Ángeles en pie de guerra

No sé cuándo aparecieron aquellos seres, ni sé qué son en realidad. Muchos los llamaron ángeles a falta de mejor nombre, o quizá porque algo, que yo no alcancé a percibir, les dictaba tal nombre en los oídos, pero de ángeles no tienen más que las alas. 

Es que los niños así los llamaron, por lo menos hasta el instante en que los vieron descender con las alas desplegadas, en un aleteo suavemente diversificado, como acariciando al viento en lugar de ser el viento el que acariciaba sus alas, regodeándose como un cachorro mimoso sin cuerpo entre las plumas, ansioso del calor maternal. Dicen que el viento busca desde siempre su forma perdida, y la halla habitualmente entre las alas de los pájaros, y es tan breve el tiempo en que logra recuperar su forma, que sus sucesivas vidas lo tornan irritable y antojadizo. A veces se enfurece y por eso sopla tan briosa y cruelmente, otras se desplazan como una brisa de mayor o menor intensidad, según la categoría de su ánimo.

Pero el viento, esta vez, se había dormido en las alas de estos seres imprecisos que planeaban sometiendo el aire a su arbitrio, dominándolo como si los hubiese estado esperando mucho tiempo, y el desgaste y la edad convirtiese la fuerza del viento en un engendro pegajoso más parecido a la telaraña que a la fluidez del agua. Como si el esqueleto del viento se hubiese manifestado cuando ellos llegaron, y el aire fuese enteramente una estructura ciclópea sobre el mundo. 

Pero no quiero adelantarme a los hechos. La primera vez que los vi fue un día oscuro de primavera, una tarde nublada y fría, cuando los rayos se asomaban entre las nubes aún silenciosos, y la electricidad consumía el aire dejando un general ahogo hastiado de humedad, y un olor dulce a carne descompuesta. 

Los encontré aposentados en los cables de electricidad que cuelgan de poste en poste en la vereda de mi casa. Salí a la puerta en busca de una leve brisa perdida, con un mate en una mano y el termo bajo el brazo. Eran diez, o quince, luego me parecieron más, luego menos, pero cada vez que intentaba contarlos uno levantaba vuelo u otro descendía. Tenían peso, por supuesto, porque los cables se combaban y los postes no parecían estar preparados para resistir. Sin embargo, aguantaron, por lo menos durante algún tiempo. 

Cómo describirlos, me pregunto. Tenían alas, grandes aun cuando estaban plegadas. Sus patas eran gruesas y de fuertes garras. A pesar de la distancia, que no era tanta, pude ver que el tamaño de cada una de las garras era por lo menos de dos puños de hombre, y las uñas, cerradas alrededor de los cables eran largas y gruesas como tenazas. Lo peculiar era que las patas estaban cubiertas de un material que imaginé eran plumas, pero que a veces, según la luminosidad del día, parecían pelos de color dorado. El cuerpo era ancho en todo su volumen, tanto en las caderas como en el pecho, cubierto del mismo material impreciso, pero que en la cabeza se convertía en plumas verdaderas. Esta última era imponente por su prestancia, su altivez, erguida con un orgullo que sólo dejaba espacio para una mirada sórdida cuando se dignaba a bajar los ojos hacia los transeúntes. Tenían un pico corto, extraño para su contextura física, corto y ancho, que me sugirió casi una especie de metamorfosis en proceso: un cambio que debía estar ocurriendo a lo largo de generaciones desde una cara humana a un animal, o viceversa. 

Nosotros, por los menos quienes vivíamos en la misma calle, no les temíamos. Habían aparecido cuando ya sabíamos por las noticias que ellas estaban asentándose en los cables de toda la ciudad, y su llegada a nuestro barrio fue como un alivio luego de una larga espera, la sensación de no haber sido desplazados o ignorados. Una de las veces que yo las contemplaba, sorbiendo el mate de vez en cuando, como si nada pasara, porque ya nos habíamos acostumbrado a su presencia, salió el sol muy brevemente entre las nubes, y sentí en la cara un destello de su fulgor sobre la piel de aquellos seres. No sobre las plumas, que mansamente se movían con la brisa, sino en el extraño tejido parecido al pelo que cubría la parte inferior del animal. Entonces recordé algo que había leído en mis noches insomnes, yendo del dormitorio hacia mi biblioteca en busca de leyendas que atenuaran las pesadillas nocturnas. De repente, me vino a la memoria lo que había leído de los grifos, seres mitológicos que según algunas versiones, estaban formados por un cuerpo de águila por delante y un cuerpo de león por detrás.

