El cuerpo

Podés compartir esta nota en:

—Brian —dice—, mi Brian querido.

La cautiva – Esteban Echeverría El plano de la pampa se extendía, oscuro y misterioso, ante los dos jinetes que avanzaban esquivándole a los primeros resplandores.

El galope apresurado contra el terreno árido, cubierto de a tramos por una hierba rala y espinosa, iban marcando el camino que los internaba en la llanura. —¡Vamos! —dijo uno de los jinetes—.

¡Hay que ganar tiempo!

Para el que iba adelante, esas primeras horas lo abstraían del paisaje.

Había fijado en su cabeza un objetivo —encontrar el cuerpo— y se demoraba en los beneficios que eso le traería.

Se le llenaba la boca de saliva de solo pensarlo.

Pero cada segundo le pesaba como una montaña apoyada en la nuca.

Porque el tiempo que lo acechaba venía de atrás, de don Braulio y sus cuatro hijos, ya despertándose, ya apurando el mate, ya saliendo también
para la llanura, ya metiéndole espuela a los caballos, tragándose al galope toda la pampa.

El que había hablado era un criollo ventajero, atento a las oportunidades, buen conversador.

Era dueño de una estancia venida a menos, que había conocido mejores épocas y que ahora se mantenía, a duras penas, por la cría de un puñado
de novillos.

Se había casado con una mestiza que al poco tiempo se fue quedando sorda de un oído y que usaba estratégicamente su discapacidad como excusa para no escuchar a su marido, que más que buen conversador, era un fervoroso monologante.

No habían tenido descendencia.

Vivían con una pareja de indios, que tenían tres hijos y que en conjunto llevaban adelante todos los quehaceres de la estancia y que habían tomado posesión de la parte de los fondos, donde había unas construcciones de adobe de la primera época.

Sobre los mismos fondos, pero apartado de esas construcciones, vivía el otro jinete, un peón expósito de poca voluntad, retobado y discutidor, que cumplía sus deberes con prolija indiferencia.

Como era un gran cabalgador, había sido designado desde muchacho como tropero por el padre muerto de su actual patrón, y ambos habían crecido juntos, para también ir envejeciendo y empobreciéndose a la par.

El criollo patrón, con los años, le había permitido la cría de gallinas y la plantación de una pequeña huerta para su consumo personal.

Les tenía miedo a los indios en general y esto traía constantes conflictos en la estancia: un día los acusaba de la desaparición de una gallina; otro día por el robo de verduras de la huerta.

La pérdida de los dientes lo habían convertido en un prognata con problemas de dicción, pero aun así, era el único que se atrevía a interrumpir los monólogos de su patrón. Éste se irritaba —nada peor que interrumpir a un monologante—, pero no le decía nada, por cierta tolerancia que daban los años compartidos.

El criollo patrón mologante se llamaba Eulabio y el peón de mala voluntad, Santiago.

Para evitar conflictos con los indios, y aprovechando la sequía que castigaba la llanura desde hacía varios meses, don Eulabio mandaba a su peón cada vez más lejos para que hiciera el pastoreo.

Esto lo convirtió, sin quererlo, y a pesar de los rezongos y las ruidosas exhalaciones para cumplir el mandado, en un gran conocedor de la zona.

Ese conocimiento fue el que condujo a don Eulabio a pensar en el peón Santiago mientras volvía al galope del velorio de la hija del coronel Sabio, la noche anterior.

Después de escuchar, de casualidad, lo que el coronel Sabio le había dicho a don Braulio detrás de unas casuarinas, salió disparado casi como un acto reflejo, sin tiempo a que la ropa se le impregnara con olor a incienso y cera quemada de las velas.

La ventaja por la cual había esperado toda su vida se le había presentado en bandeja y todo lo que no tuviera nada que ver con esa ventaja, esa perla brillante, se había apagado, oscurecido de pronto.

Pasó de largo por el casco de su estancia y enfiló sin demora para los fondos, al rancho del peón Santiago.

Entró sin avisar y lo encontró roncando en el catre, con la cabeza ladeada como un degollado.

Lo pateó con la bota un par de veces y cuando el otro se despertó y saltó asustado del catre al grito de ¡Juera indio!, le dijo una vez y —viendo que la cara del otro todavía tenía incrustado el sueño— se lo repitió una vez más: que se preparara, que en una hora salían para la llanura y que no volvían por dos o tres días, según sus precarios cálculos.

Lo tuvo que esperar una hora y media, mientras el peón tomaba todos los recaudos para que los indios no le entraran al rancho, donde había encerrado a las gallinas. – —¡Apurate, carajo! — gritó don Eulabio, adelantándose sin mirar para atrás, enculado por la demora.

Don Eulabio tenía una voz grave y profunda, que parecía tener tres veces su tamaño.

En cambio, la voz del peón Santiago era finita y chillona; no llegaba a ser una voz de mujer —porque mantenía los tonos graves—, pero era más bien parecida a la voz de un niño, que había interrumpido su crecimiento y que ahora parecía achicada respecto a la estatura y edad del peón.

