El segundo caso que llamó la atención fue el de los perros de Dolores. Esta vez la noticia fue cubierta directamente por los reporteros de la televisión, al principio como una más de las notas de curiosidades que se utilizan como relleno ante la falta de noticias sensacionalistas con que ocupar la atención del espectador durante la hora que dura el programa. Es de por sí curiosa y un caso de estudio de sociología el hecho de que los noticieros televisivos nunca dejen de tener su alto rating de audiencia. Se le adjudicará siempre a la morbosidad de los espectadores, a la búsqueda insaciable de noticias horripilantes con que cada uno intenta rellenar su propia vida monótona, o una manera de impersonal venganza viendo cómo a los demás les suceden cosas más terribles o más insulsas que a nosotros. Todos buscamos la lágrima fácil que nos recuerde por un instante que estamos vivos y aún somos capaces de sentir, pero nadie parece preguntarse si esas lágrimas realmente llegan desde lo más profundo de nuestra alma o sólo son las gotas de rocío que la humedad ambiente deja sobre la superficie de todo cuerpo que se sabe vivo. Una hoja de arbusto en una mañana de invierno también llora si así lo vemos, y se conmueve al moverse con el viento como si un escalofrío la recorriese. Tal vez ella sabe, sin ojos humanos para ver una pantalla de televisión, lo que sucede en el mundo, la muerte y la vida conjurándose para someter a todas las criaturas a un juego ininterrumpido de iniquidades y traiciones.
Un noticiero de televisión es también un teatro, una variación más de la ficción con que la humanidad intenta resumir la realidad compleja en tres o cuatro patrones permanentes. Si algo no nos conmueve por ignorancia, el arte se encargará de hacérnoslo saber a través de una representación bien montada, excelentemente actuada por actores tan aficionados que no saben que están actuando, y sobre todo escrita por guionistas que no saben de la vida más que la superficie, y por eso, desde su altura, son capaces de no perder la ironía, el sarcasmo necesarios para su punto de vista. Hamlet, por ejemplo, podría haber sido extraído de un programa radial de noticias de la década del cincuenta, mientras la familia en pleno se reunía después de la cena a escuchar los eventos importantes del día. Fue eso lo que ocurrió con Orson Welles y su Guerra de los Mundos: pánico y extravío, pero sobre todo la exfoliación del miedo en las superficies corporales de cientos de personas. El miedo que nos impide actuar y nos lleva a quedarnos encerrados en nuestras casas como en un refugio antiatómico, vieja y ancestral reminiscencia infantil de protegerse en la propia cama y cubrirse con la frazada hasta por encima de la cabeza. O la versión psicológica del útero y la tumba, como cada cual lo prefiera.
Es el mismo miedo que ha comenzado a invadir los corazones de los habitantes de Dolores hace ya algún tiempo.
Las primeras notas informaban que los perros de la ciudad habían comenzado a proliferar. Había más que de costumbre en las calles. Todos supusieron, porque nadie pensó mucho en ello, que eran perros vagabundos que se habían procreado más de lo esperado, así que las autoridades municipales decidieron desempolvar los viejos reglamentos, a la vez que desempolvaban también los cerebros abotargados de sus empleados con respecto a estos mismos reglamentos, y con camiones de por medio y un decreto firmado rápidamente por el intendente entre desayuno y almuerzo, se dirigieron a las calles para atrapar a los perros.
Así sucedió, parece, dando oportunidad a muchas tardes y mañanas de ocurrencias y desastres suburbanos entre vecinos que reclamaban ser dueños de algunos, y el desbande de los animales por las calles empedradas, la búsqueda implacable en los baldíos, el encierro en los umbrales, los llantos de los chicos, y alguna que otra amenaza de mordidas, algunas concretadas. Pero más bien el drama provino de los hombres, mujeres y niños que se adherían o rechazaban la medida municipal. Los comerciantes estaban de acuerdo, igual que las maestras de escuela, o las ancianas que recorrían las veredas diez veces por día para comprar en el almacén de la esquina una manteca, un paquete de azúcar o yerba, lo que la memoria les permitiese filtrar de a ratos durante sus días tímidos y siempre iguales.
Quienes discutieron y se enfrentaron a los empleados fueron algunos hombres, entusiasmados por encontrar en esos días una oportunidad de revivir los viejos tiempos de los caudillos que luchaban tenazmente con los malones en la época en que la provincia era todavía más campo y llanura que edificios y asfalto. Tampoco faltaban aquellos que extrañan, sin haberlos conocido, los violentos tiempos del oeste norteamericano, y se paraban en medio de las calles, como si de pistoleros se tratara, para impedir la matanza de los perros.
