Camello

Tu sueño es convertirte en un camello.
Te están llevando a buscar la falopa. No sabés dónde, ni cuál es el motivo de que sean ellos los que te estén llevando. Pero por primera vez te sentís importante.
El que maneja tiene los ojos puestos en el espejo retrovisor: una mirada de ave carroñera, pelo cano, más que cano: lila. Se aferra al volante con nervio y fuma un canuto de hachís con caladas profundas, reteniendo el humo y luego soltándolo con un gemido sexual.
El otro es un mastodonte que no cabe en el asiento. Transpira y los pliegues de su cuello parecen sábanas sucias. Tiene olor a cordero.
¿De dónde salieron estos dos?, pensás mirando la noche por la ventanilla.
Hacés memoria: días esquivando clientes y no clientes, desesperados por el shock de la realidad, el celular reventaba en llamados y mensajes. Pero qué podías hacer si no aparecía ninguna punta. Al fin el dealer llamó y fuiste rápido a su casa. Tomaba cerveza con otro hombre, muy alto, parecido a Tinelli, y que no dejaba de mirarte.
El dealer dijo que había una movida. Buena guita. No billetines. Un ladrillo.
El hombre parecido a Tinelli apoyó la mano sobre tu hombro y preguntó si eras confiable.
Afirmaste con la cabeza. Cuanto menos se habla mejor.
Había que esperar, unas horas, días. Un llamado, instrucciones. Retirar la droga y repartirla, lo de siempre, pero más cantidad y más calidad.
El hombre alto se marchó y el dealer calentó en el horno los restos de un asado. Comieron y tomaron vino en silencio. Escucharon cumbia, se clavaron unas rayas, faso, una mezclita, y te dormiste en un sofá mullido. Dormiste profundo.
Y despertaste en el auto.
Te vamos a llevar a buscar la falopa, dijo el gordo.
Amanecía o anochecía. Todavía te duraba la resaca de la droga. El conductor prendió el canuto de hash y le dio unas caladas, luego gimió como una gata en celo.

El auto agarra la autopista, las iluminarias parecen fósforos encendidos y tiñen la noche con un lustre de bronce gastado. Una pantalla de publicidad exhibe la cara de un candidato a presidente, una enorme y tremenda cara de hijo de puta, hace unos días se llenaba la boca hablando del narcotráfico. Justamente él.
Más allá, la luna sobre el puente: un globo blanco, redondo y perfecto.
Primer error: no tenés el celular. Se te cayó en el sillón, lo perdiste o te lo afanaron, no hay forma de saberlo.
¿No vieron mi celular?

Ellos no responden, van mirando al frente, sin pestañar. El conductor sostiene el canuto con el índice y el pulgar. El humo del hash forma una neblina dentro del auto. El gordo también usa el índice y el pulgar, gruesos dedos de morcilla, pero para apretarse el tabique de la nariz con una expresión de cansancio.
No estás acostumbrado, nunca laburás con gente, a lo sumo el dealer. Cumplís, siempre cumplís. Aunque a veces te retrasa la gilada o el extravío alucinado por las callecitas del barrio coreano. Cumplís. Sos ambicioso.
Es lo que querés ser, como dicen los gallegos: Un camello.
El auto se desvía de la autopista y toma una avenida con demasiado tráfico. El vidrio está frío y del otro lado se acumula una bruma parecida al humo del hash. Preguntás la hora, sólo para romper el silencio. El que maneja le da otra pitada al canuto y como respuesta suelta el humo con su sonora expiración. El gordo tampoco contesta, sonríe y ladea la cabeza, el índice y el pulgar atenazando la nariz. La noche se detiene roja, las luces de freno se estiran hasta romperse en el aire. El tráfico permanece detenido.
¡La concha de la madre!
Suena como un hachazo, la voz del conductor. No la escuchaste nunca, estás seguro. Esas voces dejan marcas en la memoria. El gordo saca un pelpa del bolsillo y pellizca coca para metérsela en la nariz. No convida, cada uno con su falopa. Te acordás del cuartito de ácido que guardaste en el bolsillo del jean. La lentitud del tránsito, el tedio, la modorra. Agarrás el cuadradito con la punta de los dedos, las luces de la avenida te permiten ver el dibujo de Bart Simpson. Una obra de arte en miniatura. Mordés la mitad y guardás el resto, debajo de la lengua tiene el sabor de una pila.
Pensás que es una noche ideal para drogarse. Una noche ideal para estar con Tatiana y con Martín. O sólo con Martín, tomando merca en cualquier lugar lejano, bajo una luna parecida a esta luna. Pero ahora tenés que concentrarte porque te están llevando a buscar la falopa y es lo único que importa.