Don Eulabio, a pesar de su voz poderosa, se mantuvo mudo durante un largo trecho —algo casi inaudito en él—, esforzándose, con los dientes apretados, pero fue relajándose a medida que se fueron internando en la aplastada planicie y aún más cuando se dio cuenta que todavía no había rastros de don Braulio y sus hijos.

Su condición de conversador se le empezó a imponer en el cuerpo, y un poco por aburrimiento y otro poco para castigar la demora que le había ocasionado su peón, fue ralentizando el avance, hasta que quedaron a la par.

Empezó a hablar de los indios, con la intención de meterle miedo. —Hay que aprovechar el día para ganar leguas, antes de que nos sorprenda la noche.

Pensar que los indios pegan alaridos cuando sale la luna y escupen espuma por la boca. —De eso no pienso… El peón conocía las mañas de su patrón.

Sabía que se le venía un rosario de palabras que primeriaban con unas fantasías tímidas, bastante aguadas, casi al límite del bolazo.

Pero a medida que las palabras avanzaban, se iban engordando con nuevos elementos, cada vez más osados, increíbles y fantásticos.

El peón se mostraba escéptico de la boca para afuera, pero por dentro le empezaba a burbujear algo que no era miedo, pero que iniciaba el camino
hacia algo muy parecido. —Hay tantas cosas que mejor ni pensar, Santiago.

Llevan cabezas humanas clavadas en las chuzas y hasta los brutos que montan parecen salidos del infierno.

Son tan hábiles empuñando el cuchillo, que son capaces de cortar en dos mitades el caballo del enemigo con un golpe tan rápido y limpio, que las
dos mitades siguen cabalgando sin darse cuenta.

El peón sintió que se le ponía la piel de gallina. — Y cómo les crecen las cranchas a esos salvajes, Santiago.

Se acuestan y en una sola noche les llegan hasta la cintura.

Andan siempre desnudos, porque cuando hacen sacrificios… —¿Y de esos que usté tiene en la casa?

Si ya andan con trapos encima… —Pero esos ya no son indios.

Ahora son cristianos. —Vaya usté de creer… —Al principio no les gustaba la ropa.

Y me costó varios sopapos para que se la dejaran puesta y no se la arrancaran.

Es que les gustaba andar con todo lo que cuelga al aire, las indias con las tetas, los indios con la verga bamboleando de acá para allá, todo el día, así no hay forma de evitar la calentura.

Don Eulabio había tenido la desgracia de ser elegido padrino de uno de los hijos de don Braulio, en una de sus tantas borracheras.

No se pudo negar, porque era sabido que las borracheras de don Braulio lo convertían en un atrabiliario, de sacar rápidamente el facón o de lanzar simplemente un cachetazo, según el grado de ofensa que le provocara un comentario, un gesto, una mirada.

Don Eulabio no se sentía ninguna obligación sentimental o social ni con su ahijado ni con su compadre.

Trataba de evitarlos todas las veces que podía, porque se habían ganado buena fama de pendencieros y buscapleitos.

Sin embargo, ese parentesco forzado no había sido tan malhadado para don Eulabio.

Le había habilitado una oportunidad inesperada: participar de las comilonas que todos los meses brindaba el coronel Sabio, personalidad respetada e influyente dentro de la Confederación, meticuloso en disponer quién merecía hablarle y aún más, a quién responderle.

Imponía la infalible obediencia y seducción que da el dinero.

Por esas conveniencias que a veces hay que permitirse en la vida, el coronel se había hecho íntimo de don Braulio, por vínculos comerciales y trámites necesarios no del todo santos.

Así, don Eulabio, con título de pariente de don Braulio, pudo empezar a codearse con la crema de la crema pampeana, siempre atento, como ventajero que era, a algún beneficio que pudiera reportarle ese roce de codos.

Alguna que otra migaja pudo conseguir, pero ya lo conocían —la pampa es mucha, pero los que la habitan pocos— y siempre se cuidaban de comentar cuestiones importantes delante de él. —Anoche, en el velorio que hizo el coronel, don Braulio cayó con sus crías, ese cuarteto de hijos que para mi desgracia, uno es mi ahijado.

Cuatro inservibles paridos por cuatro mujeres distintas, que ni se pueden ver entre ellas.

Pero lo que son las cosas: los cuatro hijos siempre andan juntos, como si hubieran mamado la misma teta, carne y uña son, siguiéndolo a don Braulio como pollitos atrás de la gallina. —¿Qué de cuenta ahora?

El peón Santiago, aunque retobado, era aficionado a las novedades, como todo habitante de la pampa, siempre acorralado por la monotonía. —Cayeron todos al velorio de la señorita María, siguiendo en fila a la gallina borracha, ¿se puede creer tan poca vergüenza?

Al menos por respeto del coronel y por el cuerpo todavía tibio de su hija, se hubiera aguantado las ganas de empinar la botella.

Don Braulio llegó tambaleante, y los cuatro infelices tratando de sostenerlo, haciéndolo caminar para que pudiera dar el pésame.

