1
Bruno me dijo que tiene una historia para contarme. Tiene una historia, pero no quiere contármela
todavía. No hasta que me la gane. Dice que no quiere hacerme las cosas tan fáciles. Que mi vida ya
es demasiado cómoda y que su trabajo es hacerme sufrir. Dice que tirándome abajo restaura a su
modo un equilibrio en el mundo.
A Bruno le gusta cuando estoy de rodillas. Le gusta verme metido en el barro y me lo dice y se ríe y
lo entiendo. Yo también me veo desde afuera y es divertido. Bruno dice que soy como una bacteria,
o un virus, que soy como el corcho que vuelve siempre a salir a flote. Cuando hablamos de mi
trabajo de investigación me dice que soy un ñoqui. Que engaño al estado. Dice que soy la única
persona que conoce a la que le vendría bien tener el síndrome del impostor, y que ya va siendo
hora de que me haga adicto o alcohólico.
Tal vez no lo parece, hasta ahora, por cómo lo escribo, pero Bruno es de los buenos. Tengo pocos
amigos, la verdad, son solo tres, y él está en esa lista, aunque no está primero. Lo conocí en una
fiesta de disfraces, en el secundario. En ese tiempo vergonzoso que parece otra vida. Yo estaba
vestido de faraón, a puro rojo y dorado y celeste. Él estaba disfrazado de preso, con rayas blancas y
negras y unas esposas colgando en la mano izquierda. Me acuerdo de haber estado tomando
fernet en el patio. En un momento de la noche el dueño de la casa apareció parado en el techo.
Nos miró a todos hacia abajo y nosotros gritamos alentándolo para que hiciera algo estúpido. El
dueño de casa se bajó los pantalones y se empezó a clavar una paja. Lo intentó al menos. Se la
sacudió un poco hasta que le entró la vergüenza. Bruno me hablaba sobre los aliens. Que las naves
que vemos en el cielo son sus drones, que no vienen ellos adentro. En ese momento un pibe
vestido de policía vomitó al lado nuestro. Nos alejamos un par de pasos y el policía se quedó con la
boca abierta mirando hacia el piso. Parecía que iba a vomitar otra vez, pero en lugar de eso se
agachó sobre el charco marrón y grumoso, lo agarró como pudo, con los dedos y se lo llevó a la
boca de nuevo.
Bruno no se rio como hizo la mayoría, ni tampoco puso cara de asco. Me agarró del hombro, me
acercó la cara al oído y me dio un consejo que todavía sigo, hay que tomar agua, de vez en cuando,
o tomar más lento, sino se te apaga la tele.
2
Bruno me dijo que tiene una historia para contarme. Eso fue lo que dijo, pero después ya no nos
vimos de nuevo. De esto hace ya un mes y medio, casi dos meses. La última vez que hablamos fue
por teléfono. La noche del cajero automático, sería el título, si el episodio necesitara tener uno.
Me llamó mientras yo comía empanadas en mi departamento. Me quedaba una árabe, una de
jamón y queso, y una de pollo con hongos. En la mano tenía una de roquefort, miel y nueces. Me
dijo que estaba en un cajero automático a punto de romper todo a patadas. Me tocó calmarlo. Le
recordé que a nadie le gusta la comida en la cárcel. Le pregunté de qué banco era el cajero y esa
información me pareció importante, para mi imaginación al menos, para diseñar la imagen de
Bruno en mi cabeza, rodeado por los colores correctos. Hablaba sin detenerse. Soltaba las
palabras como quien martilla con la cabeza. Me contó que el cajero le tragó la tarjeta. Que llamó al
número para hacer el reclamo más de diez veces, pero no lo atendieron. Lo dejaban en espera con
una música horrenda. Me dijo que tenía frío, que salió desabrigado y que los cajeros hablan entre
ellos, sin que nadie se entere, se mandan mensajes por impulsos eléctricos. Me dijo que se ríen de
las personas y les hacen este tipo de bromas, porque están aburridos, porque pueden, porque son
cajeros automáticos y les gusta joderle la vida a la gente.
Mientras lo escuchaba me imaginé a Bruno sentado en el suelo, el celular en la mano y la mano al
costado de la cabeza, las rodillas levantadas y al frente las máquinas, empachadas con billetes,
esperando que alguien las toque para activar su propósito. Me di cuenta de que Bruno me usaba
como a un espejo, se hablaba a sí mismo a través de mí, reconociéndome como a un igual, aunque
no le guste admitirlo. Y me acordé de la vez que tomamos el test de coeficiente intelectual hace
unos años, cuando vivíamos juntos. Fue su idea y lo hicimos por internet, al mismo tiempo. Más de
cien pruebas con formas geométricas y preguntas estúpidas, con problemas inaplicables en
ninguna situación real de la vida.
