
Agustina Bazterrica nació en Buenos Aires en 1974. Es Licenciada en Artes por la UBA. Publicó las novelas Matar a la niña y Las indignas; el tomo de cuentos Antes del encuentro feroz (reeditado como Diecinueve garras y un pájaro oscuro); y los ensayos Fragmentos del viaje. Liliana Porter y el reciente Literatura o muerte (a través de Ediciones Godot). Su nombre se instaló definitivamente en la literatura argentina con Cadáver exquisito, premio Clarín de Novela y Premio Ladies of Horror Fiction, única obra finalista no escrita en lengua inglesa. Traducida a más de veinte idiomas, Cadáver exquisito se sigue leyendo con constancia y devoción. Sobre sus libros y la literatura en general dialogamos con Agustina Bazterrica en esta entrevista para Azimut.
-En Literatura o muerte hacés un mapeo amplio de autores: Rushdie, Saer (mucho), Guerriero, Borges, Cortázar, Bernhard, Ferrante, Cheever, Lispector, Flannery. Lo mucho que hace a un todo, el “dialogo con las influencias”. Además de una apología de la escritura, es un gran elogio de la lectura.
–Me causa gracia el comentario “Saer (mucho)”. Con un grupo de amigas —la “Secta Saer”— estamos leyendo toda su obra. En el ensayo digo que leer es inspirar y escribir es expirar. Y no, no escribí “expirar” por error: fue deliberado. El ensayo se llama Literatura o muerte y me interesaba esa idea de que cada exhalación nos acerca un poco más al final. No concibo la escritura sin la lectura porque, para mí, escribir nace precisamente de ahí: de todo lo leído, de todo lo respirado.
-Parece ser un volumen escrito con sangre, sin tapujos ni miramientos, sin medias tintas, directo al hueso.
-Porque así es mi literatura: intensa, concentrada, trabajada desde la economía de recursos. Me interesa decir mucho con poco. No llenar páginas vacías ni distraer con detalles que no transforman el texto. Creo en una escritura donde cada frase tenga peso, donde cada imagen empuje algo hacia adelante y donde el lenguaje esté siempre bajo tensión. Por eso, en casi todos mis cuentos y novelas, desde las primeras líneas ya se percibe qué está ocurriendo, cuál es el conflicto, cuál es la incomodidad o la amenaza que atraviesa a los personajes. No me interesa esconder el corazón del texto detrás de artificios ni prolongar innecesariamente el misterio. Lo mismo sucede con este ensayo. Entra directo, sin rodeos, porque mi escritura funciona así: busca una intensidad inmediata. Prefiero la condensación antes que el exceso, la precisión antes que la acumulación. Tal vez venga también de mi manera de leer: admiro a los autores capaces de construir mundos enteros con unas pocas líneas, escritores que entienden que la literatura no depende de la cantidad sino de la densidad. Una frase puede abrir un abismo si está escrita con la exactitud necesaria. Escribir, para mí, nunca fue adornar ni demostrar virtuosismo. Es trabajar el lenguaje hasta dejar solamente lo indispensable: aquello que todavía late cuando todo lo demás sobra.
-Cuánto te marcó el éxito de Cadáver exquisito. No sólo el premio, sino que se siguiera sosteniendo en el tiempo como una lectura de referencia.
– Aunque agradezco el éxito, no voy a caer en la trampa de escribir Cadáver exquisito 2. Esa búsqueda ya terminó. Sé que mucha gente espera una continuación y, de hecho, hace unos días una persona —a la que evidentemente se le rompió el botón interno del límite— me escribió para pedirme, muy amablemente hay que decirlo, que le cediera los derechos de la novela para escribir ella misma la segunda parte. La audacia.
-Que nunca llegue a ser una persona eso que es un producto, la deshumanización, la mirada humana del animal domesticado, la palabra y la política. Se acerca un poco a la ficción paranoica de Piglia en el discurso del Estado.
-La novela nació de observar cómo el lenguaje, la costumbre y ciertos discursos políticos pueden modificar nuestra percepción moral hasta volver aceptable lo impensable. Por eso en la novela el horror no entra de golpe, sino de manera burocrática, ordenada, higiénica. Ahí aparece también la relación con los animales domesticados: muchas veces proyectamos sobre ellos afecto y sensibilidad, pero al mismo tiempo sostenemos estructuras de violencia completamente normalizadas. Esa contradicción me interesa muchísimo. En ese sentido, siento que la novela dialoga con la ficción paranoica de Ricardo Piglia: la idea de que el Estado, los medios y las estructuras de poder construyen relatos que moldean la realidad.
-En ese tren: cómo ves el estado actual de la cultura del libro.
-En relación con la cultura del libro, la situación argentina es paradójica. Por un lado, hacer libros, sostener editoriales, traducir, imprimir o simplemente comprar literatura se vuelve cada vez más difícil. Hay una precarización enorme del sector cultural. Pero, al mismo tiempo, Argentina sigue siendo un país con una tradición lectora muy fuerte. Eso todavía resiste. Siguen existiendo librerías extraordinarias, editoriales independientes valientes, talleres literarios llenos y lectores muy apasionados. Y creo que justamente en tiempos de crisis la literatura se vuelve todavía más necesaria. No porque vaya a solucionar problemas concretos, sino porque ayuda a pensar, a resistir la deshumanización y a imaginar otras posibilidades de existencia. En contextos donde todo empuja hacia el cinismo o la crueldad, defender la sensibilidad, la imaginación y el pensamiento crítico también es una forma de resistencia.