Debo reconocer que no encontré una correspondencia exacta entre lo que yo estaba observando en ese momento con las descripciones de los autores de mis libros, pero como dije antes, ni siquiera ellos concordaban, en sus bibliografías, sobre la verdadera naturaleza de los grifos. Lo que está expuesto a la imaginación del hombre, sufre mutaciones, y la imaginación humana crea monstruos que varían de aspecto y significado según las épocas. Y cuando estos seres son vistos por quienes creen en ellos, entre los árboles de un bosque, en la bruma del campo, en la superficie de un lago o entre los vapores nocturnos de una bocacalle urbana, toman diferentes formas, pero todas las versiones coinciden en un mismo punto: aquel que los hermana y los funde cuando se escucha un mismo grito de pavor.

Esa era la palabra, supongo, la que a mí se me ocurrió cuando los vi aposentados en los cables, dejando caer las extrañas plumas que comenzaron a cubrir las calles como pelos de perros. Oímos su graznido un atardecer, cuando la penumbra del verano inminente era un recuerdo extraño del invierno pasado, un eco sobreviviente que ellos se habían encargado de llevar consigo escondido en sus alas, para dejarlo caer como un desgarro de rocas sobre los oídos de los habitantes de mi calle. 

Era un rugido que sólo una fiera podría haber emitido en medio de la selva, y luego el graznido que le sucedió fue inmediato, más una continuación que cambio perceptible, que hizo olvidar lo que habíamos escuchado unos segundos antes: el grito del león que se perdió en la calle, asustando a los perros y a las viejas, conforme con eso por ahora, y dejando en el aire el graznido que podría haber sido más amable de no ser tan contundentemente ancestral. 

(Por qué a los perros y a las viejas, no lo sé. De los perros se comprende, están emparentados con los antiguos lobos que temían la presencia de los grandes felinos. Y tal vez las viejas del barrio también entendían, por otros motivos, el llamado del gato que yace indemne entre los huesos de cada predador. Dicen que las mujeres, mientras más viejas más sabias y rapaces, más conscientes de la fuerza y el poder perdido y no aprovechado. Las brujas nacen a una edad avanzada, y las que así se descubren ya no son capaces de morir.)

Y ese sonido quedó en nuestros oídos durante toda la noche, y las noches siguientes, sin saber si eran repeticiones de la memoria o sonidos reales emitidos por aquellos seres a aquellas horas tempranas de la madrugada. Porque siempre los habíamos visto levantar vuelo al anochecer, luego de haberse asentado recién después del mediodía, planeando desde algún punto del cielo, surgiendo como una mancha más de las nubes, o como si viniesen desde el sol, ya que sus plumas, o su pelo, refulgían con destellos enceguecedores en su batir de alas, hasta el momento en que se aquietaban sobre los cables. Nunca los vimos de noche, pero era verdad también que pocos de nosotros se atrevían a asomarse a las calles en esas horas: la visión de las criaturas como sombras quietas resultaba demasiado amenazante. Aquellos que dicen haberse asomado dijeron que ellas no llegaban por la noche, pero muchos no les creían porque oían con claridad el graznido y el aletear de alas justo por encima de sus ventanas, aunque reconocían no haberse atrevido jamás a levantar las persianas ni a correr las cortinas.