Algunas mujeres, madres de familia, rescataban animales y los llevaban a sus patios como si fuesen niños que agregar a sus familias, siendo sus brazos siempre suficientes para abrazar y proteger a todo miembro desvalido de la sociedad humana. Mujeres que creen que sus brazos son alas con membranas extensibles que nunca se rompen, que sus lágrimas son tan inagotables como su paciencia y su capacidad de conmoverse.
Y los chicos, esta vez todos juntos en una sola masa irremediablemente unida por un elemento común: la sal del temor y la férrea voluntad de la rebelión. El enemigo adulto esta vez ya no eran sus padres, sino un grupo más determinado y menos personal, y por ello menos susceptible al sentimiento de culpa o remordimiento. El enemigo era también ahora enemigo de los propios padres, y podrían hacer un frente común. Pero mientras las estrategias se sucedían y fracasaban, como muchas veces ocurre entre aliados unidos más por la necesidad que por un común ideal, los chicos se agruparon en un solo bando que se trasladaba de una calle a otra, sacando perros de las calles y llevándolos a sus casas para esconderlos donde fuese: patios cerrados, armarios, lavarropas en desuso o cajas, siempre vigilados por los hermanitos menores, que por ser tan chicos para participar en los campos de batalla, servían de vigías, y así también se sentían útiles en la nueva guerra.
Pero la guerra cedió por un tiempo. Los perros casi desaparecieron de las calles por algunos meses. Las noticias cesaron, sólo en el ámbito local se continuaba hablando de los perros protegidos, y del destino que habían sufrido los que fueron atrapados. Muchos se dirigieron a ver los cadáveres en las afueras de la ciudad, donde unos días después las autoridades municipales realizaron una cremación que la gente del pueblo, los desocupados a esa hora temprana de la mañana, presenciaron hasta que el olor provocó que se dispersaran nuevamente hacia sus casas y trabajos.
Como decía, no hubo novedades en la televisión para quienes llevábamos cuenta de lo ocurrido sólo por este medio informativo. Tiempo después, un periodista mostró con un orgullo sólo comparable a los repiques y trompetas con que el canal anunció la nota, la rebelión de los perros.
Así fue llamada más como un titular sensacionalista que por responder a la realidad de los hechos. La verdad es que los perros fueron empezando a escaparse de sus casas, uniéndose a los pocos vagabundos que habían quedado libres, y luego del mutuo reconocimiento de olores corporales y movidas de cola, se juntaban para caminar por las calles de la ciudad sin otro aparente motivo que el paseo o una simple e inocente vagancia.
La gente salió a buscarlos, pero luego de una mansedumbre curiosa, donde los animales regresaban a sus cuchas, patios o camas de siempre, tras una reprimenda no siempre cariñosa de sus dueños, volvían a escaparse en la primera oportunidad que se les presentaba. Surgieron las mismas protestas de antes, pero esta vez los defensores no se atrevían a acudir a las autoridades para ayudarlos a rescatar a sus perros, ni tampoco el municipio estaba dispuesto a realizar el procedimiento, tanto por rencor por la anterior repulsa popular como por no crear opiniones en contra ante los muy prontos comicios electorales.
Los perros, entonces, se quedaron en las calles, y cada vez fueron más. No sé sabe cómo aparecían tantos y en tan poco tiempo. Era de suponer que haciendo un promedio de un perro por casa, y teniendo en cuenta por supuesto aquellas en que habría dos o más y aquellas en que no habría ninguno. Se hizo rápida encuesta, y se supo que salvo los perros más viejos, de poca movilidad, y algunos cachorros o perros falderos, todos habían acabado por escapar de sus hogares. Más tarde, incluso los perros viejos lograron escabullirse, acompañados en su fugitiva huída por los chillidos lastimeros de los cachorros y los ladridos estridentes de los falderos, que tarde o temprano, exacerbaron tanto la paciencia de sus dueños, que terminaron por ser soltados de las correas o los brazos protectores, y por qué no decirlo, los lazos esclavizantes de quienes tanto los amaban.