Y después, mientras le metían muela a la comilona que el coronel había montado al lado del comedor donde velaban a su hija, contaron lo de la señorita María y el capitán Brian. —¿De quién con quién? —La muerta, la señorita María, estaba casada con el capitán Brian, el que hizo gloria en los Andes. —Nunca me anduve nunca por allá. —Ahí me enteré que a la
señorita María la habían tomado cautiva estos salvajes de las tolderías.

Parece que fue unos días atrás.

El coronel Sabio se había ido de campaña, el capitán Brian andaba haciendo unas diligencias por Chivilcoy y ella se había quedado sola en la estancia.

Bueno, sola no, estaba con los empleados, las sirvientas, los capataces y quién sabe más.

Todo aquel al que le colgaba algo entre las piernas, quedó estaqueado por los indios en menos de lo que canta un gallo y a todo el mujeraje se lo llevaron para las tolderías, sin distinguir entre jóvenes o viejas.

Y atrás de ellas, apenas se enteró y emprendió el regreso de Chivilcoy, salió arrebatado el capitán Brian, apenas con una docena de soldados.

Una parte de la indiada siguió para las tolderías, pero otra les salió al cruce y ahí mismo, por lo que contó don Braulio, el capitán Brian hizo rodar la cabeza de Quitur y Callupán. —¿Quiénes? —Don indios famosos, con aspiraciones a cacique.

Pero los otros indios le dieron un chuzazo al caballo del capitán y mataron a los soldados, menos a uno, el Antonieto, que logró escapar.

El capitán, rodeado por los indios, parece que les daba batalla desde el piso. —¿Y cómo se lo fue enterando todo esto? —Porque lo contó el Antonieto, ahí en el velorio, todavía con una venda en la cabeza.

Pero no me apurés, así te cuento bien.

Cuando rodearon al capitán Brian, los indios le gritaban algo que nadie entendió, pero que al Antonieto se le grabó a fuego. —¿Y de qué le gritaban? —Gualinchú guancha cachí. —¿Qué cosa? —Tanto trato con los indios de la estancia hizo que se me pegaran varias palabras, que me sirven muchas veces para saber lo que estos salvajes hablan entre ellos, porque se creen que nadie les entiende y no se cuidan de gritarlas a boca de jarro, como si nada.

El Antonieto dijo que gualinchú guancha cachí significa guanaco en la rama dorada, pero no… —El que de repite palabras no cristianas se de va como tiro al infierno. —Estupideces.

Para los salvajes, gualinchú es guanaco, pero también es gualicho, demonio.

No es para el animal nomás, sino para todo bicho de otro mundo, que ha cruzado a este lado para meter miedo.

Y guancha es rama, sí, pero cuando los salvajes la usan al ver un soldado, es espada.

Esos salvajes creyeron que el capitán Brian era un demonio con espada.

Pero raro eso de dorada… para mí que el Antonieto escuchó mal y en vez de cachí los salvajes gritaban canchín, que es la palabra que usan para lo que rodea el cuerpo. —¿Lo mismo que ven esos que se juntan en las casas? —¿Quiénes? —Esos… los espirituantes… —¿Los espiritistas?

¿Los que se juntan en la casa del coronel? —Esos. —Le venden datos que después le sirven para hacer negocios. —¿Negocios? — Del otro lado parece que no hay secretos y todos se enteran de todo, ventilan información importante, secretos, cosas sensibles, que los espiritistas le venden al coronel y que sabe aprovecharlo muy bien.

Pero lo que ven los espiritistas no es lo que ven los salvajes… Pero canchín también es fantasma.

Yo creo que esos salvajes creían que la espada del capitán Brian los podía convertir en fantasmas, o sea, espíritus que caminan por la llanura sin descanso. — Usté es el que sabe. —O sea que guanaco en la rama dorada sería realmente demonio con espada que convierte en fantasma.

Pero ahora que lo pienso… gualinchú es muy parecido a gualinché.

Capaz que el Antonieto escuchó mal y los indios gritaban gualinché, que es agujero.

Y ahora que también lo pienso mejor, guancha cachí puede haber sonado muy parecido a guampa chatín… —¿Y de eso? —Los salvajes le dicen chatín a la serpiente, pero la que crece en la mitad del cuerpo del hombre. —… —Entonces sería algo así como tapar agujero con la serpiente… —¿Usté seguro que eso le de gritaban al capitán? —No sé, puede ser.

Estos salvajes hacen muchas cosas no cristianas.

El sol, que había empezado a salirles por la espalda, había dibujado en el suelo sombras agigantadas, que con el correr de las horas, se fueron achicando hasta volverse enanas y esconderse debajo de las patas de los caballos.

A los dos jinetes les empezó a arder la cabeza debajo de los sombreros.

Hasta que aparecieron algunas arboledas que parecían islas sobre la llanura chata como una laguna.

Apuraron el trote hasta apearse debajo de unos árboles raquíticos que a duras penas daban algo de sombra y se acomodaron entre algunos raigones.

Fue el peón el que rompió el silencio. —¿Y entonces?

