Vamos callados en el auto. Apenas cruzamos indicaciones. No conversamos, transmitimos oraciones. Hace días es imposible comunicarse con Marido. Desde el asado del domingo.
Hijo Menor grita preso en la sillita, Hijo del Medio le hace morisquetas que lo asustan, Hijo Mayor se queja. “Están insoportables”, dice Marido. Tiene razón. No pararon desde que subieron al auto. La sensación de aventura que tienen no condice con lo que estamos viviendo. La falta de explicaciones los pone peor. Salimos a la ruta sin decirles a dónde vamos. Yo tampoco sé a dónde vamos pero sí sé para qué vamos.
Marido intenta tirarles una mirada severa a través del espejo retrovisor, pierde fuerza a medio camino. Por el rabillo del ojo alcanzo a ver que apenas frunce el ceño como si no lograra entender la energía de hijos. Para los chicos la ruta es aventura, vacaciones, escapada. Marido se olvidó de lo que se siente. Ellos cazan la debilidad de Marido al vuelo. Siempre igual. Tantean los límites todo el tiempo. Un poquito más, un poquito más.
Hijo Menor pasa de lloriquear a llorar a grito pelado. Me doy vuelta para ver qué pasó. Veo que Hijo Mayor tiene su sonajero.
—¿A vos te parece sacarle el juguete a tu hermano? Tremendo…—no termino la frase.
Marido reacciona a destiempo. Reacciona mal.
—Pendejos de mierda, no pueden parar un segundo. Están rompiendo las bolas desde que salimos. ¡Los bajaría acá mismo en el medio de la ruta!
Hijo del Medio abre grandes los ojos. Hijo Mayor está puchereando. Hijo Menor nunca dejó de llorar, corcovea queriendo desatarse de la sillita.
Después de semejante espectáculo de Marido no siendo Marido, baja la velocidad. Pone balizas y se detiene en la banquina. Se agarra la cabeza y le pega con los puños al volante. Saca los ojos de la ruta y me mira con terror.
Se pasó, sí. Pero yo sé de la carga de Marido. Recuerdo el asado del domingo en lo de Suegra. La quimio la volvió verborrágica. La sinceridad de quien ve que se le acerca el final. Esa sinceridad que no ayuda a nadie. Solo al moribundo a retirarse liviano de este plano. Suegra egoísta.
Entonces yo, Esposa comprensiva, me bajo del auto y demoro unos segundos parada frente a la puerta de atrás. Los tres hijos me miran atentos. Marido todavía con la cabeza apoyada en el volante.
Abro la puerta y le ladro a Hijo Mayor que es con el que estoy más harta:
—Bajá.
—Solo quería ver si tenía pila —esboza a modo de excusa. Hijo Mayor ya conoce el recurso de la mentira y la utiliza con total descaro. Con el tiempo se volverá habilidoso, como Suegra, hoy el recurso le juega en contra.
—Bajá, te dije.
Se saca el cinturón mientras se le escurren los lagrimones.
—No quiero quedarme acá.
Hijo Mayor cree que lo estamos dejando en la ruta. Hijo Mayor nos cree capaces de dejarlo en la ruta. Cree que lo llevamos a perder como a un perro mordedor. Lo termino de sacar de un tirón. No le aclaro. No lo tranquilizo. No le digo: “No, hijo, tranquilo, no te vamos a dejar en la ruta porque te portás como el orto. Porque no sabes percibir que el aire se corta con tijera y tirás y tirás de la cuerda”. Lo dejo con su desesperación mientras cruzo medio cuerpo en el asiento para desatar a Hijo Menor que se vomitó de tanto llorar. Hijo Mayor debe pensar que los dejo a todos.
Antes de bajarlo acorralo con la mirada a Hijo del Medio. Está calladito esperando conocer su suerte. Con el índice y el pulgar como si fueran pinzas le agarro los cachetes y se los aprieto hasta incrustarle las uñas. Esos cachetes mullidos que tiene.
—¿Te querés bajar vos también? —lo amenazo.