Los perros viejos se unieron a las gran jauría con pasos lentos, como elefantes apartados de la manada pero no por ello demasiado lejos en su camino. Sin embargo, los perros no se desplazaban mucho. Recorrían las pocas cuadras donde habían vivido siempre, así que sus antiguos dueños podían verlos todos los días, incluso hablarles con una caricia en el lomo o la cabeza como si nada malo hubiese ocurrido en su relación, y ellos devolvían el perdón con un lengüetazo algo tímido pero sin duda cariñoso a la mano que los tocaba o a la cara tan conocida desde que habían sido cachorros. Alguno se alzaba para apoyar las patas delanteras en el pecho o la panza de su antiguo dueño, desviando la mirada con leve vergüenza, mientras movía la cola en señal de abandono de cualquier tipo de resentimiento.
Y así quedaron las cosas por un tiempo. Extrañas para el resto del mundo que las veía desde el exterior de los límites de una ciudad antigua y de provincia, como un cuerpo que ha asimilado los cambios que le provocó una enfermedad, y que ha sobrevivido con secuelas ciertas y palpables, como cicatrices en la piel de las costumbres, pero adaptándose a los posibles desequilibrios y adoptando nuevas formas, diciéndose a sí mismo que el olvido es un dolor necesario que trae consigo la inminente y piadosa anestesia.
Quienes se encargaron de estudiar el caso de los perros de Dolores, informaron a lo largo de varios meses que los animales vivían de los alimentos que les daban los vecinos, ya que ahora nadie era dueño de ninguno de ellos. Se formaron rutinas espontáneas de alimentación, como si todos y nadie se hubiesen puesto de acuerdo al mismo tiempo, pero los animales no esperaban, contra su costumbre, en las puertas de las casas o de los negocios o carnicerías. Deambulaban, olfateando, correteando, jugando entre ellos, ya ni siquiera con los chicos, y cuando veían a alguien acercarse con una bolsa de comida, movían las colas y gemían de contento, pero nada más. La gente comenzó a sentir un vacío cuando se apartaban, dándose vuelta de tanto en tanto para mirar al grupo de perros que comían casi con ajeno apetito la comida que les traían. Por eso, no pasó mucho tiempo para que la alimentación raleara en frecuencia, y los perros no se alarmaron por ello, por lo menos al principio. No parecían tener hambre, y tampoco se mostraban agradecidos por el alimento que les ofrecían, así que nadie, empezando por los antiguos dueños que no olvidaban el aspecto ni los nombres de aquellos que los habían abandonado, sintió el menor remordimiento cuando dejaron de alimentarlos y pasaron por su lado ya sin caricias, ni una mirada de mínima condescendencia.
Hubo alarma por dos motivos. Primero, se encontraron diez perros viejos, muertos y despedazados. Se dijo que los animales se estaban matando entre sí por falta de comida, pero no era posible comprobar si habían sido masacrados luego de su muerte natural o matados a propósito por sus compañeros. Los vecinos exigieron intervención de las autoridades, que ahora sí vieron una oportunidad de hacer méritos para las próximas elecciones. Pero este fue el motivo aparente, el más ponderable por su morbosidad ante la opinión pública, no tanto de los habitantes de la propia ciudad, que conocían íntimamente los hechos y sus motivos, sino de la opinión pública nacional.
El hecho que preocupaba más a los vecinos era el número de perros. Habíamos dicho antes que crecieron rápidamente en cantidad, pero su número se quintuplicó, por lo menos en los escasos meses desde que el fenómeno había comenzado. Ocupaban las calles y veredas, y no dejaban pasar a los autos en las horas pico, cuando la gente regresaba de sus trabajos y los chicos salían de la escuela. Se acostaban sobre el empedrado, daban vueltas sobre sí mismos como es su costumbre antes de dormir, y se apoltronaban casi, como si de almohadones se tratase, junto a los cordones de la vereda y los adoquines sueltos. No había manera de sacarlos de allí, ni con bocinazos, ni gritos ni llamadas cariñosas de antiguos dueños que reconocían en el perro frente al auto e interrumpiendo el tránsito, al querido animal que había sido criado en la cocina de su casa, dormido en su cama en las noches de invierno, que los había saludado saltando y ladrando cuando regresaban luego del trabajo, o se sumían en un aletargado sueño en las siestas del domingo después del asado, uno satisfecho con los huesos roídos bajo la mesa, y su amo repantigado en un sofá o la reposera del patio, con el sabor de la copa de vino o la cerveza del mediodía.