¿Qué de pasó cuando lo rodearon al capitán Brian?

Fue como si don Eulabio se despertara del sopor y volviera a ser él mismo.

Tragó una saliva espesa que se le había acumulado en la boca, se aclaró la garganta y se metió de nuevo en ese arroyo fresco y cristalino de la conversación que inexplicablemente había abandonado. —El Antonieto, antes de escaparse por atrás de un monte, pudo ver que los indios lo tiraron de un golpe de bolazo y se lo llevaron para las tolderías haciendo esos horribles alaridos que hacen cuando se golpean la boca con la mano.

Ahí en la toldería es que lo encontró la señorita María, tirado en el piso, atado de pies y manos en forma de cruz. —¿Y quién de contó eso?
—Ya te dije, el Antonieto, en el velorio. —¿Y cómo de sabía el Antonieto lo de la señorita María, si él no de estaba con la señorita María? —Se lo contó la señorita María a los soldados que la rescataron, los soldados se lo contaron al Antonieto, que también es un soldado, por si te olvidaste, y el Antonieto lo contó en el velorio.

¿Puedo seguir o tenés alguna otra duda para interrumpirme? —Que todavía ni sé a qué hemos de venir para este lado de la pampa. —¿Puedo seguir? —Usté es el que sabe. —Como decía, la señorita María lo encontró estaqueado, malherido.

Era de noche, los indios estaban desparramados, todos borrachos y dormidos, porque ya se sabe que después del arreo de cautivas, viene el festín para esos salvajes.

Y cuando hablo de festín, no me refiero solo a probar la carne del carnero o del guanaco, sino también a probar la carne de mujeres. —¿La carne de la señorita también? —Antes de morirse dijo que no la había tocado ningún… —¿La mataron los indios? —¿Vos sos o te hacés?

Ya dije que la rescataron los soldados.

Me hacés contar todo mezclado, no se entiende nada. —¿Y entonces porqué se de murió? —Sofrená el apuro, que todavía tenemos un trecho largo antes de llegar al lugar donde vamos. —Usté es el que sabe, pero no cuenta de adónde vamos. —Como decía, antes de morirse, la señorita María dijo que a ella no la había tocado ningún indio. —Vaya usté de creer…
—Ahí coincido, porque dicen que el salvaje es calenturiento y como siempre anda ganoso, no distingue entre mujer, hombre o animal.

Capaz que la señorita María se apuró a decirlo para que le dieran sepultura cristiana, porque no creo que nadie le haya preguntado. —Usté es el que sabe. —Pero bueno, aprovechando que los indios estaban borrachos y dormidos, la señorita María cortó las cuerdas que lo sujetaban y liberó al capitán Brian, y se escaparon con la oscuridad de la noche y la niebla a su favor, y enfilaron para el campo anchuroso.

Cuando empezó a alumbrar el sol, se ocultaron en un pajonal.

Y acá comienzan a aparecer datos importantes, que son los que nos interesan.

Shh!

Prestá atención.

Son cosas que dijo el Antonieto: primero, que al pajonal lo atraviesa un arroyo, porque la señorita María contó que en un arroyo le lavó las heridas al capitán.

Y segundo, parece que con esta calor y esta sequía, se levantó un incendio en el campo que llegó hasta el pajonal, por el lado donde justamente estaban el capitán y ella.

La señorita María logró cruzar el arroyo con el capitán a cuestas y salvarse de las llamas, que no pudieron seguir avanzando a causa del arroyo.

O sea: hay que buscar un pajonal cruzado por un arroyo, que de un lado tiene las pajas quemadas y del otro lado no. —¿Buscar de qué cosa y por dónde?

Mire es que la pampa es grande… —Tiene que ser cerca de las tolderías de Quitur y Callupán.

De ahí se escaparon.

No pueden haber ido muy lejos hasta ocultarse en el pajonal con la salida del sol. —¿De qué cosa?

¿Vamos a acercarnos a las tolderías? —Y sí… hay que ir hasta ese pajonal.

Antes hay otro dato importante: un tigre. —¡Un tigre! —Cuando estaban en el pajonal se les apareció un tigre y la señorita María lo mató echando mano al puñal. —Vaya usté de creer… —¿Qué cosa? —¡Una mujer de matando a un tigre con un puñal!

Además es bicherío de andar de a juntas.

Si se le fue apareciendo uno, seguro que se le fue apareciendo otro. —Y capaz que apareció y también le echó puñal. —¡Una mujer de matando dos tigres a mano de puñal!

¡Vaya usté de creer! —No sé, capaz que apareció después, no importa… lo que importa es que nosotros tenemos que encontrar un pajonal, atravesado por un arroyo, con los pastos quemados de un lado y con un tigre muerto.

—Usté es el que sabe.

Pero yo me devuelvo.

Ni para loco que sigo andando a las tolderías. —Vos seguís conmigo, que sos el que se orienta en este desierto.

No hay peligro ahora: al mismo tiempo que la señorita María y el capitán Brian se escapaban de la toldería, llegó una orden al intendente de Chivilcoy para que preparara un contingente de cincuenta hombres del partido, sabiendo ahora que también el capitán Brian estaba cautivo.