Murmura algo.
—¿Cómo?
—No —responde con dificultad porque todavía le estoy apretando los cachetes.
—Ah, menos mal.
Marido en algún momento salió del auto. Fuma al costado de un matorral de colas de zorro. El sol se filtra por los plumeros y le da al costado de la cara. Una imagen hermosa. Agarraría el celular para sacarnos una foto todos juntos si no fuera porque Marido está consumido por la angustia y la ansiedad hace días.
Terapia, ni hablar. “Terapia es para nenes y cosa de putos”. Y él ya no es un nene y no es puto. Tal vez si Suegra hubiera contado con el valor de tener esa charla cuando era nene. Pero no. Ahí anda Marido entonces. Pasándose con los hijos, llenándose de culpas. Porque yo sé que Marido es bueno. Marido es bueno pero no se deja ayudar.
Acuno a Hijo Menor, que manotea la teta por arriba de mi ropa. Levanto el pullover y la remera, estiro el corpiño hacia abajo y lo acomodo. La boquita desesperada buscando el pezón que está grande como una aceituna, curtido y rosado, el pobre. Relojeo el auto. Hijo del Medio aterrado adentro. Hijo Mayor parado al lado de la puerta, esperando instrucciones.
Cuando me doy cuenta, el pullover y la remera se me zafaron de la mano, le están tapando la cara a Hijo Menor que en la desesperación chupa un poquito de pezón, lana y algodón. Me van a dejar seca estos gurises.
Veo que Marido tira la colilla al pasto. Así se desatan los incendios, pienso mientras lo veo. El fuego lo carga en el pecho.
—Vamos yendo y le sigo dando la teta adentro —le digo.
A la mierda la sillita. Que Hijo Menor vaya upa.
—Adentro —le digo a Hijo Mayor.
Entra rápido cosa de que no nos arrepintamos.
—Cinturón —ladra Marido.
Toda la semana fue así. Monosílabos. Faltó dos días al trabajo y un día se volvió en la mitad de la jornada. Todavía no sé qué pasó y no pienso preguntar.
Los kilómetros que siguen los hacemos en silencio.
—¿Querés que volvamos otro día? —propongo.
—No, no.
El celular de Marido apoyado en el posavasos del medio no para de vibrar. Es Suegra arrepentida. Hay verdades que, a destiempo, mejor no decirlas.
Hijo del Medio e Hijo Mayor quedaron mansitos. Miran los chajás que hacen nido en las lagunas que se formaron al costado de la ruta. Cada tanto escucho que alguno comenta cuando ve una garza. Hijo Menor, satisfecho suelta el pezón del que caen unas gotas blancuzcas. Los ojos se le cierran. Acomodo ese saco blando y largo que es mi teta dentro del corpiño de hierro.
—No debería haberles dicho eso —intenta disculparse Marido. Queda a mitad de camino. Le pongo la mano libre en la pierna a modo de respuesta. Es una forma de decir: “No en frente de los chicos. Está todo bien. Tranquilo”.
Sobre el costado de la ruta se divisa una granja de pollos.
—¿Es esa? —pregunto.
—No, no.
Se ve que tiene bien claro dónde ir por más que todos en el auto sentimos que estamos a la deriva.
Unos kilómetros más adelante, asoma un cartel muy grande con un pollo sonriente. Cuerpo blanco y copete rojo. Un ala formando una suerte de pulgar para arriba y el nombre en letras negras: Granja El Ceibo.
Marido aminora la marcha. Pone balizas y hace menos de un kilómetro por la banquina hasta quedar cerca de la entrada. Hay una edificación que parece ser una oficina medio oculta por una fila de eucaliptus. De fondo, se ven cinco galpones repletos de pollos. No los veo pero se siente el murmullo permanente de las gallinas comiendo y piando.
