La mujer distingue con alivio las luces de la estación de servicio. Los últimos kilómetros los ha hecho a menos de 100 km por hora porque la señal del tanque de reserva no dejaba de titilar.
El playero está medio dormido pero parece despertarse del todo cuando ve al bebé en su sillita.
Le hace unas morisquetas a través del vidrio y después la mira con lo que ella interpreta como desconfianza.
— Abuela. Soy su abuela
El playero no dice nada, controla el surtidor y bosteza.
La mujer tiene ganas de ir al baño, pero no puede dejar el bebé ni sacar la sillita para llevarla con ella. Por eso trata de apurar el trámite. Ya podrá descargar la vejiga en el camino, noche
cerrada sin luna El playero da vueltas, a la mujer le parece que demora demasiado el trámite de cargar combustible, repasar los vidrios, cobrarle.
— ¿Le reviso el aceite? – pregunta.
La mujer siente que el “no” suena histérico. Ruega que el otro lo atribuya al cansancio y las ganas de seguir viaje rápido.
El camino tiene muchos pozos. El auto salta, la cabeza del bebé se sacude como un globo. La mujer putea y arrulla casi sin solución de continuidad. Cuando las luces de la estación de
servicio son dos puntitos en medio de la noche, se detiene en la banquina.
Se baja los pantalones y orina de cuclillas sosteniéndose con una mano en la puerta delantera abierta y la otra en el parante del auto. Le duele la cintura.
Llega al pueblo cuando empieza a amanecer. No anda un alma. Cruza un barrio que parece recién inaugurado, casas totalmente de vidrio donde la vida se ofrece en exhibición. Una tienda de mascotas ocupa una manzana entera, frente a una plaza de juegos caninos y areneros para gatos. Reconoce algunos lugares del centro: la mueblería, la delegación municipal, el bar donde paraban antes los colectivos de larga distancia. La Escuela no 1 está dividida en dos: la esquina conserva la puerta de hierro, las ventanas metálicas, las paredes símil piedra de
cuando ella era chica. La otra parte ha sido remodelada y ostenta un cartel luminoso de color violeta que proclama CRISTO SALVA. Calcula que en ese sector estaban las aulas de 5o y 6o
grado y el salón de actos.
Llega a la orilla del arroyo. El puente se ve mucho más pequeño y destartalado. Deja pasar un camión de alimento balanceado, con temor de que la estructura ceda. Todo hace un ruido
amenazador cuando cruza.
La casa que busca está detrás de unos eucaliptos. Hace un juego de luces. Alguien –pantalón oscuro, buzo con capucha- le abre la tranquerita y le indica que siga hacia atrás, hasta un
galpón. Cuando detiene el motor, el bebé abre los ojos. Sonríe.
*
— ¿Y ahora, cómo pensás seguir?
El hombre está cambiando al niño que patalea feliz con el culo al aire.
— Fijate dónde vas a tirar el pañal sucio. La basura es lo primero que revisan.
La mujer se ha recostado con las piernas apoyadas en un almohadón. Trata de acomodarse pero el dolor de cintura no la deja quieta. Con una mano acaricia la panza del bebé medio
desnudo. La piel es suave, calentita. El ombligo, un botón engordado. Las cosquillas le provocan una risa llena de baba, casi un ahogo. La mujer sonríe con los ojos cerrados.
El hombre envuelve al bebé en un pañal nuevo y lo carga, con un balanceo que multiplica las risas. Las manitos le pegan torpemente en la cara, le atrapan el poco pelo que le queda, se le meten en un ojo. El hombre le habla en la lengua primitiva que entienden los bebés. La mujer se duerme. Un perro peludo apoya las patas en la ventana y ladra, desde afuera. El niño
reclina la cabeza en el pecho del hombre que le palmea la espalda con ritmo lento pero constante. Un motor suena por el camino. El hombre cierra las cortinas a toda velocidad, con la
mano que le queda libre.
Cuando la mujer se despierta, encuentra al hombre en el comedor con el niño en la falda. Está dándole de comer un puré anaranjado. El bebé disfruta hundiendo las manos en la pasta y
llevándose los dedos a la boca. El hombre intenta juntar restos de puré con una cuchara. Los dos tienen manchas naranjas por todos lados. Se ríen.
— ¿Revisaste el bolso? ¿Las instrucciones?
— Preparé el zapallo como decían. Le agregué una zanahoria por mi cuenta. Ya tiene seis meses y medio.
—Los nuestros empezaron a comer a los tres. Modas de los pediatras. Para los seis meses ya comían casi lo mismo que nosotros.
La mujer calienta una mamadera con leche. Le limpia al bebé la cara y las manos con un trapo húmedo. El chiquito hace caras de disgusto, pero después se ríe con toda su boca desdentada.
—No ha llorado en toda la mañana —dice el hombre.
—Los de la agencia Coco’s Inc. no lloran casi nunca. Eso dicen. Habrá que ver si es cierto.
*
El hombre está arrancando unos yuyos del jardín delantero cuando pasa un muchacho con un perro, una de esas cruzas nuevas con nombres impronunciables. El animal lo olisquea con
insistencia.
—No se asuste, no muerde —dice el muchacho. Tiene ganas de conversar. En otras circunstancias el hombre hubiera iniciado el diálogo feliz, pero ahora desconfía. Le gustaría
saber dónde vive: su casa es la única en toda la manzana y en la manzana de enfrente solo hay un galpón abandonado. No tener vecinos cercanos fue unos de las primeras
recomendaciones de los de Coco’s Inc.
El hombre hace un gesto amable, para esconder su incomodidad. El perro insiste en refregar la nariz aplastada por sus zapatos y por el cantero desprolijo que está intentando adecentar.