Después de una hora encontrando patrones numéricos y encajando figuras le dimos al botón para
que la página nos diera el resultado. Bruno sacó 119, y yo 120. Le gané por un punto. Ambos
estábamos en el rango superior al promedio, pero ahora había evidencia numérica de que yo era el
más inteligente de los dos, y lo era de una vez y para siempre, aunque la diferencia sea mínima y
esos test no indicaran nada realmente útil. Enseguida empezó a discutir el método y la discusión la
terminó ganando, sin embargo creo que ese punto de diferencia, ese valor objetivo, le hizo crecer a
partir de ese momento un cierto tipo de rencor muy específico, del tipo que actúa en conjunto con
respeto y orgullo.
Empezaba con la empanada de pollo con hongos cuando Bruno cambió de tema, sin transiciones,
y me pareció que en realidad la tarjeta era lo urgente, pero no lo importante. Me preguntó si había
visto alguna película buena últimamente. Antes de que yo respondiera me dijo que él ya no veía
películas. Que no se encontraba en ninguna historia. Que le gustaría poder contar la suya, pero
que no creía que valga la pena. Me dijo que ya estaba todo dicho, y que lo mejor que podríamos
hacer como sociedad, como grupo humano, es hacer silencio. Que nos tendríamos que callar por
un siglo y dedicarnos a tener vergüenza de lo que somos.
Estudiar fotografía en la facultad, cursos de iluminación para cine, cambiar de ciudad tres veces,
meterme en proyectos de otros, trabajar gratis, invertir en lentes y cámaras… Sé que lo intenté, me
moví, busqué, aprendí, molesté a las personas, gasté de más, me levanté temprano y no dormí por
las noches, y ahora, qué pasa, que sigo sin tener nada, ninguna carrera, ningún éxito, no tengo
nada para mostrar y creo que ya fue un poco. No sé si quiero seguir insistiendo. No tengo ganas.
Como que ya va siendo hora de que acepte que el mundo no respondió. Me pasó de largo y me
quedé hablando solo… Y capaz el error fue al principio, creer en el sistema, animarme a entrar,
querer algo, el deseo, la desgracia que llama a las otras. Qué ingenuo que era, pero supongo que
tenía que serlo, en esa etapa, en esa parte de la vida. Ahora veo que fue un error, pero que en ese
momento estaba adentro del error, no podía verlo de afuera, me dijo.
Lo último de lo que hablamos fue de la magia negra. Yo estaba pensando en ir a ver a una bruja,
pero me daba miedo. Él creía que si me metía con eso le hacía lugar a la muerte en mi vida. Le
conté que la gente que conozco parece atraída por la necesidad de dañarme y que estaba dejando
de creer en las coincidencias. Me dijo que no hiciera nada estúpido, que dos personas con
coeficientes superiores al promedio no podían tomar decisiones tan malas.
Antes de cortar le pregunté por la tarjeta, si la pudo sacar del cajero. Me dijo que había
solucionado el problema hacía rato, que había vaciado su cuenta, y ahora tenía la plata inflándole
la mochila.
3
El finde siguiente a esa llamada me encontré con Male, en el Paseo Sobremonte, al frente del
Palacio de Justicia. Compramos un par de cafés con leche para llevar y nos sentamos en los
escalones de la municipalidad, al frente de la fuente de agua. Me dijo que ya había hablado con los
padres de Bruno, que lo estaban buscando y le iban a avisar cualquier cosa, apenas supieran algo.
Yo no sabía que los ojos podían brillarle tanto. Le puse la mano en la rodilla y nos abrazamos.
Con Male somos amigos hace muchos años. La conocí por medio de Bruno. A él le gustaba
primero, después me gustó a mí también. Ella nos rechazó a los dos y al final nos hicimos amigos.
Trabajamos juntos un tiempo. Filmábamos cortos institucionales, videoclips y esas cosas.
Proyectos chiquitos. A la productora le pusimos Chancleta. Ocupamos una habitación que tenía
libre en el departamento para instalar las computadoras y ahí nos encerramos a ver películas
durante varias horas seguidas haciendo de cuenta que eso contaba como trabajo.