Marido parece que va a decir algo aunque no dice nada. Baja. Acomodo a Hijo Menor en la sillita y lo sigo. Un fuerte olor a guano nos golpea la cara. Me revuelve las tripas. Voy hasta el capot del auto y me apoyo. Le doy tiempo a Marido para que se arrepienta. No es buena idea esto. Lo supe desde que salimos. Moscardones verdes revolotean por todos lados. Zumban y nos chocan con sus cuerpos pesados. Son misiles tornasolados que espanto con asco.
—¿Y si volvemos? Podemos dejarle los chicos a mamá y salir a comer —le tiro. Manotazo de ahogado que Marido rechaza negando con la cabeza. La vista puesta en los yuyos largos que se mecen con el viento.
Se incorpora con una lentitud sobrenatural. Dijo que no pero yo sé que, en el fondo, Marido duda.
—¿Te acompaño? —propongo en vano.
—Esperame en el auto, mejor —contesta con el tono desinflado.
Me vuelvo al auto. Hijo Mayor e Hijo del Medio burbujean de la intriga. Hijo Menor duerme medio tumbado. Veo a Marido atravesar los pastizales, levanta la cadena que sujeta la tranquera para poder entrar y se dirige con paso firme a la recepción. Los eucaliptus de la entrada me tapan el resto del recorrido. Dan intimidad. Yo no confío. Me doy vuelta y les tiro medio cuerpo sobre el asiento a los hijos.
—Se van a quedar quietitos un rato. No se bajan por nada del mundo. Ni se les ocurra despertarlo —digo señalando a Hijo Menor—. ¿Entendieron?
Asienten un montón de veces. No entienden qué pasa pero saben que es importante. Bajo con cuidado de no hacer ruido. Al pedo porque el viento, el murmullo de los pollos y los moscardones tapan todos los sonidos. Corro hacia el alambrado para evitar ser vista desde la tranquera. Me ubico detrás de los eucaliptus que me tapaban la visión. Me agacho cuando veo a Marido parado. Habla con un empleado de la granja. Tiene un overol azul y botas de goma negras. En el pecho y en la espalda bordado el pollo sonriente que levanta el pulgar. Ese no es. Demasiado joven. Charlan algo. Gestos amables hasta que se mete en la oficina.
Marido solito. Solísimo esperando. Se seca las manos frenéticamente en el pantalón. Está sudando como loco a pesar del frío.
Por la puerta que entró el hombre de overol, sale Señor grande. No tiene ropa de trabajo. Camisa, sweater escote en V y pantalón de gabardina. Los lentes colgando del cuello. Camina hacia Marido con desconfianza.
Marido habla y en cada palabra se derrite. Cambia el peso de una pierna a la otra, busca palabras que no alcanzo a escuchar pero imagino. Señor se lo queda mirando. Se saca los lentes del cuello de la camisa y se los pone. Inspecciona a Marido con detenimiento. Marido se achica más y más. Señor dice algo moviendo los brazos. No lo conozco, igual sé que no está siendo amable. Marido saca pecho. Busca valor. Señor se da vuelta y lo deja pagando. Desaparece por la puerta.
Marido va y viene en el lugar levantando tierra con sus pasos nerviosos. Señor sale de nuevo. Marido se sorprende. El Señor trae una escopeta bajo el brazo. Marido alza las dos manos como cubriéndose. Veo a dos empleados de overol azul espiando al costado de uno de los galpones.
Señor levanta el rifle y le dice algo a Marido que se retira dando pasos hacia atrás. Se tropieza con algo y cae de culo en la tierra. Señor nunca deja de apuntarlo. Apunta sin mirar. Como advertencia. No le va a tirar. Yo desde acá lo sé, no estoy segura de que Marido lo sepa.
Marido se levanta y va hacia la tranquera con pasos muy largos. Salgo rápido de mi escondite. Corro hasta el auto. Me meto agitada, me pongo el cinturón de seguridad y espero como si nada. Veo a Marido turbado viniendo al auto. Sacudiéndose la tierra del pantalón, se mete.
—¿Y? —pregunto como para disimular.
—Nada, no estaba.
—Volvemos otro día, no te preocupes —digo.
—Sí, sí después vemos.