Se les unió el mismo coronel Sabio, devuelto de urgencia de la campaña y salieron todos juntos en persecución, con unos doscientos soldados.

Se sabía que en su retirada con la hacienda robada, los indios habían dividido fuerzas en dos grupos que habían tomado diferentes direcciones.

Un grupo había seguido rumbo al norte, cerca de Chacabuco, para seguir de maloneada.

El otro grupo se había devuelto a las tolderías, al oeste de la frontera, con todo el rejunte de cautivos y animales.

Fue a este segundo grupo al que la tropa cristiana los sorprendió durmiendo la borrachera y les pasó cuchillo y espada sin distinguir entre hombre, mujer o niño. —Mire usté de lo que son las cosas: si la señorita María no se de hubiera escapado de la toldería, ahora ella y el de capitán estarían vivos. —Y sí, tenés razón. —¿Y cómo llegó el capitán a muerto? —Se terminó muriendo ahí nomás en el pajonal, a causa de las heridas, y ella siguió deambulando por la llanura unos cuántos días más, con el ánimo de volver al lugar de su querencia.

Su padre se había quedado en la toldería para sorprender el regreso del segundo grupo de salvajes, pensando que quizás la señorita María estuviera con ellos, pero cuando la indiada regresó y quedó toda muerta en menos de una hora, el coronel cayó en la cuenta, con profundo abatimiento, que había perdido a su hija.

Pero la encontró cuando se devolvía a la estancia, perdida en la llanura, moribunda.

Se murió en brazos de su padre, sin poder cruzar unas pocas palabras con el coronel, sin poder llegar a la estancia y morir en suelo santo. —Si no se hubiera de ido de la toldería… —Ahora viene otra cosa importante.

Esto es lo que escuché anoche en el velorio: el coronel, mientras organizaba el velorio, había hecho contacto con su hija a través de los espiritistas, para poder recibir las palabras finales que la pobrecita no había podido decir.

Y ahí mismo el coronel le ordenó a don Braulio que saliera al otro día para la llanura y que también fuera con los hijos, porque más ojos encuentran mejor. —¿Encontrar qué cosa? —Hay que encontrar el cuerpo del capitán Brian y llevárselo al coronel. —¿Para qué? —Para llevárselo… —… — El espíritu de la señorita le había dicho al coronel que el capitán Brian había muerto en un pajonal.

Y para que la pareja descansara en paz, quería que enterraran al capitán al lado de ella. —… —… —Usté es el que sabe. —Si encontramos el cuerpo del capitán antes que don Braulio, nos ganamos el favor del coronel. —¿Nos ganamos? —Me lo gano yo y te lo ganás vos indirectamente… —Ellos andan de mejores caballos que nosotros. —Y sí… por eso no hay que perder
tiempo.

Pero vos sabés más que ninguno cómo encontrar en este desierto.

Hay que llegar rápido al pajonal.

Montaron de nuevo a los caballos y abandonaron al galope la sombra precaria de los árboles, para seguir internándose en la pampa monótona y desmañada.

Con el sol ardiente de la siesta, la llanura se llenó de charcas distantes, que se iban evaporando a medida que los jinetes se acercaban.

Tales espejismos eran un elemento más del infalible mecanismo de monotonía de la llanura.

Brotaban del suelo como manantiales de luz, para luego desaparecer.

Poco a poco empezaron a proliferar los pajonales, como islas perdidas en un mar reseco.

La mayoría eran muy pequeños y no se adaptaban a lo que buscaban.

Los menos eran más extensos, pero ninguno estaba atravesado por un arroyo, con la mitad de los pastos quemados.

Siguieron por unos declives que ondulaban suavemente la pampa hasta divisar un otero, con unos paredones que abruptamente sobresalían por el lado izquierdo.

Los escalaron por unos caminos laterales formados por el drenaje del agua de lluvia y desde arriba se les apareció visiblemente un manchón negruzco de la llanura alcanzada por el incendio.

El manchón se interrumpía en una línea zigzagueante: el contorno del arroyo.

Y del otro lado de la línea, el verde amarronado del pajonal que buscaban.

En el cielo inmutable que los había acompañado hasta ahora, un círculo de caranchos revoloteaban por encima del pajonal.

Llegar al pajonal les llevó más de una hora.

Por fin, cuando llegaron, constataron algo que no habían notado a la distancia: las pajuras crecían casi hasta la cintura de un hombre, bamboleándose apenas por la brisa breve.

El arroyo, lento y superficial, era en parte cenagoso y en parte de agua corriente.

Vieron que un sector del pajonal estaba medio aplastado y hacia allí se dirigieron.

A lo lejos, con la cabeza apenas visible, un tigre pardo, recostado con el cuerpo oculto en unas pajas sobre los meandros sombríos del arroyo, se saboreaba el hocico aún manchado de sangre.

La fiera, inclemente, les clavó la mirada por un instante, les mostró los colmillos con gesto amodorrado y luego se desentendió.