—Huele a perro, seguro que quiere jugar con el suyo — dice el muchacho.
Es la hora de la siesta, debería estar durmiendo como todos en el pueblo, piensa con desesperación el hombre.
—No tenemos perro.
EL asombro del muchacho es mayúsculo. Tanto que el hombre se siente obligado a mentir.
—Mi mujer prefiere los gatos. Tenemos dos. La jubilación no da para mantener también un perro — se ríe forzado, tratando de establecer la complicidad del chiste.
— Cualquier cosa se lo presto a Bronco —dice el muchacho alegremente, antes de emprender el camino. El perro, cada tanto, tironea hacia atrás.
*
La mujer estaciona cerca del supermercado. Cuando era chica ahí estaba la casa de los Arrieta. El más grande iba a la escuela con ella. Se acuerda de la noche del incendio, las llamas, del olor, el amontonamiento de gente, los bomberos. Más de 50 años calcula.
Carga el changuito con las cosas que necesitan. Incluye una bolsa de alimento para gatos y un hueso de goma con un cascabel adentro.
La cajera le toma la tarjeta de crédito.
—El mismo apellido de mi abuela. Usted no es de acá, ¿verdad?
—No, no. Una coincidencia — la mujer se apresura a meter las cosas en una caja de cartón.
Sale apurada, la cajera la llama porque se está olvidando una lata de atún.
*
“Pueden hablar? Gran noticia!!!!!!!!!!!!!!! Video llamada familiar ya!!!!!”.
Un mensaje de Dani. ¿Qué hora es en Barcelona? El bebé duerme, gracias a Dios. Tiene que cerrar el ángulo de la imagen para que no resulte extraño el fondo.
En la pantalla aparece Dani.
—Qué abrigada, hija. ¿Hace mucho frío ahí?
—Ni te das una idea, mamá. ¿Estás ahí, papi?
El hombre asoma la cabeza y le hace un gesto de saludo.
Ariel se ve pixelado en el otro cuadradito de la pantalla dividida. La imagen se congela.
— ¿No son tan tecnológicos los chinos? — se ríe el hombre.
“Estoy en un hotel de mierda, con wifi de mierda”, escribe en el chat.
— ¡Miren lo que tenemos! —dice Dani y mueve la cámara para enfocar a un hombre barbudo, tirado en la cama, sosteniendo sobre la panza un cachorro gris, con el pelo tan largo que no se le ven los ojos.
—Vení, Poroto. Conocé a tu tío y a tus abuelos —y el celular se detiene en la masa peluda de la que apenas asoma un hocico negro y mojado.
“Precioso mi sobrino!!!!!!!!!!!!!!!!!”, escribe Ariel, aunque ya no está congelado en la pantalla.
— ¿Abuela de un perro? Ni que fuera Lassie — dice la mujer.
Dani suspira y enfoca su cara enojada.
—Otra vez lo mismo, mamá. ¿No podés alegrarte por una vez conmigo? No se puede hablar con vos.
La comunicación se corta. La mujer no quiere llorar, pero ve el reproche y la desilusión en la cara del hombre. El aire pesado de la tarde no alcanza para secar las lágrimas.
*
El hombre tiende la ropa en el patio trasero. Se ocupa de tapar con las sábanas los pantaloncitos, las medias, las camisetitas que tienen botones en los hombros. A pesar del
paredón altísimo –una de las cosas que los decidió a alquilar esta casa- no sería bueno que alguien los viera. Los tendales y la basura son dos puntos clave, habían insistido los de Coco’s
Inc.
El bebé juega sobre una manta con el hueso de plástico y unos cubos de colores. La mujer ha ido a comprar pañales al pueblo vecino, no se pueden arriesgar.
El teléfono suena. “Eugenia Co Cosinc.” dice la pantallita.
—Tenemos un problema con el pago —dice una voz muy suave en el teléfono.
El hombre se sobresalta.
—Lo depositado corresponde a mucho menos tiempo del que habíamos acordado — explica, como si lamentara mucho dar esta noticia.
—Vamos a tener que rever los términos del contrato —insiste.
El hombre siente que se ahoga.
—Llámela a ella. Mi mujer se ocupa de esto. Tiene su número. Llámela.
Corta agitado. Deja la ropa que aún no ha colgado en el fuentón y entra rápido con el niño en brazos a la casa. Lo aprieta fuerte, tan fuerte que se larga a llorar, desconsolado. Primera vez que escucha ese llanto. El hombre también llora mientras lo acuna para tranquilizarlo.
*
La mañana en la ruta es gloriosa. Todavía no hace el calor que promete el sol que se empieza a levantar. Ni una nube a la vista. El marcador de combustible titila. La mujer alcanza a divisar la estación de servicio. A su lado, el hombre mira por la ventanilla como si la llanura fuera algo más que un vacío verde.
El playero le pregunta si le limpia los vidrios y le revisa el aceite. Le dice que sí. El hombre no se mueve.
— ¿No querés ir al baño? —le pregunta. El otro hace apenas un gesto con la cabeza que ella interpreta como un no.
La cara del playero aparece entre la espuma del vidrio como un payaso monstruoso. Después, se la traga el capot levantado.
La mujer regresa con dos vasos de plástico y dos alfajores. El hombre se quema la lengua con el café, el alfajor está reseco.
El capot vuelve a su sitio con estruendo. El playero se limpia las manos con un trapo sucio.
Agradece la propina con un “buen viaje”.
Cuando la estación de servicio es un punto en el espejo retrovisor, el hombre tira por la ventanilla el vaso de plástico, el envoltorio del alfajor y un hueso de goma con un cascabel
adentro.