Por las dudas, tiro una mirada de severidad hacia los hijos que conocen de mi mentira. Las moscas se estrellan contra los vidrios del auto. Marido quiere encenderlo, está nervioso y le cuesta. Da una vuelta en U para retomar camino con lo que le queda de dignidad.
Los primeros kilómetros conservamos un silencio incómodo. Solo se escucha el traqueteo de la chapa y los plásticos del auto. El auto huele a decepción y a desconcierto con un toque de acidez por el vómito seco de Hijo Menor.
Hijo Mayor e Hijo del Medio nos van perdiendo el miedo. Ya no sienten el riesgo de que los podamos dejar en la ruta. Les pesa más el fastidio de no haber ido a ningún lado. Se ponen inquietos. Empiezan con los juegos torpes. Se desabrochan los cinturones. Me hago la que no los escucho porque estoy agotada como para repartir amenazas y retos. Relojeo a Marido que está blanco. Nos comemos dos pozos feos que me electrizan la columna.
—¿Querés que maneje un rato yo?
—No —contesta testarudo. No larga el volante ni aunque se esté muriendo.
Veo el equipo de mate a mis pies. Estoy inquieta como hijos. Debería haberle dicho de entrada que vi todo. Me pesa la mentira que atesoro hace apenas una hora.
—¿Preparo mate? —propongo en un tono ridículo como si los estuviera invitando a todos al parque de diversiones.
—Dale —murmura Marido.
Pongo un repasador sobre las piernas, cargo el mate de yerba, hago el pocito con agua y clavo la bombilla. Hijo Mayor e Hijo del Medio juegan al veo veo pero bruto. Cuando Hijo Mayor le señala algo a Hijo del Medio, lo choca con el brazo a propósito. “Aia”, se queja. Los separa la sillita de Hijo Menor que increíblemente no se despierta.
Cebo un mate. Cebo dos. Al tercero, los hijos ya están intensos. Pesados como el zumbido constante de un mangangá. Marido, mudo. Siento que salí con tres chicos a cargo y vuelvo con cuatro.
—La cortan —digo a modo de advertencia.
Cebo un par de mates más, hasta que Hijo Menor chilla de dolor. Ahora sí me doy vuelta enajenada. Amenaza de sopapo, penitencia, retención de videojuegos y cosas peores.
En una maniobra equilibrista, sujeto el mate con las piernas, giro medio cuerpo para desatar a Hijo Menor y hacerle upa. Lo logro. Apenas derramé un poquito de yerba en el repasador.
Del carril contrario, asoma un animal. Lo veo a una distancia todavía prudente. Un zorro. Da un pasito. Pasa un auto, se tira para atrás. Se envalentona y agarra carrera. Marido con el pie pesado sobre el acelerador.
—Cuidado —le advierto.
—¿Qué? —responde girando toda su atención hacia mí. La cara sin alarma.
El zorro se manda a cruzar nuestro carril.
—¡Cuidado! —grito sin poder señalar porque tengo a Hijo Menor en brazos. Marido entiende del peligro pero, cuando posa la vista en la ruta, el zorro está a medio metro encandilado por las luces. Lo último que veo es la expresión de terror del animal antes de que Marido pegue el volantazo. La óptica y la rueda izquierda dan contra el cuerpo del zorro. Nosotros mordemos la banquina y empezamos a volar.
En el primer vuelco, Marido sigue aferrado al volante. Yo aprieto a Hijo Menor contra el pecho. Vuela el mate, se esparce la yerba y el termo astilla el parabrisas. Me doy la cabeza contra la ventana. Sangro. En el segundo vuelco, el cuerpo de Hijo del Medio o Hijo Mayor abandona el auto. Uno, dos giros más y pierdo fuerzas mientras veo en cámara lenta cómo, en gravedad cero, el sonajero, el celular y la termera chocando contra todo. Se me nubla la vista, se me aflojan los brazos y siento que Hijo Menor se desprende de mis manos para orbitar con el resto de las cosas del auto.