no me puedo mover, insistió, con la voz cargada de vacilación. La mujer tomó el farol, se acercó al hueco de la pieza y desde allí, alumbró las dos
camas; vio la cruz negra a los pies de la suya y a Itemisto inmóvil sobre su catre, con los ojos fijos en alguna caña del techo.
Caminó unos pasos y con ella, se movieron también las sombras de la pieza sobre el barro de las paredes.
Cuando llegó junto a él, le alumbró la cara asustada, los ojos se le achinaron: Ayudáme a levantar, pidió, solo su cabeza afuera de las mantas, la boca en un hueco torcido que
subrayaba el espanto y también la mirada desconcertada, viendo todo, pero sin alcanzar nada.
La mujer se quedó un momento allí, el farol junto a la cama: ¿De verdad que no te podés mover Itemisto?, preguntó en un susurro, mientras columpiaba la llama cerca de la cabeza, sin
quitarle la mirada, recordando de pronto a los cucarachos atrapados por la araña. Por primera vez le preguntaba algo sin sentir miedo.
No le tengás ninguna lástima, había dicho la curandera.
No puedo moverme ¿Qué me diste?, le dijo el hombre, menos un reclamo que un ruego en la voz. No sé, Itemisto, algo había adentro de las papas que cocinó la curandera.
¿Quién?, preguntó él. Una mujer que viaja en carreta. Me ayudó a soltarme y a entrar al rancho, me curó los rebencazos también. Después preparó unas papas en la olla, me dijo que
eran para vos.
Eugenia hizo una pausa. Itemisto respiraba con dificultad: Le puso algo a las papas. Por eso es que no te podés mover de la cama. También dijo que te vas a morir pronto, que no te tenga ninguna lástima.
Eugenia se alejó de la cama. Alumbró con la lámpara otro rincón de la pieza y buscó en un cajón un pedazo de soga, no muy larga, de poco más de dos palmos.
7
Por la tarde la despertaron los pasos de alguien afuera; oía andar y el resoplido de un caballo que no era del rancho. Asomó la cabeza por la pequeña ventana de la pieza y vio a un
mercachifle junto a una carreta.
Perdone si la asusté, madame, dijo el hombre: Encontré todo silencioso y pensé que no había nadie. Luego de una pausa, sacó de abajo del asiento de la carreta, una cantimplora hecha de calabaza: Quisiera, por favor, que me convide agua para el viaje, a cambio puedo dejarle algo de ropa que le interese. Llevo mucha y de buena calidad, justo lo que precisa una madame bonita como usted.
Asomada a la ventana, Eugenia contestó que no tenía agua para vender, que ropa no necesitaba y que su esposo había salido: Mejor váyase, descanse un poco si lo necesita y
después siga viaje. Si mi marido lo encuentra se va a enojar conmigo.
Cuando metió la cabeza en la pieza, ya se había arrepentido de decir que estaba sola en la casa.
Fue hasta la cocina, puso la tranca y se quedó detrás de la puerta escuchando los pasos afuera del rancho. Estaba segura de que al otro lado de la madera, el vendedor hacía lo
mismo.
Madame, abra y deje que le muestre, dijo por fin el hombre: Soy un comerciante honesto.
Seguro que ahora mismo precisa algo de lo que llevo en mi carreta y a cambio, solo le pido agua para llegar hasta el próximo rancho, dijo y empujó con suavidad, pero enseguida la puerta topó en la tranca.
¿Lleva usted una pala en la carreta?, preguntó Eugenia, de pronto. Hubo silencio afuera: Necesito una pala, insistió. Luego de un momento, el hombre respondió: Sí, por supuesto.
Llevo la mejor pala que usted va a encontrar en toda esta amplia llanura. Hoja de acero y empuñadura de madera remachada. Si necesita cavar un pozo, yo traigo en la carreta la
solución, abra y deje que le muestro.
