El calor que habían dejado las bombas todavía arrasaba al país y lo cruzaba de lado a lado: seguía flotando a la altura de los ojos, en los vapores negros y en los átomos de uranio y plutonio: rasgaban las pieles sin que nadie lo notase, rompían las células y sus enlaces, bajaban al desfiladero y al suelo picado y a los charcos de agua que obligaban al hombre a maniobrar lento arriba de la camioneta, montado al barro y esquivando los árboles y las ramas que caían al centro del camino como una cortina verde.
El chico, en el asiento del acompañante, se divertía con el bamboleo: lo movía brusco encima del asiento y le hacía gritar uuuu como una sirena.
El mar apareció después de una lomada.
El chico gritó y señaló por el parabrisas.
Ahí, dijo.
La camioneta cruzó los últimos arbustos y trepó al cordón de la duna.
La playa se abrió, ancha y chata por más de tres kilómetros.
El hombre apagó el motor y se hizo el silencio.
Es gigante, viste, dijo el hombre.
Sí.
No te da miedo
No. Nada.
No te hagas el valiente.
No me da miedo. Te juro.
Vamos, dijo después, sin dejar de mirar al frente, con las pupilas expandidas, comiéndose la línea del mar, casi alcanzable, y los últimos colores del sol rebotando en las nubes de espuma, siempre con las manos sobre el tablero, abiertas y quietas, como si ese pedazo de plástico fuese la única superficie atándolo en verdad al auto y a su tío y a las cosas del mundo de los hombres.
Quitaron los seguros y bajaron del auto.
La arena era blanca y tibia.
Puedo, preguntó.
Esperá.
La playa estaba desierta. No se veía gente cerca de donde habían estacionado ni en la orilla, tampoco en los morros que había al sur, donde todavía se alzaba una casa vieja a la que los árboles del despeñadero parecían ocultarla y darle armadura natural. La casa, con las paredes entonces negras por el agua y el viento, se alzaba como el caparazón de una tortuga gigante.
De las puertas abiertas no se insinuaba ninguna luz. Era probable que estuviese abandonada, muriéndose por dentro por no tener más hombres que le dieran uso, con los pisos y los techos quietos hasta que llegasen de vuelta sus viejos dueños o hasta que el tiempo terminase de arrasarla. Adentro todavía podía haber ropa y radios viejas, pensó el hombre; podía haber mapas y cartas y libros no arruinados por la lluvia, y pilas y cubiertos de plata, y entonces parecerse, aunque fuera imposible, a una vida en el pasado; podía ser, también, la imagen del futuro: una tierra yerma manchada de a tanto con huellas de animales, con un edificio al medio, oscuro y roto, con regueros y grietas por donde brotaban tallos y flores escuetas, y más adelante, el mar indiferente, y el mundo de debajo del agua, con otro ritmo, reproduciéndose igual de lento y en silencio que siempre.
Andá, dijo.
El chico corrió hacia la costa. A medida que avanzaba, se sacaba las zapatillas y las medias y el pantalón, siempre de a saltos, para después tirarlos al azar, sin importar donde cayeran. El hombre se acercó lento al mar, mirando los arbustos y árboles romos que aparecían acá y allá, asegurándose que no hubiese gente escondida.
El sol hendía las nubes y las disolvía; dejaba el cielo abierto y claro: una luz cegadora para que nadie ignorase de dónde llegaban los misiles y los aviones.
Si mis papás vivieran me hubiesen traído, dijo el chico.
Por eso te traigo yo.
Ya sé. Digo nomás.
Cuando termine todo vamos a hacerles una buena sepultura.
Como a los hombres viejos del refugio.
Claro.
Con colores.
Le podemos poner colores y también podemos intentar dibujarles las caras, para que todos se acuerden.
No dibujo tan bien.
Yo te ayudo.
Ya en la orilla, el chico se sacó la remera y la tiró a un costado. Se puso las manos sobre las caderas y suspiró largo. El hombre le vio la panza hinchada del hambre: una bola naranja con los huesos de las costillas saliendo al sesgo y lo sintió, de repente, un hombre entero.
