A orillas del río

Vivimos en una casa de adobe que levantó papá antes de que yo naciera.

Al principio el techo era de caña y, con el tiempo, lo cambiamos por chapas que conseguimos en la chatarrería.

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El río trae mucha agua. En cada crecida se come los bordes y se ensancha más. 

Nuestra calle es un sendero angosto. De todas formas, nadie tiene auto. Nos manejamos en bicicleta.

Los que sí tenían, se fueron hace tiempo. Hicieron equilibrio para que las ruedas no salieran de la vereda. Cargaron sus cosas y no volvieron. Nosotros nos quedamos. Mamá dice que al menos hasta que sea inevitable.

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El río crece. Desbordó tanto en estos meses que la calle desapareció casi por completo. Los empleados de la luz y el gas ya no vienen. Nos toca a nosotros pedir las boletas en las oficinas.

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El agua golpea con fuerza. La vereda se desprende de la entrada. Los vecinos de la cuadra se van. Suben sus muebles con sogas y los trasladan por los techos.

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Afuera de la casa hay una cornisa. Salimos pegados a la pared, tratando de no caernos. Papá va al trabajo y yo a la escuela. En las noches llevamos las bolsas de basura hasta la esquina, que es hasta donde llega el camión municipal.

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Antes, el río era mansito. Casi no llovía por estas zonas. Después se volvió bravo, y no paró más.

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Aunque la casa se inclina, casi ni se siente. Seguimos acá porque estamos acostumbrados.

Al principio era difícil darse cuenta, las cosas se quedaban en su lugar. Una vez las naranjas rodaron por la mesa, pero no notamos la diferencia. Nos avivamos el día en que el cochecito se movió por su cuenta hacia la entrada de la casa, con la bebé que se reía, como si el espíritu del río jugara con ella y la llamara.

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Tenemos un truco que no falla para medir el desnivel; nos fijamos en el agua de los vasos y ponemos cartoncitos doblados en las patas de la mesa hasta enderezarla lo mejor posible.

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Aguantamos. Somos de las pocas familias que quedamos junto al río.

El espejo y el reloj cuelgan del clavo, pero sin apoyarse en la pared. Los cambiamos hacia el otro lado antes de que se rompan.

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El espejo apunta un poco hacia arriba y me cuesta verme. Uso el del botiquín del baño. Tiene tantas manchas oscuras que lo que menos se nota es mi cara.

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La época de calor se fue. La cornisa también desaparece.

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Amanezco destapado, con el cuerpo helado. Las frazadas se cayeron por tanto peso.

Me acerco a la ventana. Afuera todo es sombra. El agua ruge y se mezcla con el canto de los gallos. El sol sube lento. Estoy en un precipicio. El río va tomando forma con la claridad.

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Mamá me ordenó limpiar mi cuarto. Barro, junto la basura y la tiro por la ventana. La corriente arrastra la bolsa hasta que se pierde de vista.

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Una vez, el río se llevó a un chico. Lo encontraron un par de días después en otro pueblo, atascado en unas ramas. Dicen que su cuerpo estaba hinchado y olía tan mal que los caranchos revoloteaban a su alrededor. 

La gente del lugar fue la que lo vio y avisaron a la policía.

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Desde hace días, cada vez que papá y yo tenemos que salir, apoyamos una escalera sobre la pared del fondo. Caminamos por los techos hasta llegar al más bajo y saltamos, primero papá y después yo. Mamá siempre se queda en casa para cuidar a la bebé.

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Ya no hay perros en la cuadra, pero sí bastantes gatos sobre los techos. A veces, cuando trepo, encuentro ratas de distintos tamaños, casi todas sin cabeza.

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Papá y mamá hablan mucho sobre cómo sacar los muebles de la casa antes de que termine de caerse. 

Según papá, lo mejor es subir la vitrina, el ropero, las camas y las otras cosas con una soga, igual que lo hicieron nuestros antiguos vecinos.

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Dejamos de usar la puerta de entrada. Es una trampa que da directo al precipicio.

Mamá parece estar tranquila. Le dice a papá que la casa todavía aguanta, mientras le da leche a la bebé y la mece en sus brazos. Papá se queda callado. Camina de un lado a otro, en el suelo inclinado, con las manos hacia atrás.

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La semana pasada, la pared de adelante se rajó. Ayer empezó a desprenderse de las columnas. Esta mañana me acerqué a la grieta y miré con un solo ojo. Pude ver los árboles, el cielo y todo el paisaje de afuera.

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Hay un tragaluz enorme en el rincón. Papá y mamá deciden que es el momento de irnos.

Guardamos la ropa en bolsas arpilleras, mamá se enrolla una manta, acomoda a la bebé en su espalda, y salimos por la escalera. Papá carga lo que puede, dice que después va a volver por el resto. 

Llegamos al techo y la casa se inclina más y más. Mamá me estira del brazo, mientras la bebé llora. Los pedazos de adobe caen al agua. La pared se desprende del todo y suena como si tuviera huesos, como si la casa acabara de quebrarse por completo.

Corremos por los techos y la tierra se desmorona. El río se traga con fuerza nuestra casa. Desarma el adobe. Los bloques se pierden en el agua. La puerta se afloja. La corriente se la lleva como si fuera una balsa. La bebé llora más fuerte que antes… No deja de llorar. 

Biografía

Ezequiel Villarroel nació en Jujuy en 1983. Es profesor en Letras y Artes Visuales. Publicó los poemarios Libro de lluvia, 1° premio provincial Néstor Groppa (Sec. de Cultura de Jujuy, 2015); Casa rodante, 2° premio en el II Certamen Literario Provincial (Sec. de Cultura de Jujuy, 2019); y 3-70, 1° premio Concurso Regional 2022, organizado por la Secretaría de Culturas de La Rioja (Falta Envido & Plano Editorial, 2024). Su cuento Cortaplumas fue finalista del Premio Nacional de Cuentos de Amor Silvina Ocampo, y forma parte de la antología Amé dieciocho veces pero recuerdo sólo tres (Biblioteca Nacional, 2022). En 2023 publicó la novela Una canción punk con Antipop Editorial.
Los que leyeron este relato, opinaron...

Narrar la realidad

Excelente relato. La crudeza descarnada que usa el narrador para contar una situación cada vez más repetida, me pareció magnífica.

No hay «adornos» que distraigan, sólo aparecen las vicisitudes que debe atravezar una familia para poder vivir tapados por el agua.

MARIA Teresa Espona