Nunca había negociado con nadie, no estaba acostumbrada a hablar con gente. Quitó la tranca, pero apenas abrió la puerta, solo tres dedos, lo suficiente para espiar. Era un hombre
grande y redondo en un abrigo sucio y gastado; cargaba una panza abultada que, sin embargo, no le impedía moverse con agilidad: Abra, no tenga miedo, dijo con una sonrisa amable,
dibujada entre los cachetes rosados de una cara también redonda y lampiña; tenía la cabeza calva y la protegía del sol con un sombrero negro y rígido, de copa redonda y ala corta, era una prenda inusual para llevar en el páramo y subrayaba en el vendedor, un aire extranjero.
Eugenia abrió.
Permiso, madame, dijo el mercachifle y sin esperar, entró en el rancho y cerró detrás, con una sonrisa nueva de íntima satisfacción. La empuñadura de la pala se perdía entre sus dedos
enormes. Parado junto a la mesa, le ofreció la herramienta. Cuando Eugenia la tomó por el mango, él advirtió sus manos moradas y despellejadas, sucias de tierra y sangre seca.
¿Y para qué quiere cavar un pozo con tanta urgencia?, tal vez, si me cuenta pueda ayudarle, dijo y dejó sobre la mesa su sombrero de copa; caminó hasta la olla, junto al fuego de la cocina y luego, cerca del hueco que iba a la pieza: A los trabajos de fuerza siempre es mejor que los haga un hombre, su esposo en este caso. Pero ya me dijo antes que no anda por el puesto, ¿no? El vendedor la miró y, sin disimulo, hizo el recuento de la mujer y agregó: Un esposo nunca debería irse tanto tiempo y dejar a su compañera, joven y linda, todo el día sin ninguna protección. Miró las pocas cosas que había en el rancho: No veo que tenga por acá un arma para defenderse de un extraño con malas intenciones, no debería ser tan confiada. En la carreta llevo revólveres y balas; algunos muy pequeños, justo para sus manos delicadas.
Ella dejó la pala sobre la mesa y le pidió la cantimplora para llenarla, pero el vendedor la ignoró: El que está afuera es el caballo de tu esposo, ¿no? Raro que un hombre se aleje del
rancho a pie, en una llanura tan larga como esta ¿Dónde me dijiste que fue? Eugenia lo miró, pero no le salía el habla del cuerpo; el vendedor se asomó a la pieza y por primera vez tuvo
conciencia del tufo: ¿Qué tenés ahí, acostado en la cama?
La tomó firme por la muñeca y la arrastró hasta la pieza, apenas alumbrada por la claridad de la tarde que entraba por el ventanuco: ¿Ese muerto es tu esposo? ¿Qué pensás hacer, un
agujero y enterrarlo? ¿Cuándo murió?, preguntó: Anoche, contestó Eugenia que no sabía si debía responder, estremecida de oscuros presagios: Se sintió mal cuando se fue a dormir, no lo pude ayudar, no supe qué hacer.
El hombre la miró sin soltarle la muñeca, desde que entraron a la pieza respiraba agitado:
Bueno, yo te voy a decir qué vamos a hacer. Vamos a aprovechar la cama que tenés al lado del muerto. Supongo que a tu esposo no le va a molestar.
8
Con la soga en un puño, Eugenia volvió junto a Itemisto, dejó la lámpara entre las camas y desde el suelo, la luz proyectó sobre los adobes, una sombra enorme de la cabeza despeinada
del hombre: Dale, mujer, ayudáme, pidió él, pero ella no respondió y en cambio, tomó la soga firme con ambas manos y apretó el cuello flaco contra el catre.
¡Pero qué hacés!, alcanzó a decir antes de que la soga lo dejara sin voz. La cara huesuda de Itemisto enrojeció de esfuerzo y se llenó de venas; resopló por la nariz aguileña unos mocos
que tragó o le bajaron por la barbilla. Eugenia apretó más.
Incluso muerto, siguió apretando hasta que el roce de la cuerda abrió la garganta en una zanja roja. Recién entonces soltó la soga.