Por ello, todo lo que a su presencia se refería, quedaba a medio camino entre la verdad y lo inventado, siendo esto último un reclutamiento de deducciones que intentaban utilizar la lógica como un instrumento, pero cuyas instrucciones de funcionamiento habían olvidado y perdido. Las autoridades municipales, provinciales o nacionales parecían haber caído en los mismos errores, acentuados por la habitual y arraigada burocracia que todo lo obstruye y envuelve como cizaña y enredaderas dentro y fuera de toda estructura gubernamental. A ella estábamos acostumbrados, así que nos preparamos, como espectadores que se sientan en sus butacas, a presenciar el espectáculo de los fallidos intentos de los empleados del estado, que con sus carpetas y portafolios, sus planos de la ciudad, sus guardapolvos y maquetas, instrumentos de precisión, armas químicas, discursos y discusiones, entretenían a los vecinos desde muy temprano en la mañana. (Es curiosa, acotemos desde ya y brevemente, la manía que tienen las instituciones oficiales de abrir sus puertas desde horas tan tempranas, como si tuvieran que hacer muchas otras cosas por las tardes o temieran que el día desapareciera antes de tiempo, involucrando en su obsesión a los ciudadanos comunes, interrumpiendo así sus sueños, la modorra de la madrugada y la fatiga matutina que se desenvuelve y fluye después con el exagerado y mal humor característicos.)

Se pensó en expulsar a las criaturas con diversos métodos, primero utilizando aparatos de ultrasonido, luego con gases tóxicos, pero como la gente se negó a abandonar sus casas y el barrio estaba lleno de niños, esta última medida fue cancelada. Las aves ensuciaban las veredas con sus excrementos, pero la peculiaridad era que carecían de olor, sólo se trataba de una masa informe que rápidamente se endurecía y podía ser levantada como piedras del pavimento, aunque más frágiles. Entonces quedaba en nuestras escobas y palas una ceniza blanca parecida a la piedra caliza triturada.

De dónde venían, nos preguntábamos, más por propia iniciativa que por imitación de los debates que invadieron las horas de televisión durante aquellos días. Algunos aseguraban que llegaban de la cordillera, escapando de cambios climáticos producidos por el efecto invernadero o la ruptura en la capa de ozono de la Antártida. Otros las declaraban mensajeros apocalípticos. Muchos más, que se trataba de una invasión más en la ciudad, como ya habíamos sufrido la de mosquitos, murciélagos y otras alimañas semejantes, sin contar, por supuesto, a las humanas en sus diversas manifestaciones etnográficas y culturales. De esta manera, los debates se convertían en propagandas y plataformas para ideas ecológicas, religiosas, políticas y hasta para esclarecer puntos de vista raciales y/o discriminatorios.

Sin embargo, estas criaturas, que nunca llegaron a recibir un nombre científico, no tanto por falta de acuerdo entre los especialistas como por una reminiscencia no reconocida del miedo que todos sentimos, aún los más racionalistas, ante el paisaje que ellas conforman a lo largo de las calles de toda la ciudad, asentadas sobre los cables de electricidad, incólumes al peligro de electrificarse, y sin que sus garras, a pesar de su crudeza y fuerza que sugieren todo menos un uso delicado de su filo, destrozaran los cables.

     Ese miedo fue el que sentí una noche, cuando supuestamente ellas no estaban afuera, mientras yo miraba un video grabado desde un helicóptero que había sobrevolado tres cuartas partes de la ciudad. Vi, como todos lo hicimos, cada uno en su casa frente al televisor, seguros en nuestro aislamiento, protegidos de lo de afuera y a su vez invisibles para cualquier inquietud o miedo de nuestros semejantes, la telaraña que nosotros mismos habíamos construido. Cables que llevaban suministro eléctrico, comunicaciones telefónicas, redes televisivas. Era algo de lo que ya no podríamos desprendernos, es más, algo a lo que estábamos ya sometidos, aunque nos creyéramos libres dentro de nuestras casas. Pero era la simple sensación de un caracol que se cree a salvo mientras otro animal lo sostiene en su boca esperando el momento propicio para apretar los dientes y quebrar su caparazón.

