Aurelia Alesso: “Necesitaba dar este primer gran paso”

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Docente y licenciada en Gestión Educativa, Aurelia Alesso publica su primer libro de la mano de Lirio Editora.  En diálogo con Azimut, la autora reflexiona sobre la tensión entre la mirada técnica sobre la literatura y el desafío de soltar la exigencia académica para darle lugar a su propia voz poética.

—Sos profesora, licenciada en Gestión Educativa y actualmente cursás la Maestría en Escritura Creativa. Tenés una mirada técnica sobre la literatura. ¿Cómo conviven en vos la ‘Aurelia teórica’ y la ‘Aurelia poeta’? ¿Se llevan bien o a veces una intenta corregir a la otra?

—Todo el tiempo se produce ese incómodo cruce entre ambas. Casi siempre prevalece la teórica, y eso es lo que me ha impedido, durante tantos años, animarme a escribir desde el otro lugar: el de la poeta, si es que se puede decir así. Considero que puedo leer y analizar las obras de otras escritoras (o escritores) y lo disfruto, pero con lo que escribo tengo demasiados problemas. Jamás me siento satisfecha y siempre encuentro defectos que quiero corregir. No creo ser poeta, honestamente, pero necesitaba dar un primer paso.

—El título de tu obra, Después de seis latas, es potente y está cargado de honestidad. ¿Cómo fue ese proceso de transformar un estado de ánimo tan frágil y directo en una estructura poética tan medida?

—Ese poema, que da título al libro, nace de un momento de fragilidad emocional. Ni siquiera sé si lo escribí como un poema: estaba aislada porque una persona que había estado en mi casa había dado positivo de COVID y me quedé sola. Esa noche sentí el abandono de alguien con quien necesitaba estar en contacto, y fue una larga tardenoche en la que, efectivamente, me tomé seis latas de cerveza. Ahora no podría hacerlo porque tomo vino (se ríe), pero en ese momento me puse a escribir. Después decidí dejarlo en el poemario porque sentí que lo que me pasaba con el encierro, la soledad y el alcohol no era un hecho aislado, y no me interesa ocultar que esos momentos existieron. De todos modos, han pasado los años y sé que hoy cuento con otra fortaleza.

—¿Cómo fue el proceso de edición y diseño junto a Lirio Editora?

—Un día recibí un correo y me dije: “¿Y si ya es hora?”. Respondí el mensaje y la devolución de la editorial fue tan positiva, clara y optimista que me lancé a la aventura. Confieso que dudé muchísimo porque todo el tiempo quería corregir cosas y, si bien la editorial ofrece ese servicio, elegí hacerlo por mi cuenta. Revisé y corregí varias veces. El intercambio fue fluido; me sentí contenida, comprendida y apoyada. Cuando envié mi idea para la portada, recibí unas propuestas hermosas que reflejaban exactamente lo que quería; mi hijo menor me ayudó a elegir la que finalmente quedó. Luego, tras recibir la caja con los ejemplares, sufrimos una pérdida muy dolorosa —la de mi hijo mayor— y la editorial se comunicó conmigo para acompañarme en ese duelo. Son gestos que no se olvidan.

—¿Hacia dónde sentís que va tu escritura ahora? ¿Seguirás explorando la poesía o te interesa experimentar con otros géneros, como el cuento o la novela?

—El cuento me parece lo más difícil. Tengo varios escritos, pero los releo constantemente y me cuesta soltarlos. Me acobarda encontrar lecturas tan extraordinarias como los relatos de Samanta Schweblin, por ejemplo, y decir: “No, esto no es para mí”. En otro estilo, Lucia Berlin es una autora que me motivó bastante, pero todavía no me animo a lanzarme a ese género. Actualmente estoy trabajando en otro poemario y en una novela de autoficción que constituye el trabajo final de la Maestría en Escritura Creativa que estoy cursando. Ese tipo de narrativa me empezó a interesar mucho y es un género que leo de forma habitual, especialmente a autoras como Adriana Riva, Delphine de Vigan, Sally Rooney, Annie Ernaux o Han Kang. No sé si todos los textos son estrictamente autoficcionales, pero aparece esa “escritura del yo” que plantea una ambigüedad en el pacto de lectura que me atrae. La novela El corazón del daño, de María Negroni, también me resulta formidable por su manera poética de narrar. Siempre voy a citar a autores y autoras porque, para mí, la escritura nace, literalmente, de lo que leo. De hecho, el nuevo poemario se estructura a partir de citas de otros poetas; por el momento se titula Poesía y poetas.

—Para cerrar, nos gustaría conocer un poco de tu mundo literario: ¿qué clase de lectora sos y cuáles son tus géneros predilectos?

—Mis primeros grandes amores fueron Oscar Wilde, en la niñez, y Fiódor Dostoyevski, en la adolescencia. El idiota es mi novela preferida porque me sentí muy identificada con el príncipe Mishkin. Hoy leo especialmente a autoras; ya no como una militancia para visibilizarlas —porque creo que esa deuda está bastante saldada—, sino porque me siento más cerca de ellas. Selva Almada me parece una de las mejores narradoras de su generación y me asombra su calidad como literata, cómo trabaja el lenguaje. Me gustan las francesas De Vigan y Nothomb. Siempre recurro a un ensayo de Marguerite Duras que amo: Escribir. Y una autora que en su momento me deslumbró y de la que ya leí casi todo es Aurora Venturini. María Teresa Andruetto me interesa muchísimo como narradora, cuentista y ensayista. Para nombrar a algún varón, los cuentos de Luis Mey en Qué beben los que no leen como yo me fascinaron. Y, entre las poetas, Susana Thénon, Beatriz Vignoli, Estela Figueroa, Liliana Ancalao, Elena Anníbali…

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