Se bajó de la cama a la que se había trepado sin darse cuenta y alumbró sus pasos hasta la mesa, donde dejó el farol. Se sentó mirando el hueco negro, con la impresión de que incluso
ahorcado, de un momento a otro iba a salir de la pieza. Itemisto era un muerto reciente, que aún tenía posibilidad de levantarse; en eso pensaba cuando se consumió la lámpara y así
permaneció en lo oscuro, con la misma idea hasta que amaneció.
Supo que tendría que cavar un pozo y enterrarlo.
9
Eugenia quiso escapar del mercachifle; forcejearon junto al muerto hasta que el hombre sacó de su abrigo una navaja de caza, que utilizaba para desollar y preparar alimentos. Le apoyó la punta de acero en el cuello, pero ella igual intentó zafarse; furioso, el vendedor la pinchó con la navaja y en el mismo ataque, con el filo le cortó un pedazo de oreja. La mujer gritó de dolor y él, de una trompada la tiró sobre la cama.
Aturdida cayó entre las colchas; sintió el gusto de la sangre, la mandíbula adormecida; un ardor fuerte en la oreja mutilada. El mercachifle se quitó el abrigo que dejó caer al suelo; se bajó el pantalón, la panza le asomó por debajo de la camisa. Tomó a Eugenia por los tobillos, le separó las piernas y la arrastró hacia él. La penetró parado a los pies de la cama.
Luego se subió el pantalón, recogió la navaja que guardó en un bolsillo y salió de la pieza arrastrando el abrigo por el suelo: Te voy a dejar la pala para que podás cavar ese pozo. No me
debés nada, le dijo.
Con el cuerpo doblado, las piernas todavía sobre las colchas, lo escuchó hablar, pero lejos.
Abrió los ojos y vio junto a su cara, la cruz negra apoyada contra la pared. No supo qué significaba.
Puedo pasar en cuatro semanas y a cambio, te dejo algo, agregó el mercachifle mirando lo poco que había en el rancho. Tomó su sombrero de la mesa, se acercó a la olla, vio la papa
hervida. Buscó un plato y con una cuchara de madera se sirvió el fondo y comió hasta terminarlo.
Eugenia se despertó con el rancho en silencio.
Por el ventanuco entraba la última claridad del día, que no alcanzaba a iluminar la pieza, salvo por un breve espacio y dejaba todo el resto en penumbras. Itemisto era un bulto oscuro y
maloliente cubierto por una colcha, encima de la cama. Eugenia se levantó del suelo con dificultad, sintió las rodillas flojas y se apoyó en los adobes para no caer; luego acomodó su
vestido y con un trozo de tela de falda, se envolvió parte de la cabeza para contener la sangre de la oreja.
Salió de la pieza todavía aturdida; sobre la mesa vio la pala y un plato, y la puerta del rancho abierta.
Afuera, unos pasos antes de la carreta, el mercachifle caído en el suelo, de costado, casi dándole la espalda; Eugenia lo escuchó quejarse. Se acercó hasta la olla y vio que estaba
vacía.
Caminó hasta pararse junto al vendedor, que no tenía fuerzas para girarse y mirarla; sus ojos sostenidos en lo que tenía por delante, su sombrero junto a la rueda de la carreta o más allá, el sol naranja que bajaba en el horizonte: No puedo moverme, dijo confundido. Ella le apoyó un pie en el hombro y lo empujó; terminó de girar y quedó boca abajo, resoplando tierra: Creo que ya no vas a volver a caminar y yo voy a tener que cavar un pozo más grande.
Ayudáme, tengo la carreta llena de cosas que van a servirte. Dejáte lo que querás, dijo y tosió parte de la tierra que tragaba: ¿Llevás medicina?, preguntó Eugenia y el hombre contestó que sí: Debajo del asiento hay una botella con alcohol y unos frascos con calmantes. Ella pensó un momento y preguntó: ¿Tenés alguna soga?, y el vendedor volvió a decir que sí.