Hasta dónde podrías nadar, dijo el chico.
Todo.
Hasta el otro lado.
Sí. Si me llevo una mochila con comida puedo parar para comer mientras floto, y después seguir.
Mentira, dijo el chico, mientras se ponía las manos sobre el ojo derecho a la forma de un catalejo. No se ve el otro lado, dijo.
Es que queda tan lejos que no se ve.
Me puedo meter, preguntó después.
Hasta el pecho nomás. Cuando te llegue a las tetillas. Hasta ahí.
El chico entró al mar con los brazos abiertos, con las palmas hacia abajo recibiendo cada tanto la marea que subía. Después empezó a reírse y a agitar todo el cuerpo. Creo que me están picando peces, decía, para hundirse en el agua y después salir a confirmarlo a los gritos y decir que había muchos, cientos.
En la tierra ya no eran tantos los animales que quedaban: los noticieros, los pocos que podían captarse y que todavía no habían sido intervenidos, mostraban terrenos arrasados, dominados por figuras negras que resultaban ser zorros o terneros o pumas que morían en la tarea del escape, que corrían hasta que ya no les quedaban músculos ni pulmones ni fuerzas suficientes que los sacara del valle; o que resultaban ser vacas, muchas de las veces las primeras que se daban por vencidas, sin rencores ni nada que reprocharle a nadie, que se quedaban quietas cuando crecía el infierno, tan estáticas que a veces, cuando los cuerpos de rescate hacían el rastrillaje, seguían paradas con las cabezas bajas, hechas de carbón y hueso.
El hombre miró sus zapatillas hundidas en la arena. Estaban gastadas: lo que había sido azul era ahora un celeste claro, casi a punto de desvanecerse. Lo mismo pasaba con las zapatillas de Ped, ahora desperdigadas, con remaches de cinta adhesiva y huecos en la punta para que los dedos le entrasen cómodos.
El hombre se sacó la remera y el pantalón y entró al mar en ropa interior. Miró hacia atrás: las dunas, la camioneta apenas escondida entre los matorrales, la casa abandonada. Se sentó. El agua le llegaba hasta la cintura y las oleadas le alcanzaban el mismo olor ácido que hacía un tiempo lo había impregnado todo.
Habrá gente abajo del mar, preguntó Ped.
Puede ser.
Con ciudades y todo.
Sí. Y cómo te los imaginás
Como peces.
Como peces.
Sí, con aletas pero con cara parecida a la nuestra. Con nariz diferente. Y no tienen guerra ni nada.
Sin guerra.
Sí.
Pero puede que tengan guerra con los tiburones o las ballenas.
No, sin guerra. Tienen un rey. Enorme.
Cómo se llama.
No sé.
Podrías inventarlo.
No, ya tiene uno.
El hombre miraba a Ped, que cada tanto desaparecía debajo del agua y que volvía a salir para decir cosas, sobre el fondo del mar, sobre la arena liviana como la harina, sobre los peces chiquitos que había visto y que le huían, sobre cómo el sol entraba raro al agua y volvía todo del color del otoño.
Abajo parece otoño, decía.
El refugio que se había armado en los túneles de los subtes ya estaba repleto. El espacio entre cada hombre y mujer y anciano se había vuelto, en muy poco tiempo, mínimo, y ya no cabía nada, ni siquiera el aire, viciado y denso. Las literas eran ocupadas por dos o más cuerpos, y también eran tres o más personas las que tenían que conformarse con raciones para una. Los músculos se habían vuelto flacos y sobre las caras de todos pesaban arrugas largas, acaso la forma que tenía el cuerpo de decir que ya no, que no creía que de ahí en más nadie pudiese salir al exterior liberado y hacer una vida verdadera, sin importar cual fuera, y sin ser enemigo de nadie.
Y cómo es el rey, preguntó el hombre.
Es parecido a un sapo. Es gigante y gordo y da besos húmedos, que huelen un poco feo pero te hacen sentir mejor.
Ped se acercó y ofreció una piedra roja que había encontrado en el fondo. Es un regalo, dijo.