Siguió lamiéndose el hocico y después las garras, también manchadas de sangre, ignorando a los dos jinetes, hasta incorporarse y salir caminando lentamente en dirección contraria.

Los jinetes se desarzonaron con cautela, atentos a cualquier movimiento del animal.

Pero el tigre terminó perdiéndose entre una arboleda a unas tres leguas y no lo vieron más.

Con pasos cortos y sigilosos, se fueron acercando y encontraron entre los pastos los restos de un cuerpo destrozado, que mostraba algunas partes todavía envueltas en una manta tejida de juncos, usada seguramente para darle sepultura.

Pero no había servido mucho para contener a la fiera: la manta de juncos estaba tan destrozada como el cuerpo.

Le había arrancado del tronco los miembros inferiores y se veían entre las pajas las dos piernas mordisqueadas, y entre los jirones de tela del uniforme, sobresalían los huesos mondos secándose al sol.

Tampoco tenía uno de los brazos y del tronco quedaba apenas un mazacote de sangre y pellejo.

El espectáculo era ominoso.

De milagro se había salvado la cabeza.

Aunque salpicados de sangre, reconocieron el bigote erizado y la barba rubia del capitán Brian. —Ya no es el que buscamos.

Don Eulabio cayó de rodillas abatido.

Nunca había asomado en sus pensamientos la más remota posibilidad de encontrar el cuerpo desmembrado, mutilado y carcomido.

Jamás.

Se quedó observando el cielo con una mirada abierta.

El peón, al ver que su patrón había quedado en ese estado de atontado, fue hasta el arroyo para abrevar los caballos.

Desde ahí lo llamó para que se acercara.

Don Eulabio se incorporó y lo obedeció mecánicamente.

Quizás refrescarse un poco la cabeza lo ayudaría a recuperar el ánimo.

Los caballos bebían en un vado, con el agua casi rozándoles la cincha.

El peón se había sacado las botas y se bañaba en un pozón natural del arroyo.

El patrón lo imitó.

De pronto escucharon el griterío de los yajás y se levantó una ventolera del sudoeste, que cubrió de polvo todo el pajonal.

El pampero se manifestaba de improvisto.

El cielo, hasta hace rato celeste, empezó a cubrirse con una extraña oscuridad.

Como una montaña repentina alzándose, vieron la tormenta aparecer por detrás de la línea del horizonte.

El pampero despeinó con violencia arremolinada los yuyos del pastizal.

Y trajo unos sonidos, que se volvieron audibles por venir montados sobre las ráfagas.

Un instante nada más y después silencio.

Los jinetes se quedaron paralizados: el viento les había traído el aullido de los indios.

Don Eulabio pudo ver la cara de terror de su peón.

Todavía metidos en el arroyo, reaccionó rápidamente, saliendo de su embotamiento mental y lo agarró del brazo, y lo tironeó hasta la orilla, donde los pastos eran más altos y cubrían los caballos.

Después lo obligó a sumergirse hasta el cuello, sosteniendo con firmeza las riendas de los caballos para que no se movieran.

Aunque el sonido aturdidor de la ventolera y el polvo también ayudaban a ocultarlos, Don Eulabio temía que algún bufido de los animales los delatara.

Escucharon el trote del malón y vieron a los lejos una hilera de indios que se acercaba al pajonal.

En ese instante la ventolera hizo un torbellino, se enredó de nuevo entre los pastos y cambió de dirección, aventando ahora más polvo y algunos cardos, pero del este, y también unas voces cristianas montadas sobre las ráfagas, cortadas por algunas risotadas: don Braulio y sus hijos.

Espiando desde el pajonal, a pocos metros del malón, los dos jinetes vieron que los indios se detenían y se miraban entre ellos, atentos a las voces que también les llegaban.

Tenían la piel oscura y eran muy flacos.

Los pelos eran iguales a los pastos quemados del pajonal.

Estaban casi desnudos, apenas se les veía un trapo que les cubría la cintura.

Parecían indios profanos, de alguna tribu guacha, que volvían de bolear ñandúes.

Rápidamente identificaron la dirección de dónde venían las voces y las risotadas de don Braulio y sus hijos.

Desataron los ñandúes de los brutos y los dejaron tirados, para salir cabalgando de pie sobre el lomo de las bestias, oteando el horizonte por encima de la ventolera, sabiendo que el viento y el terregal los hacían invisibles.

Aprovechando el cambio de rumbo del malón, don Eulabio le hizo señas a su peón para que salieran del arroyo y enfilaran a refugiarse en unas barracas lejos del vado, pero vio que estaba con los ojos cerrados, temblequeando, todavía sumergido en el arroyo hasta el cuello.

Lo levantó de los pelos, lo cacheteó para que reaccionara y lo arrastró hasta las barrancas.

Al instante se escucharon a los lejos los terribles alaridos de los indios, seguidos de una gritadera, puteadas, disparos y relinchos.

No fueron más de diez minutos.

Después silencio.

Y de nuevo los terribles alaridos de los indios, pero acercándose de nuevo al pajonal.

