Silvia Itkin nació en Buenos Aires. Es periodista, escritora y editora. Asistió a los talleres de narrativa de Inés Fernández Moreno y Liliana Heker, de dramaturgia de Ariel Barchilon y, actualmente, asiste al de Santiago Craig. Fue directora editorial de Ediciones B entre 2010 y 2018, y dirigió el sello Obloshka entre 2019 y 2024. Publicó en coautoría Estamos en el aire. Una historia de la televisión argentina (Planeta, 1999) y el libro de cuentos Nunca terminamos de conocernos (La Parte Maldita, 2918). Lleva adelante la clínica Relatos de vida en Fundación La Balandra desde el año 2021. En esta charla ahondamos en sus métodos de trabajo, lo que implica estar al frente de un grupo de escritura y corrección, la literatura autobiográfica y demás cuestiones alrededor de la temática.

Por Hernán Carbonel
-¿Cómo surgió el taller Relatos de vida? ¿Han ido variando sus asistentes, hay gente que continua desde los inicios, crees que es útil esa continuidad?
-En aquel momento, de una charla con Carlos Costa y Maumy González que me llamaron interesados en que hiciera algo con la Fundación. En plena pandemia, ya había empezado a trabajar con un grupo de escritura, específicamente, las narrativas del yo. Venía desde hacía algunos años muy interesada en lo que aparecía en distintas editoriales, en nombres de autoras y de autores que iban tomando cada vez más pregnancia, aunque ya había gente muy reconocida y valiosa, desde antes, como Sylvia Molloy, Delphine de Vigan, Knausgard, Carrère, Eduardo Halfon. Y mucho antes, novelas magníficas como Músicos y relojeros, de Alicia Steimberg, o El mar que nos trajo, de Gambaro, que no habían sido ubicadas en la tendencia. Leía también con mucho interés los ensayos de Alberto Giordano. En fin, estaba bastante inmersa en ese mundo y me aventuré. Los asistentes han ido variando desde ya, pero hay dos personas que están desde los comienzos y un grupo de base de unos diez o doce que hace tres o cuatro años siguen. La continuidad es muy útil, en este taller o en cualquier otro, porque persistir es parte del asunto, quedarse en los desafíos del texto, darse tiempo.
-¿Cómo describirías brevemente el proceso de trabajo? ¿Con qué métodos trabajás, con qué dinámica?
-La virtualidad impuso ciertas pautas. Los textos se envían antes del encuentro semanal y en general se leen antes también. En algunos años, el grupo era muy grande (actualmente hay diecisiete integrantes) y por cuestiones de tiempo, entrábamos directamente a las devoluciones. Este año, leemos en el encuentro, y es, creo yo, la verdadera experiencia de taller. Siempre recomiendo que las correcciones incluyan una lectura en voz alta, porque saltan rápidamente los tramos que hay que revisar. Lo que busco es, primero, que la experiencia del taller los convierta en otra clase de lectores y lectoras. Es decir: ya no es lo mismo leer un texto cuando empezás a escribir, no debería ser lo mismo. Hay que volverse un buen detector, sin que se pierda el gusto o la emoción por las historias, por un libro, por un autor. Y no es un tema menor frente a textos íntimos, porque se impone muchas veces la identificación y la empatía. Entonces, no tenemos delante la historia de un compañero o de una compañera, tenemos un texto que debe ser leído como cualquier otro: ¿cómo está construido el narrador?, ¿es eficaz para lo que se quiere contar?, ¿qué pasa con el tono, con el registro?, ¿esa es la voz o hay que seguir buscando? La memoria tiene un enorme componente ficcional. La experiencia solo puede volver reconstruida, no es reproducción, se representa. Y siempre será una de tantas otras posibles versiones. No hay una verdad, porque ese lugar –sea cual fuera- sobre el que escribimos, ese o esa que fuimos, ya no existe. Todo el tiempo hay que preguntarse quién es el yo que escribe, porque no es el mismo que va al súper y paga la compra. Hay algo ahí que entra a tallar en tanto personaje, de su propia historia, sí, de su propia biografía, pero ya es otro. Es inevitable cierta clase de disfraz cuando escribimos. Estas suelen ser las preguntas que planteo, con las que insisto y vuelvo, porque también hay que despegarse de los automatismos del lenguaje, de esas primeras capas que dicen más o menos lo mismo. Hay que escarbar hasta encontrar la singularidad, y de paso traer la singularidad de la propia experiencia, eso que distingue un texto de otro porque la voz pudo surgir. Ese es el proceso que me interesa acompañar.
-¿Los participantes suelen ser porosos a las críticas, las asumen con total naturalidad, o hay cierta renuencia?
-Es un entrenamiento propio del taller. Una devolución es una invitación a que cada uno pueda volver a su texto con otra distancia. Ya dijo Piglia que solo podemos ser leídos con los ojos de otros. Vemos, en los textos de los demás, cosas latentes, potencialidades, hilitos para seguir tirando. Por eso también es una invitación: volvé, revisalo, tomá distancia, dejalo flotar un poco y después fíjate si es lo que querés contar, si ahí está realmente la historia.
-La escritura autobiográfica, o, como han dado en llamarlo, literatura del yo, es algo que está muy presente desde hace tiempo en la literatura contemporánea. ¿Por qué creés que se dio eso, que hay de estos tiempos que corren que deja una marca ahí?
-Hay muchísimo escrito sobre por qué, a veces se emparenta con una época de enorme exhibición. Creo que es muy difícil, aunque se siguen escribiendo esas novelas y muchas son maravillosas, pensar en relatos totalizadores, en la gran foto de época, etc. Estamos fragmentados –que es más elegante y suave que decir rotos. Los puntos de vista pulverizados. Vivimos a diario con esquirlas. ¿De qué otra cosa podríamos escribir que no fuera de esos pedacitos que parecen ser lo único asequible? No sé, la verdad. Estoy pensando al correr de las teclas. Y mientras te respondo, tengo muy presente la última novela de Pauls, Malas lenguas, que se mete justamente en los entresijos de una biografía y revuelve esa materia siempre inacabada que es una vida, porque la memoria aun después de desaparecido el sujeto biografiado, ya sea muerto u olvidado, sigue haciendo su trabajo entre desmentidas, chismes, versiones. En este caso, como no podía ser otra manera en un libro de Pauls, asistimos a una aventura extrema del lenguaje.
-¿Qué significa para vos, personalmente hablando, estar al frente de un grupo de gente que busca mejorar su escritura?
-Mucho placer, aprendizaje continuo, me sirve mucho lo que leo continuamente para entender más de qué se trata escribir –ficción, ensayo narrativo, autoficción, cuentos, no importa el género-, lo que se pone en marcha, en qué nos metemos. Para mí, hay una constante devolución mutua y algo siempre encendido en los encuentros.
-¿Alguna perlita o anécdota en ese ida y vuelta con los alumnos que se pueda contar?
-Todo es confidencial (chiste y no tanto).