Después se sentó en el espacio que su tío tenía libre entre las piernas, y le apoyó la nuca en el
pecho.
Eu, dijo Ped.
Qué
Ahora que no están papá y mamá, si yo tengo un hijo vos serías el abuelo.
Algo así.
Pero porque vos querés o porque de verdad es así.
De verdad es así.
Bueno.
Pero antes tenés que encontrar una chica que te guste mucho.
No me gusta nadie, dijo Ped.
Ya te va a gustar.
En el refugio no hay ninguna linda.
Todavía sos chico. Ellas también.
El sol se escondía a sus espaldas: entonces iluminaba el mar y lo hacía rosa. Por encima cruzaban pájaros que volvían a sus nidos o que estaban en el medio de la empresa migratoria; encontrarían, cuando llegasen, un desencanto: que no había parcela en la tierra que no se hubiera vuelto ya un desgarro o el asco que produce el vértigo.
Cuánto aguantás abajo del agua, preguntó el hombre.
No sé, dijo Ped. Capaz que un minuto. Más. Dos.
Los peces aguantan mucho más.
Y sí. Seguro.
Hay que practicar, por si la guerra acá crece y nos tenemos que mudar al fondo del mar. Conocer al rey. Que nos reciba bien. Podemos practicar acá y también en los baldes del refugio.
Pero el agua está siempre sucia.
No importa, es para mejorar. Allá practicamos de mentira y cuando nos dejen venir para acá practicamos en serio.
Ped se hundió en el agua boca abajo, su espalda todavía afuera, con los brazos extendidos y quietos, e indicándole al cerebro que sí, que era un ensayo y no había de qué preocuparse, que todas las funciones del cuerpo debían reducirse al máximo para sólo concentrarse en los pulmones y su aguante; que, también, de entrenar lo suficiente, podrían bajar, él y su tío y todos en el refugio, incluso ayudados por algún invento, tubos y goma, al mundo de debajo, donde la pólvora se hacía inservible, donde la fuerza del agua superaba toda explosión, donde había un rey pez, un rey sapo, sentado en un trono de oro, esperándolos amable a todos para darles comida y cobijo, y una casa debajo de las piedras, chiquita pero cálida, con algas sobre las paredes, con hojas mullidas que podrían servir de colchones, lejos de los altavoces y los hombres de uniforme, lejos de los techos del refugio que llovían polvo y agua y tierra cuando arriba arreciaban las bombas.
Ped salió del agua.
Cuánto, dijo.
Casi treinta segundos.
Mentira.
No. Treinta.
Bueno. Es la primera vez. Puedo mejorar.
El sol hacía que los ojos de Ped se vieran casi transparentes. El hombre le siguió los rasgos de la cara: las pestañas largas y arqueadas, las paletas que empezaban a separarse, la nariz respingada y grande en la base.
Sabías que sos igual a tu papá, dijo.
Ya sé. Lo decís siempre. Para mí no.
Vos sabés que te quiero.
Sí.
Ped se rió.
Voy a probar de vuelta, dijo. Hasta que no llegue al minuto no nos vamos.
Bueno.
Ped inspiró extendiendo los brazos. El pecho se le infló, y volvió a hundirse.
La casa en el morro parecía mirarlo todo, enorme y áspera como un elefante ciego, ahora que caía la tarde y la luz retrocedía, volviendo los límites de las cosas un poco más difusas y apenas distinguibles.
Nada había sido tan calmo desde hacía mucho.
El hombre pensó que en algún lado la guerra podía estar terminando.
No.
Pasaron diez, doce segundos.
Del otro lado del mar, pensó el hombre, podía haber alguien sentado como él, como si se tratase de un espejo, también escapador o doliente, cerca de la orilla recibiendo en la cara la brisa salada; alguien que también estuviera pensando en la cueva miserable de la que venía y a la que tendría que volver antes de la noche para escaparle a los perros rastreadores; alguien con las manos parecidas, las mismas líneas en la palma de la mano, el mismo futuro dibujado, con hambre y una sed de muerte.