Hablábamos del rodaje en las sierras, en la mina abandonada de wolframio, cuando salió el tema
de la magia. Le vi la cinta roja en el tobillo y le pregunté si de verdad creía en eso. Me dijo que
oficialmente no creía, pero que le habían pasado cosas extrañas que no sabía cómo explicar de
otra forma. Me contó que un tiempo atrás estuvo de novia con un pibe que conoció cuando
trabajaba en la panadería. Ella hacía atención al público y vendía lo que él amasaba. En esa época
Male había aceptado que ya no iba a tener grandes enamoramientos en su vida. Que esas eran
cosas de gente joven. Con treinta años encima, y a falta de alguien mejor, el panadero servía.
Estuvieron juntos unos meses y terminaron mal. Ella tuvo que renunciar y empezó a trabajar en una
dietética. Me dijo que uno de esos días llegó a su casa y encontró en el jardín un oso de peluche,
negro y sin ojos, chamuscado por el fuego. Que llamó a su madre y ella le dijo que no lo toque, pero
ella ya lo había levantado para verlo de cerca y me dijo que después de eso se rompió la pierna
andando en patineta y que para que no le vuelva a pasar se compró la cinta roja y se la puso en el
tobillo y compró también ramilletes de hierbas en una tienda de magia, las prendió fuego y se pasó
el humo por todo el cuerpo como le habían recomendado empezando por los pies, hasta la
cabeza.
En ese momento la imaginé desnuda y liviana, dejando subir el humo sobre sus hombros. Pensé en
una publicación que leí en Instagram en la que un tipo le pedía consejos a la gente grande que
había pasado toda su vida sola y que ya sabía que iba a acabar su vida sola. En los comentarios un
hombre respondió que era difícil los primeros años, pero que después uno se acostumbra y
simplemente deja que el tiempo pase.
Estaba por preguntarle si todavía estaba segura de que nosotros no podíamos ser nada, cuando
me interrumpió. Che, escuchá, me dijo, y me puso la mano en el hombro y yo hice silencio. Hace
rato que te quiero contar algo, pero no podía, me sentía culpable de estar contenta.
La escuché mientras le daba los últimos tragos al café con leche y cuando no quedó más dejé el
vaso de cartón a un costado, un escalón por debajo. Al frente nuestro un perro se metió en la
fuente y se puso a saltar y a morder el agua. Cuando terminó de hablar, Male miró hacia abajo y se
acarició la panza. Me pareció que con sus gestos ya aceptaba su nueva vida y que ese movimiento
tierno de su mano era tanto una bienvenida como una despedida. En ese momento le miré la
panza, también, como si pudiera ver otra cosa más que su campera negra, y me puse muy triste
porque pensé en una casa, de noche, con la luz cortada. Pensé en la sombra de las manos de un
niño haciendo animales en la pared con la luz de una vela y vi que ella también estaba en esa
imagen, inclinada sobre la vela, juntando las gotas de cera caliente, jugando con el dolor en sus
dedos y que en la punta de la mesa había otra persona, un hombre, que no era yo y que no podía
ser yo porque a mí me corresponde el dolor de verlos a todos y jugar con sus sombras.
4
Unos días después le transferí a una bruja una cantidad de plata que me da vergüenza dejar por
escrito. Ella me dijo que me iba a hacer tres rituales. Una limpieza, un abrecaminos y uno de
protección. Cuando le pregunté cuándo y cómo me iba a dar cuenta de que la magia estaba
haciendo efecto, me dijo, de acá a siete, catorce días, usted va a notar que las cosas le van a
empezar a cambiar, que todo lo que le está yendo mal ahora, va a empezar a mejorar. Va a tener por
ejemplo más suerte en el amor… Más suerte en la economía… En esas pequeñas cosas usted va a
notar que de a poco va a ir saliendo adelante.
No era mi intención entender y en realidad me parecía que era mejor mientras menos sepa.
Perfecto. Le contesté. Estoy listo. Ella me dijo que confíe y me quede tranquilo. Que ella se iba a
encargar de todo. Lo único que yo tenía que hacer por mi parte era comprar una serie de hierbas
para hacerme un baño de limpieza energética.
Usted va a poner agua a hervir en una olla grande, y le va a poner adentro siete hojas de laurel,
cinco clavitos de olor, un puñado de romero, un poquito de ruda y una cucharadita de sal gruesa.