Ocultos desde las barrancas, el patrón Eulabio y su peón se mantuvieron quietos, sin moverse.

Vieron que los salvajes —mantenían más o menos el mismo número, lo que evidenciaba que casi no habían sufrido bajas en el enfrentamiento— se bajaban de los brutos y los llevaban hasta el arroyo, hablando a los gritos entre ellos y lanzando terribles risotadas, todavía excitados por la matanza.

De pronto se detuvieron: habían visto las huellas frescas que don Eulabio y su peón habían dejado en el pajonal.

Cesaron los gritos y en silencio empezaron a otear el horizonte, en dirección a las barrancas.

Pero les duró poco la atención, porque de nuevo llegó otra ráfaga de ventolera y la oscuridad se iluminó con el chispeo de relámpagos intermitentes.

Antes de que los alcanzara la tormenta, fueron hasta donde habían dejado tirados los ñandúes y con un corte apurado de faca les abrieron el buche.

No les interesaba aprovechar la carne, sino descubrir qué se habían tragado.

El ñandú era conocido por acercarse a los ranchos cristianos, asomarse por las ventanas y tragarse pequeñas cosas que los salvajes anhelaban como joyas divinas.

Dieron gritos de regocijo cuando encontraron una tijera, varias cucharas, un dedal, horquillas, monedas de cobre y una adornada cajita de lata, tan diminuta que cabía en una mano.

Un trueno quebró el silencio y la línea de la tormenta avanzó como una cortina de lluvia hacia el pajonal.

Los salvajes agarraron a las apuradas las cucharas, las horquillas y las monedas, dejando todo el resto tirado en el piso en medio de un charco de sangre, montaron los brutos y desaparecieron en dirección contraria a las barrancas, rumbo a las tolderías.

Don Eulabio y su peón se quedaron en las barrancas esperando que llegara la tormenta, su imprevista salvadora.

La cortina de lluvia, plana y elevada, pasó con velocidad regando prolijamente la pampa.

El caprichoso pampero, así como había llegado, se alejó siguiendo a la lluvia, arrastrando a las nubes de tormenta.

La oscuridad se fue atenuando, dejando un suave resplandor del atardecer y el canto metálico de las chicharras llenando el renovado silencio.

Recién se animaron a moverse cuando la horda pasó de ser un manchón borroso a un punto que se deshizo en el horizonte.

El aire había quedado cargado con humedad y estática.

El peón Santiago fue saliendo del aturdimiento, y poco a poco recuperó el color de la cara y la autonomía de palabra.

Don Eulabio, al verlo volver en sí tan rápido, temió una fuga a las casas cristianas más cercanas para protegerse, dejándolo desamparado en esas soledades cuyo tránsito no dominaba.

Le ató el caballo a su propio caballo y lo amenazó: si escapaba, que se olvidara de seguir viviendo en su rancho y de su protección.

Y antes de ponerse a pensar cómo volver, que lo ayudara a salir de este brete para no perder la recompensa, que al final tantas complicaciones no justificaban volver con las manos vacías. —¿Recompensa?

El peón había preguntado con los ojos redondos de asombro.

Hasta parecía despabilado de pronto.

Don Eulabio entendió que se había ido de boca.

Torció la boca en un gesto de irritación. —Ya te dije, para qué me hacés repetir todo. —Usté no habló de eso. —Sí te dije, pero no me escuchaste. —No, no dijo… Aventó mentalmente algunas excusas, pero finalmente desistió, lanzando un resoplido.

El cuerpo destrozado del capitán había terminado súbitamente con su plan.

No tenía sentido prolongar el secreto.

De todas formas, mantuvo el tono dubitativo, para disponer de alguna salida más o menos elegante. —¿No te dije?

Con tantas interrupciones, no sé qué conté o no conté… —… —En fin, no sé, pero ya que decís, te lo vuelvo a contar: en el velorio, el coronel le dijo a don Braulio que si le traía el cuerpo del capitán, le iba a pagar una recompensa. —¿Cuánto? —No dijo, o no lo escuché.

Pero tratándose del coronel, debería disponerse como muy generoso, más tratándose de un asunto relacionado con su hija, por quién siempre tuvo absoluta debilidad. —¿Usté cree? —A esta altura, ya no creo más nada.

Con el cuerpo así como está, no hay posibilidad de ninguna recompensa.

Enfilaron de nuevo para el pajonal.

El cuerpo del capitán Brian también había sido lavado por la cortina de agua y presentaba un aspecto muy distinto: la piel limpia sin rastros de sangre, el bigote y la barba parecían haber recobrado su brillo dorado, los jirones de piel y músculo suavizados con un impecable rosa pálido.

Más allá estaban los ñandúes con el buche abierto.

El peón levantó del piso lo que habían dejado los indios: la tijera, el dedal y la cajita de metal.

Abrió la cajita y vio que contenía una aguja curva y un ovillo de hilo de sutura.

Guardó todo en un bolsillo de su chaqueta.