El hombre hundió las manos en la arena. Pensó en guardar aunque sea un poco para cuando fuera el momento de volver. Tal vez así, pensó, ya en el refugio, podría dejarla secar sobre uno de los estantes, para después guardarla en un frasco, como otros de los trofeos del afuera.
Veinte, veinticinco.
Podía animarse también alguna vez a la casa del morro: pedir los permisos de salida y usarlos todos para conocerla, entenderla en sus pliegues y sus habitaciones y sus paredes húmedas; ordenarla, en la medida de lo posible, sin que nadie lo notase, y mudarse, finalmente, para no volver más; podría intentar la siembra, por rala que fuera, y la cacería, y convertirla en un fuerte, un castillo, igual de humilde que el refugio, pero sin sombras y con el sol como dominio.
Ped estaba quieto. Asomaba desde la superficie sólo la corona y la espalda, que se movía apenas, siguiendo la marea.
Cuarenta.
El hombre abrió la mano y le tomó el cuello.
Lo acarició, despacio, desde la pelusa de la parte alta hasta el trapecio, y después lo hundió en un agarre firme.
Hubo una resistencia, primero mínima y después burbujeante que hizo el agua revoltosa. Ped braceó con fuerza y después asentó los pies. Empujó hacia arriba para salir a flote, pero el hombre hizo un barrido con la pierna y volvió a poner a Ped en posición horizontal. Después, se le montó encima e hizo presión, encerrándole las costillas mínimas con los muslos, dejando caer todo su peso contra él, con una mano sobre la espalda y otra sobre la cabeza, hundiéndola en la arena.
El hombre escuchó un grito sumergido y apretó más fuerte hasta que le dolieron los brazos.
Hubo espuma, y después vino lo quieto: la marea llegando suave y el sol atrás volviendo todo un dorado triste.
El hombre se desmontó y se volvió a sentar, agitado.
Después se miró las manos.
Podía ser que las líneas no dijeran ningún futuro.
Imaginó él también un dios pez y un beso húmedo llenándole la boca.
Ped salió a flote boca abajo: ya quieto para siempre, con las manos estiradas, flojas, las piernas todavía debajo, las vértebras apareciendo sobre la línea del agua como una cordillera. El hombre dijo una o dos cosas en voz baja que se perdieron en el ruido de la marejada, y pensó en el refugio, en su hermano muerto, en la casa del morro; en Dios como un lince a la espera entre los arbustos crecidos, en una explosión de luz cegadora.
Está bien que te digas lo que necesites, por difícil que sea.
Puede que ya no importe.
Todo lo que no renueves, se renovará por sí.
Todo lo que alguna vez lastimes va a reponerse y volver a tomar su forma natural.
Ese es el único orden.
No va a haber una huella a la que puedas ponerle tu nombre: la casa que abandonaste ya no existe en ningún otro lugar de la tierra, pero es noble que intentes un mundo nuevo y hacer con tus manos una casa en un bosque.
Ahora imaginás que hace el verde y la primavera. Está el camino angosto que conocías de chico: bordea la colina y el nogal justo antes del arroyo. Penden nueces: son casi negras y faltan algunas semanas hasta que se estrellen contra el suelo. El sol entra a pesar del follaje; son rayos tímidos que, arriba en las copas, pierden la potencia y el calor: te rodean, debajo, como lanzas de luz que caen rectas y apuñalan el suelo. Ves las partículas que vuelan: parecen hilos breves o bolas mínimas de algodón. No podrías ponerle a cada una sus nombres aunque te tomases todo el tiempo de tu vida. Podés mirarte las manos bajo esa nueva luz.
Bajo el nogal, podés seguir el camino que hacen las líneas de tu mano.
Y confundirte.
Si alguna vez lo hiciste, las líneas de tus manos, una tarde así de triste, vas a entender lo que hablo.
Podés decirte lo que necesites.
Hablarte sobre un castigo pendiente y mirar tu cara en el reflejo del agua.
Que hiciste lo que debía ser hecho.
Que fabricaste el bien.
Que que se trataba de una puerta que debía ser cruzada.
Mentirte con la idea de la misericordia, cosa sórdida.