El tráfico avanza despacio y vuelve a detenerse. De pronto, una humareda amarilla tiñe toda la avenida. La explosión hace temblar los vidrios del auto. Gritás de espanto, acostado a lo largo del asiento con un zumbido en los oídos.
¿Son tiros o bombas?
Te acribillarán ni bien asomes el pico, rodearán el auto para ultimarte a quemarropa. Te llenarán de balas. Todas esas ideas pasan por tu mente.
El gordo ríe a carcajadas. El pañuelo con el que se limpia el sudor de la frente parece un pedazo de masa cruda.
Tranquilo, nene. Es una protesta.
El conductor ladea la cabeza, su mirada de ave, en el espejo retrovisor, se eclipsa con ráfagas de luz.
Te gustaría salir del auto y caminar.
La ciudad se desconfigura y vuelve a configurarse en un semáforo. Cuatro ventanas iluminadas en un edificio de la esquina. Carteles iluminados con falsas noticias. Un ciclista pasa entre los coches con destellos en su espalda. Los niños en la oscuridad de la esquina parecen bolsas de consorcio.

Un Mercedes Benz gris impacta la puerta de tu lado, el ruido y el sacudón te sacan de la abstracción. El conductor putea:
¡La concha de la lora!
Tira el canuto en el cenicero y con la misma mano saca un revólver de abajo del asiento. Se desabrocha el cinto de seguridad, pero interrumpe el impulso de salir del auto cuando el gordo lo retiene con sus manos enormes.
Ahora no. No conviene.
Un instante de duda y el arma vuelve a su lugar, debajo del asiento. El conductor descarga la furia golpeando el volante. Hunde el pie en el acelerador y dobla hacia el otro carril rozando el guardabarros de una camioneta.
Una cuadra. Y otra vez el freno. Y otra vez avanzar. Y otra vez el freno.
Otro grupo de manifestantes cruza la senda peatonal. Usan máscaras de caballo, de chancho, de gallo. Te marea todo ese carrusel de cabezas y pancartas. Todos somos animales. Los mataderos son campos de concentración.
Por costumbre, por desesperación, abrís la mochila en busca del celular. Pero no está, lo perdiste o te lo afanaron, quién sabe.
Pensás en Tatiana. Pensás en Martín. Cuando toda la movida pase (porque en algún momento pasará) apartarás un poco de droga para invitar a Tatiana a las canteras. También a Martín. A los dos. O solamente Martín.
Pero ahora tenés que concentrarte, averiguar dónde carajo te están llevando.
Notás el avance de la tristeza, sobre todo en la visión, las cosas parecen lejanas, vistas a través de un binocular al revés. Y en el bolsillo tenés la mitad de un cartón, la mitad de un Bart Simpson, lo sacás con la punta de los dedos y lo dejás debajo de la lengua. Es como chupar una pila. Tatiana. Ta-Te-Ti. Ana. Martín. Ta-Ti…
¿Qué pasa, nene? Tranquilito.
El auto vuelve a frenar. Por momentos, tenés la impresión de estar en una embarcación, navegando entre las estrellas. No soportás el mareo. Intentás abrir la puerta, pero está trabada.
Bajás la ventanilla y vomitás una sustancia blanca y escasa. Un hombre con cabeza de vaca te observa con las manos en la cintura, otros dos vienen detrás con más pancartas. El conductor acelera y el gordo gira un poco la cabeza para mirarte de reojo y decir: Quedate piola, pibe. Ya queda poco.
El mareo no cede. Te sofoca el calor, el olor del hash, las frenadas y los arranques. ¿Es cierto que te están llevando a buscar la droga? ¿Todas esas máscaras de animales, las explosiones, son ciertas?
Y otro estruendo… Un incendio devora un rascacielos, el fuego llega hasta la luna. A contraluz cae la nieve, fina como una cocaína de Miami. Sacás la mano por la ventanilla para sentir la nieve, que no es nieve sino papelitos quemados, puras cenizas. Esta noche no parece cierta y quizás no sea cierta. Las máscaras danzan en un carnaval violento. La avenida parece un campo cubierto de nieve.
¿Y es cierto?
El auto vuelve a frenar. El conductor fuma y gime como una puta exagerada, ahora es notoria su impaciencia. Esto viene muy lento. Deja el canuto en el cenicero y acelera haciendo chirriar los neumáticos. Atropella a un motociclista y a un hombre con cabeza de caballo. La multitud con cabezas de animal se abalanza sobre el auto formando una oscuridad enardecida.
Golpean el vidrio y el techo. El auto se abre paso y algo, alguien, traquetea debajo de las ruedas. Te das vuelta y por la luneta ves un caballo blanco lleno de sangre. Tras un volantazo, el auto sigue por la vereda, se lleva por delante un cartel, estalla una vidriera: un impacto acuático, como caer al mar desde un acantilado.