Lo va a dejar a fuego lento por diez minutos. Después va a apagar el fuego y va a dejar que se enfríe
un poco. Con eso se va a lavar, desde la cabeza a los pies, antes de dormir, durante siete noches
seguidas. Así usted me va a ayudar a hacer mi trabajo, me dijo.
A los pocos días de terminar con los baños me llegó una comunicación de la facultad. Habían
decidido financiar mi proyecto de investigación y me mandaban a España por dos años con todos
los gastos pagos. Cuando terminé de leer el mail me senté en el suelo en medio de la cocina. Me
quise reír, pero no me salió y después pensé que iba a llorar, pero eso tampoco pasó. Pensé en
escribirle a la bruja, para agradecerle, pero me pareció mejor no molestarla. Las manos me
temblaban de la felicidad, o de los nervios, o de la incertidumbre que al nacer me partía el suelo, y
recordé el efecto magnético y vibrante que sentí cuando metí por primera vez la mano en la
infusión de hierbas en la olla y me di cuenta de que se parecía mucho a la sensación que tuve en el
cuello la vez que fuimos al parque con Male y nos acostamos en el pasto y apoyé la cabeza en su
estómago.
En ese momento decidí llamarla para contarle la buena noticia, sin mucha esperanza de que me
atienda. Estaría en el trabajo, y seguro estaría ocupada. Escuché su voz, sin embargo, del otro lado,
un hey, tanto tiempo, que era un saludo y a la vez un reclamo. Me dijo que ella también estaba
pensando en mí y en Bruno y que no creía que fuera una coincidencia. Me contó que por la mañana
había encontrado una foto vieja de un rodaje que compartimos hace unos años y me la pasó por
WhatsApp sin cortar la llamada.
En la imagen estamos los tres en el bosquecito al lado del dique Los Molinos. Yo aparezco al
costado derecho sentado en el suelo, sobre una piedra, revisando el guion. Las hojas tienen
manchas de barro, como si en algún momento el viento hubiera hecho demasiado bien su trabajo.
Por mi cara de preocupación parece que algo no cierra. Ahora no recuerdo qué era lo que iba mal,
pero tenía que ver con el tiempo. Seguro estoy buscando la forma de eliminar escenas. Ella
aparece centrada en el fondo y de espaldas. Está con uno de los actores que viste únicamente con
una ropa interior negra. Diego, Nico o Nelson, no recuerdo ahora su nombre. El actor está de pie,
apoyado en el tronco de un árbol mientras que Male lo ayuda a enroscarse una cuerda gruesa de
hilo sisal alrededor de la cabeza. La cuerda tenía que taparlo por completo y ya iban por encima de
sus ojos, dando las últimas vueltas. Bruno está al costado izquierdo y parado más al frente, al lado
de un trípode, configurando algo en una cámara. Parece contento y sonríe por lo que ve en la
cámara, o a través de la cámara, o tal vez sólo en su mente, en el pasado o en el futuro o en la
dimensión sin tiempo de lo imaginario.
Esa gente no existe, pensé, e imaginé la foto en movimiento cambiando el recuerdo, los píxeles,
mutando en la pantalla del celular, mi cuerpo dejando su trabajo con el guion en suspenso y mi
cara decepcionada levantándose para verme a los ojos. Me acordé de que Diego, Nico o Nelson, el
actor con la cabeza envuelta en la cuerda, murió poco tiempo después de ese rodaje, en un
accidente en la moto, y que cuando nos enteramos discutimos en la productora sobre qué hacer, si
filmar sus escenas de nuevo con otro actor o dejarlo que siga vivo en nuestro video, con la cara en
un gesto desconocido, oculta detrás de más de diez vueltas de cuerda.
A Male le pareció interesante que en la foto estuviéramos los tres en el mismo lugar, pero cada uno
en la suya. A mí no me pareció tan raro. Le recordé que había mucho trabajo y eran pocas las
manos. ¿Che, y vos qué me querías decir?, esperá. ¿Yo te llamé a vos o vos me llamaste a mí?, no
me acuerdo, me dijo y nos reímos y la imaginé riendo y me puse serio, por no decir que me puse
triste, por no decir que volví a ser yo mismo. Le dije que extrañaba esa época. Que antes no tenía
tanto miedo de quedarme solo. Le dije que se fije bien en la foto y se iba a dar cuenta de algo. Que
las personas en las fotos no están quietas. Se mueven despacio. Se van alejando.