Eugenia se acercó a la carreta y buscó debajo del asiento. Encontró la botella y los frascos, también una lámpara y con todo eso, volvió al rancho: No me dejés acá, rogó el mercachifle,
pero la mujer no contestó y cerró la puerta.
Fue hasta la pieza, tomó las colchas y las arrastró junto a la mesa, donde improvisó una cama en el suelo. Encendió el farol, se quitó la venda de la cabeza y limpió la herida con alcohol;
aguantó el ardor que le pinchaba la oreja, luego humedeció la tela y volvió a cubrirse. Después se acostó sobre las colchas y apagó la lámpara. Afuera, el mercachifle lamentaba su destino y pedía ayuda. Un rato después Eugenia se durmió.
10
Se levantó con el alba, tomó la pala y salió del rancho; pasó junto al vendedor dormido —o desmayado— y se alejó hasta el lugar donde antes había intentado un pozo.
Con la pala cavó durante toda la mañana y cuando el sol estuvo alto, había conseguido un pozo grande como una puerta y hondo hasta poco más de su cintura. Volvió al rancho, trepó a
la carreta y buscó debajo de la lona que protegía la carga. Entre cajas y bolsas encontró un lazo de soga gruesa y larga, de cuatro o cinco pasos. Bajó, se acercó al mercachifle, afiebrado
de dar la cara contra la tierra caliente: Dale hija de puta, ayudáme o me las voy a cobrar todas juntas, la amenazó y apretó los párpados para quitarse de algún modo el sudor de los ojos,
pero ella ni siquiera lo miró a la cara y en cambio, le apretó las piernas gordas con dos vueltas de soga y lo ató por los tobillos, lo más firme que pudo.
Boca abajo lo arrastró desde la carreta hasta el pozo, con un sonido sordo y rasposo del cuerpo tironeado sobre el suelo reseco. Jalaba cuatro o cinco veces y se detenía un momento
a descansar, a recuperar un poco de aire; las palmas enrojecidas por el roce de la cuerda y las piernas, que le temblaban cada vez que se afirmaba en el yermo para tirar de la soga y dar el siguiente paso. El horizonte bailaba con la reverberación del calor, que subía desde la tierra, le atravesaba las alpargatas y le calcinaba los pies. Se sentía agotada y la cabeza le latía con
violencia; entrecerraba los ojos hasta dejarlos como dos ranuras dolorosas.
Durante el penoso camino hacia el pozo, el vendedor pasó de las amenazas, a la negociación y luego a la súplica. La mujer nunca le respondió; finalmente, parada junto al pozo lo desató y lo empujó con el pie, el hombre rodó sin resistencia una vuelta y cayó boca abajo, desparramado y con el cuello torcido contra una de las paredes de tierra.
Eugenia volvió al rancho y fue hasta la pieza; quitó la manta hedionda que cubría a Itemisto, y una nube de moscas se levantó del cuerpo y revoloteó impaciente sobre la cama; también a él lo sujetó por los tobillos y lo sacó a la rastra; lo llevó hasta el pozo y apenas se detuvo durante el camino; lo dejó caer encima del otro, que había comenzado a llorar desde el fondo. Tomó la pala. El vendedor imploró algo que la mujer ni siquiera se preocupó por escuchar y apretado por el cuerpo de Itemisto, lloró hasta que lo cubrió la tierra.
De vuelta en el rancho dejó la pala junto a la puerta, bebió agua de una jarra de barro, llevó los caballos del mercachifle al fresco de la ramada, junto al rosillo de Itemisto y de vuelta al rancho, puso la olla sobre el fuego, con dos papas. Después se acercó a la carreta. Tenía el resto del día para elegir qué cosas dejar en el rancho y a cuáles prenderle fuego durante la noche. Pero se sentía muy cansada, antes dormiría una siesta. El viento ya desparramaba sobre la llanura parte de la loma de tierra que cubría los cuerpos.
En unos pocos días, la intemperie haría olvidar el pozo.
Eugenia ya lo había hecho.