El tránsito se libera en una calle transversal. Los faros iluminan una calle angosta, atestada de basura. El conductor baja la velocidad y respira profundo, vuelve a manotear el canuto, lo enciende y le da una honda pitada.
Mirás por la luneta y te preguntás si algo de lo que pasó fue cierto.
Preguntás la hora y no te contestan. Todo te resulta extraño, pero se lo atribuís a la paranoia del ácido.
Un rodeo y llegan al puente. Parece otra dimensión. La luna al alcance de la mano y la ciudad como un valle de luces y silencio.
Tomá, nene. Relajate.
El conductor te pasa el canuto. El humo del hachís cosquillea tu garganta. Tosés y el dolor de cabeza se retira por la ventanilla abierta. Los ojos se te llenan de lágrimas.
No parás de pensar. Podrías comprarte una moto. Llevar a Tatiana a las canteras. Llevar a Martín. Mejor con Martín.
Un camino oscuro. Sirenas de policía, a lo lejos. Casas cerradas, nadie en las calles. La voz de leñador resuena en el auto: Ya casi llegamos.
El gordo se da vuelta, sólo un poco, apenas lo que el cuerpo le permite.
Atenti, eh, dice.
Te enderezás en el asiento. Estás despabilado, lleno de voluntad. Sacás la gorra de la mochila.
Una calle de pocas casas. El velocímetro marca veinte kilómetros por hora. El gordo mira por la ventanilla. El conductor mira por la ventanilla.
Creo que es ahí, dice el gordo señalando una puerta de hierro.
¿Creés?
Frená. Es ahí.
El conductor detiene el motor. Las puertas se destraban con un chasquido. El gordo apura un pellizco de merca y sale del auto con dificultad. Después el conductor y se calza el bufo en la cintura. Después vos.
La brisa nocturna te da una sensación de libertad.
La puerta de hierro y un muro devorado por la hiedra, un gato plateado camina por encima con la cola levantada. El gordo hace sonar una campana. Los tañidos resuenan en el silencio de la cuadra y te recuerdan a una iglesia de la infancia.
Tu cuerpo se ablanda como una goma caliente, la noche, el viaje, la falopa, oprime tus párpados, dormís parado, frente a la puerta de hierro, no podés evitarlo.

Al fin la puerta se abre (no sabés cuánto tiempo pasó). Escuchás pasos. Tus pasos.
Dale, nene, dice el conductor.
Apurás el paso, pero te distraen ciertos detalles: una maceta con un helecho, unas cucarachas cerca de tus zapatillas. Por encima de la medianera va el gato plateado con la cola levantada.
Un patio, otra puerta, esta vez de madera. El gordo da dos golpes seguidos y un tercero tras una pausa. No podés dominarte y volvés a dormitar.
Te sobresalta el cachetazo en la nuca. La negrura no te permite distinguir.
Tomá, dice el gordo, acercándote un pellizco de coca.
Das un narigazo. La cosa cambia. Ya no sos una goma derretida, sino algo sólido e imponente, encendido. Otros dos golpes en la puerta, fuertes y seguidos, luego un tercer golpe. Otra puerta se abre cargada con un humo espeso.
Estamos adentro, susurra el gordo, y agarra tu brazo como si guiara a un ciego.
El piso de parqué se torna rojo y pegajoso. El gordo logra arrancarte de esa jalea.
Toman por otro pasillo más estrecho. El gordo apenas cabe de costado. Todo sigue teñido con el rojizo de una gelatina. Advertís que nace de los paneles de luces led que cubren las paredes y parte del techo. De repente, olés el aroma salvaje del cannabis.
El pasillo forma una ele y al doblar te tranquiliza ver, a unos metros, el resplandor de una lámpara y dos hombres que conversan y fuman, podrían ser mellizos, tienen los mismos rasgos, la cara lampiña y bonachona que se contradice con las pistolas que exhiben en la sobaquera.
Hola, muchachos, saluda el gordo.
Los dos hombres saludan con el mismo gesto de cabeza.
Pasen nomás, dicen a coro.
Otra puerta. Al abrirla surge una cumbia. Otro pasillo, largo y con piecitas a los costados, la mayoría con las puertas cerradas. La música crece a cada paso, también se escuchan gemidos de mujeres, exagerados gritos de placer. Una puerta entornada te deja ver a una chica en tanga.
Metele, nene.
El gordo te agarra del brazo.
Ni siquiera tenés la navaja, estás regalado. Pero todo saldrá bien. Eso pensás. Te darán la droga y la distribuirás. Todo por un buen ladrillo.
Salen a un largo jardín descuidado. Al fondo está la capillita.
Ya estamos.
Otros dos golpes, una pausa y un tercer golpe. Abre un hombre morrudo, del pantalón le asoma la culata de una pistola. El conductor está sentado en uno de los sillones hablando en voz baja con otro hombre. Fuma hash y ríe con los ojos chinos. Su pelo cano resalta por la luz del fluorescente. El maletín, sobre la mesita ratona, está abierto y tiene mucha droga. Nunca viste tanta droga. Pensás que ahora sí pegaste algo grande. Te convertís en un verdadero camello.