Después volvió al lado de don Eulabio, que miraba como hipnotizado el cuerpo del capitán Brian. —¿Y qué va de hacer? —Nada, no se puede hacer nada.

Dejalo ahí donde está, para que se lo terminen de comer los caranchos.

No podemos llevarle al coronel Sabio un cuerpo al que le faltan partes para ser cuerpo. —Usté es el que sabe.

Emprendieron el regreso, pasando por donde habían escuchado el ataque de la horda profana.

En el reflejo pálido de la luna vieron los cuerpos lanceados de don Braulio y sus hijos junto a sus caballos, y luego desjarretados, como si los salvajes hubiesen necesitado un divertimento adicional.

Por aquí y por allá, brazos, piernas, cabezas, manos, separados a golpe de hacha o arrancados a tirones, como trofeos que los salvajes se hubiesen disputado.

No había rastros de sangre: los cuerpos, como el aire, habían sido lavados por la cortina de agua y aún resplandecían por el reflejo de la luna sobre las mojaduras.

De imprevisto, un rayo de luna reveló los ojos brillantes del peón.

El viaje, que había estado signado por un absoluto sinsentido, de golpe tomó consistencia.

Las cosas se le aclararon.

Se le vino a la cabeza una idea tan eficaz, que todo le pareció extremadamente fácil y sin consecuencias, y ya no pudo pensar en otra cosa.

Era la idea.

Lo que tenía que hacer —una serie de acciones que comenzaba con muchos cuerpos y que terminaba en uno solo— se le apareció muy clara, natural, hasta previsible.

Echó pie a tierra y dio unas vueltas alrededor de los cuerpos.

El pragmatismo se le acentuó mientras pensaba.

La vida, pensó, tenía sus injusticias —poco para muchos, mucho para pocos—, pero también sus regalos: cuando los ofrecía, había que tomarlos.

Quizás ese era al final el sentido del viaje: descubrir que la fortuna, esquiva durante toda su vida, por fin existía y que la tenía ahí, entre todos esos cuerpos descuartizados. —¿Y usté cómo piensa de la repartija? —¿Qué repartija? —Usté es el que sabe… Don Eulabio entendió.
—Setenta-treinta —dijo, tratando que la voz sonara firme.

—Cincuenta-cincuenta.

Don Eulabio resopló.

Hizo un último intento. — Sesenta-cuarenta. —Cincuenta-cincuenta.

No tenía escapatoria.

Resoplando nuevamente, dijo con desgano: —Hecho.

El peón se fue al galope hasta el pajonal.

Volvió con el cuerpo del capitán Brian envuelto en un poncho.

Don Eulabio lo observaba en silencio.

El peón fue observando los miembros desmembrados de don Braulio y sus hijos, tomando un brazo de acá, una pierna de allá.

Tendió sobre el piso el cuerpo incompleto del capitán Brian y fue midiendo cada brazo, cada pierna, para que quedaran proporcionales.

En dos o tres movimientos logró armar el cuerpo.

Después sacó del bolsillo la tijera, el dedal y la cajita metálica con la aguja curva y el hilo de sutura.

Con paciencia y extrema delicadeza fue emprolijando con la tijera jirones de piel o tendones sueltos.

Se calzó el dedal, enhebró la aguja curva y fue uniendo las extremidades con puntadas firmes y minúsculas.

Un zurcido invisible que recomponía músculos y terminaciones de la piel.

Le quedaba resolver todo el triperío carcomido del capitán.

Vio a un caballo con todo el buche abierto.

Juntó algunos metros de tripa y los fue acomodando, hasta armar el contorno del cuerpo del capitán.

Después envolvió todo con jirones de tela que le fue preparando don Eulabio.

Desvistió a uno de los hijos de don Braulio y terminó de vestir al capitán Brian.

El cuerpo ahora estaba completo, sin ninguna evidencia del ensamblaje debajo de la ropa.

¿Quién se atrevería a decir algo, cuando desvistieran el cadáver y lo prepararan para darle sepultura, si el rostro del muerto era sin duda el del capitán?

Una salvajada más de los indios, entre tantas para escandalizarse.

Cargaron el cuerpo y lo sujetaron panza abajo a la montura para que no se moviera.

El peón se fijó en una estrella posada sobre el horizonte: le serviría para mantener la línea de regreso a la estancia.

Le dio espuela al caballo, sabiendo que no había peligro en galopar de noche: los caballos nunca pisan los agujeros de las picheras.

Biografía

Fabricio Capelli nació en San Rafael, Mendoza, en 1972. Actualmente reside en Campana, Buenos Aires. Publicó La Belleza del Mal (poemas y cuentos cortos), Los perros mecánicos (poemas), Manifiesto de la Neovendimia (en colaboración), Cuentos Artificiales (cuentos) y El múltiple Tubalcaín (cuentos, 1° premio del FNA). Su novela Negrura (inédita) fue finalista del Premio Clarín de Novela 2025. En 2026 ganó el 1° premio de cuento Hebe Uhart.
Podés compartir esta nota en:
Los que leyeron este relato, opinaron...

No hay ninguna opinión todavía. ¡Escribe una!