Recuerdos nada más escapados en medio de la ofuscación y el frustrante intento de sacar del camino a los perros. Muchos decidieron apalearlos, pero los animales no respondían más que con miradas severas y gruñidos escasos. Se levantaban y se subían a las veredas, ocupadas ya por otras decenas de perros en pocos metros cuadrados, y mientras los autos reanudaban su marcha, eran ahora los peatones los que protestaban porque no podían caminar, encerrados entre los perros y las paredes de las casas, u obligados a caminar por las calles, lo cual provocaba nuevas peleas incesantes con los conductores.
Un día, finalmente, por lo menos a lo que a esta ciudad se refiere, llegaron los gendarmes luego de que el municipio pidiese ayuda al gobierno nacional. Se presentaron una mañana en dos camiones, los soldados armados. Bajaron y se dispersaron por las calles, abriéndose paso entre los perros que ocupaban literalmente cada metro cuadrado de la calzada, sin brusquedad ni violencia, incluso sorteándolos a grandes pasos para no molestarlos. Los animales levantaban las cabezas y los miraban, volviendo a sentarse, o se levantaban y se corrían unos metros, pasando por encima de algún otro. No parecían hambrientos, no parecían violentos. Por eso, los soldados no se atrevieron a actuar, ni los oficiales a dar órdenes. Sólo cuando los habitantes de la ciudad los miraron de una forma inclasificable que amalgamaba la furia y la pena, sólo cuando las autoridades, y especialmente el gobernador dieron su visto bueno con el pulgar hacia abajo, como los emperadores romanos en el coliseo frente a los gladiadores o un general de la Segunda Guerra a un pelotón de fusilamiento, ellos levantaron las armas y apuntaron.
Entonces los perros se dieron cuenta. Casi simultáneamente levantaron las cabezas y miraron con recelo. A través de las mirillas de las armas, los soldados contemplaron las múltiples y diversas razas, las incontables formas y colores, las patas temblorosas, los hocicos humeantes de aliento matutino, los lomos erizados, las colas siniestramente cabizbajas o erectas, y escucharon los aullidos. No ladridos sino aullidos de inmensa pena, y luego el griterío de la jauría huyendo por las calles, de repente, como un solo mar de perros de pronto alzados en un ímpetu irrefrenable. No atacando ni huyendo, sino corriendo en una misma dirección.
Para los que habían salido a los balcones para observar el procedimiento, las calles se convirtieron en ríos impetuosos de una marejada que amenazaba con desbordarse si las márgenes no hubiesen sido edificios y casas de concreto. Los soldados resistieron la embestida, quedándose parados donde estaban, dejando fluir la jauría entre sus piernas, porque sabían que nada les harían, los perros deseaban huir, pensaban ellos. Pero yo me pregunto si fue realmente una huida o un llamado, o simplemente un darse cuenta como lo fue el salir de sus casas para quedarse en las calles. Esta idea cruzó por la cabeza de muchos cuando al final del día la ciudad quedó vacía de perros, y todo el que se dirigirse con su auto hacia las afueras de la ciudad, cerca de la ruta y mucho más allá, hacia los campos de labranza y pastoreo, pudo ver que la riada de perros se había asentado en los campos.
Al final del día, cuando los gendarmes se hubieron ido, la gente que trabajaba temprano al día siguiente se fue a dormir a sus casas y las autoridades municipales y provinciales dieron por terminado el asunto para su tranquilidad electoral, los pocos interesados pudieron vislumbrar en la penumbra creciente los cientos de perros ubicados en los campos que rodeaban la ciudad. Cientos, y hasta me atrevo a decir que eran mil o más por la enorme extensión que ocupaban, según los que comentaron el suceso días después. Yo imagino ese paisaje, y no puedo evitar estremecerme ahora que me estoy acercando a la ciudad de Dolores. He venido a ver lo que tanto han comentado los medios.
Los campos de perros, como un mar de animales dormidos que pronto despertarán.
Se los escucha ladrar cuando cae el sol. Se escuchan sus ladridos cuando cazan y devoran a las vacas. Aúllan a la luna y la confunden con la luz intensa de un helicóptero que ronda la zona de vez en cuando. Le aúllan como si se tratase de un dios al cual temer y venerar, pero presiento, así como ellos lo saben, que ya los dioses han cambiado de apariencia, y que la luz no significa necesariamente poder.
Por eso se agazapan por las noches, con la complicidad de la oscuridad, y sus fronteras se acercan cada vez más hacia las fronteras de los hombres.
El choque inevitable es más una afirmación que un presagio.