Por una puerta corrediza aparece el mismo hombre alto y espigado, parecido a Tinelli, que estaba con el dealer. Te mira con ojos de lechuza y luego dirige al conductor un gesto de afirmación o entusiasmo contenido.
Esperás ver otro maletín lleno guita. Pero la guita no aparece.
Y cuando el morrudo de la pistola te agarra del brazo comenzás a darte cuenta que caíste en una trampa. Ni siquiera tenés la navaja o el celular. Estás regalado.
Te arrastran por el pasillo hasta una piecita oscura con olor a semen.Te digo tranquilo.
Tranquilo.
Estás drogado, muy drogado. Te dormís y gritás en sueños. Al despertar, pedís ayuda golpeando la puerta. El morrudo de la pistola entra y te da un
cachetazo, vuelve a salir y cierra con llave. Sentado sobre la cama, llorás. Sos rubio y relindo, flaquito como una cuerda.

Tus preguntas son una repetición desesperada en la que me veo reflejado. Yo también lloré, confundido y drogado, después del encierro y unos cachetazos. Yo también pregunté. Después entendí.
Todavía conservás un aspecto desafiante, pero tus ojos comienzan a vibrar de miedo. No doy vueltas y te revelo la verdad cruda y directa.
No entendés. Es así. Por un tiempo, no vas a entender.
El ruido de llaves y la puerta se abre. Una señora dice que está la comida lista. Cocinó arroz con pollo. Hambrientos, comemos sin hablar, con otros chicos y chicas de nuestra edad, también algunos más chicos. Sólo se escucha el ruido de los cubiertos.
Otra vez en la pieza, vuelven a trancar la puerta.
Seguís preguntando.
Te repito sin rodeos que hay que aguantar. Hombres, mujeres, droga. Aguantar.
No queda otra si querés seguir en pie.
Tus lágrimas brillan en la penumbra. Sos re lindo, me encantás. Rubión y fibroso. No atino a tocarte la mano, simplemente no me atrevo. Te convido un cigarrillo. Fumamos sentados en la cama.
¿Cómo te llamás? preguntás.
Martín, contesto y no te miro.
Me llamo Martín, repito.

Seremos buenos amigos, nos haremos compañía. Vos soñás con ser un camello. Yo sueño con ser escritor.
Empezás contarme, desde la noche en que fuiste a ver al dealer y te prometieron un ladrillo.
Me flashea tu voz.
Tomo notas mentales, como un escritor.
Te iban a llevar a buscar droga. Buena guita. Una historia parecida a la mía. Hablás. Tratás de entender. Hablás de Tatiana. De mí no decís nada. Pero nos imagino tomando merca y fumando porro en una cantera iluminada por la luna.
No me molesta que hables de Tatiana. En mi historia siempre elegís a Martín.
La puerta vuelve a abrirse. El gigantón de la pistola dice que nos bañemos y pongamos ropa nueva, que nos van a llevar a una fiesta. Sobre la cama, deja un montón de bolsas y se retira.
Te cuento que son pilchas, zapatillas, perfumes…
¿Regalos?
Tu gesto se tuerce antes de terminar la pregunta.
No, no. Regalos no. Todo hay que pagarlo: la ropa, la habitación, la comida, el escabio, la droga. Todo tiene un precio y hay que pagarlo.
¿Hasta cuándo?
¿Hasta cuándo? Nunca alcanza para saldar la deuda.

Biografía

Damián F. Lamberta (Buenos Aires, 1979) reside en La Plata. Publicó el libro de cuentos El hombre de lana (Textos Intrusos, 2017) y la novela Así se nace (UAEM, 2019; Salto de Página, 2021), con la que obtuvo el 16.º Premio Internacional de Narrativa Ignacio Manuel Altamirano. Recibió una mención especial en el Premio Itaú de Cuento Digital (2013) y el primer premio en el concurso Fuera de Foco (2015). Fue finalista en distintos certámenes internacionales, entre ellos el de la Universidad de Antioquia (2021) y el Concurso Ciudad de Pupiales (2024). En 2025 ganó el XLIX Certamen Internacional Ciudad de Martos. Integra el grupo literario Mulas en la Niebla.
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