Es que los cables no eran la amenaza de por sí, sino el instrumento del que podrían servirse las criaturas para su propósito. Ahora me pregunto la razón de adjudicarles un objetivo, como si de seres racionales se tratara, pero es inevitable que todo lo desconocido despierte susceptibilidades adormecidas por la rutina cotidiana. Las voces de alarma se alzaron desde todos los sectores y ámbitos de la sociedad. Las criaturas eran un peligro para la población, una invasión que dañaba la productividad económica y envilecía las costumbres ya establecidas del habitante medio. Eran un peligro al que era necesario poner fin.

Entonces sucedió lo que yo tanto temía desde la noche que había visto en la pantalla del televisor la imagen acuadrillada de las criaturas sobre la red de cables. Una noche de septiembre oímos los graznidos simultáneos por primera vez.  

Fue un llamado a las armas, un grito de guerra, y un alarido de inmensurable furia contenida, de aquella ira que es resultado de la justicia siempre insatisfecha y de una intensa compasión que no encuentra objeto. 

Pocos segundos más tarde, nos quedamos a oscuras. La ciudad se ensombreció en su totalidad, sumiéndose en una penumbra que nunca habíamos conocido porque jamás había llegado a ser tan completa. La ausencia de luz eléctrica nos expulsó de los espacios habituales, la falta de radios y televisores nos sumergió en un silencio que hacía a nuestros pensamientos más fuertes y casi extraños. Sólo fósforos nos quedaban, pilas que alguna vez se acabarían, y el mechero del gas, si es que aún funcionaba. Incluso el agua de las cañerías dejaría muy pronto de correr, y ese sonido de pertenencia a los ríos de nuestros ancestros se alejaría como si fuésemos en realidad nosotros quienes nos alejáramos. Arrastrados de la civilización y de la vida por estas criaturas que un día llegaron a visitarnos sin permiso, imponiendo su presencia como si reclamaran una tierra que les fuera arrebatada. Mensajeras de los dueños originales, o dueñas ellas mismas, llegaron para quedarse.

Sé que están allí afuera en este momento, mientras espero sentado en mi sillón frente al televisor muerto enterrado en la oscuridad, como yo estoy enterrado también. Esperando que regrese la energía eléctrica, que los especialistas arreglen el desperfecto, que los cortocircuitos sean reparados y la central eléctrica otorgue la luz igual que tantas veces lo hizo, como un dios inventado por el hombre, pequeño y familiar, y por eso mismo seguros de que actuará en nuestra defensa. Tenemos leyes, tenemos armas, tenemos toda la tecnología asentada en siglos de filosofía moral. Todo esto no puede ser interrumpido por el capricho de unas criaturas extrañas. 

A menos que actúen, como antes dije, no por capricho sino por un objetivo. Trato una y otra vez de imaginarlo, de deducirlo, de inventarlo con todo el prodigio de mi imaginación, mientras aguardo en la oscuridad y el silencio únicamente interrumpido por aislados gritos de desesperación intercalados entre los graznidos. Por más que intento no puedo imaginar la causa de lo que nos está pasando, ni la identidad de las criaturas. Sea cual fuese el nombre que yo les dé, parece siempre insuficiente para la medida que su proceder les ha concedido.

Adivino que todo esto está sucediendo en muchas ciudades del mundo, y me consuelo con la idea de que no soy el único con las mismas dudas y el mismo miedo. Pero el consuelo es efímero, y falso en realidad, como lo comprueba el ruido que ahora escucho desde la calle, el estruendo de maderas y vidrio destrozados. Y sé que pronto estarán atravesando los postigos de mis ventanas como una horda. 

Biografía

Ricardo Curci nació en 1968 en Morón. Médico de profesión, ha desarrollado su afición a la literatura desde la adolescencia, realizando talleres literarios con el escritor Alberto Ramponelli, su principal mentor. Ha publicado 10 libros en los géneros de relato, novela, poesía y ensayo literario, y en diversos medios gráficos de cultura. Entre otros premios, cabe destacar la mención en Casa de las Américas en 2010 por el libro de relatos «El rostro de los monos». Actualmente vive en Escobar, con su esposa, y varios perros.
Los que leyeron este relato, opinaron...

No hay ninguna opinión todavía. ¡Escribe una!