Ventana al cielo

Llegaron de noche, no fue un problema, la dueña, solícita, los fue a buscar al aeropuerto. La ruta subía y bajaba mientras ellos ensayaban algunas palabras de cortesía en un inglés que todavía se les escatimaba.

La habitación, muy acogedora, sobre todo por la abundancia de agua caliente que ofreció un baño casi tan amplio como el cuarto, fue el preámbulo necesario a la búsqueda de un sitio para comer. El viento helado soplaba desde el mar. La luna apenas iluminaba la espuma que casi les alcanzaba los zapatos. Lo que en verano seguramente era una fiesta de luces, bullicio y aromas, esa noche de enero se mostraba oscuro, tenebroso. Él estaba molesto por la precariedad del momento, ella, siempre deseosa de aventuras, disfrutaba el contratiempo. 

La costanera terminó abruptamente en una gran roca, una pared en medio de la nada, apenas horadada por las olas que rompían una y otra vez en su costado. La rodearon con cuidado, y como bien les habían indicado, allí, a unos metros estaba el único local abierto. Fue un poco como en las películas, traspasaron la puerta y las luces se encendieron para darles la bienvenida. Dos perros se colaron entre sus piernas, una camarera mezclaba inglés y griego en un intento de echar a los animales y de invitarlos a ellos a pasar al mismo tiempo. Entraron los cuatro.

El lugar era inmenso, y ellos los únicos comensales. La música, suave, sugería el susurro, pero eligieron el silencio. La comida estuvo bien. El regreso a la habitación fue apenas interrumpido por la insólita aparición de un caballo atado a un árbol y un pequeño perro acurrucado en su lomo. Ella se acercó, ni el perro ni el caballo se movieron. 

La noche pasó demasiado rápida. Amaneció domingo, frío y soleado. El autobús pasaría en media hora para llevarlos al centro. Pasó una hora y un poco más, pero del autobús, nada. Una mujer con cara de sueño les indicó dónde alquilar un auto. Allí fueron. Una cortina metálica y un candado doble los obligaron a dar la vuelta.

—El encargado fue a una boda, no creo que regrese hasta tarde, es el padrino —creyeron entender de la explicación que dio un vecino sin abrir del todo la puerta.

Ella se acordó de un capítulo de Dimensión desconocida, una serie de los setenta. Los protagonistas no lo sabían, pero iban y venían por las calles de una maqueta que alguien de otro mundo había dispuesto para ellos, nunca llegaban a ningún lado. 

Pero ellos sí llegaron, la dueña se movilizó para llevarlos a Fira. Lenguas varias y negocios abiertos desmintieron una posible imagen de argonautas anacrónicos. Ya acomodados en su recuperada etiqueta de turistas, se dispusieron a recorrer Santorini protegidos en los mullidos asientos de un auto de alquiler. El intenso turquesa del Egeo, las cúpulas azules y el blanco de las paredes recortadas en la negrura de las rocas volcánicas, les hizo olvidar, en pocos minutos, el desconcierto inicial. Pero la magia, la verdadera magia, los envolvió cuando, después de estacionar el auto en una pendiente, un laberinto de callejuelas los guió hasta las puertas del cielo. La realidad se desdibujó hasta desaparecer. Eran ellos y la maravilla absoluta. 

Un gato se acercó sigiloso haciendo equilibrio sobre uno de los muros, su presencia rompió el hechizo. Sin prestarles atención, el animal bostezó, se estiró y se acomodó cara al sol como señalando la meca. Ella la vio a lo lejos, la fortaleza era imponente. Quedó impactada. Una multitud de historias de cuando niña se desplegaron generosas ante el descubrimiento. Se imaginó viviéndolas. 

“Se lo conoce como Castillo bizantino pero es el Kasteli de Agios Nikolaos”, escuchó atrás suyo en un español apenas torneado por un acento exquisito. La voz, grave, aterciopelada, la horadó suavemente. Buscó la mirada de él como para protegerse pero él no estaba. Se dio vuelta. “Vivió su esplendor en la Edad Media, era uno de los cinco castillos de esta isla tan pequeña; fue con el terremoto de mediados del siglo pasado que cayó parte de él al mar. Cuenta la leyenda que allá abajo creció otro imperio”, continuó un hombre joven de ojos oscuros y sonrisa amplia mientras acariciaba con displicencia al gato. Ella sonrío a modo de  agradecimiento y caminó unos pasos para alejarse, para disimular la extraña sensación que le recorrió el cuerpo.

Él volvía apurado, había ido al baño, le había avisado, cómo podía estar siempre tan distraída. La recriminación lo ocupó todo. Él no miró ni al hombre ni al gato. Le dijo que había un café muy bonito al borde del paisaje. Ella solo quería llegar a la fortaleza. Él estaba molesto y cansado. Atrás de ellos, el hombre sostenía la sonrisa y las caricias.   

—Voy hasta allá y vuelvo— se empeñó en convencerlo.

—Son solo ruinas. Están muy lejos.

—No, vos esperame en el café, descansá, yo voy corriendo.

El hombre joven dejó de acariciar al gato que maulló protestando el abandono. Ella emprendió el camino intuyendo la compañía. 

El sendero subía y bajaba. En cada vericueto se develaba un nuevo secreto, el enorme portal de una pequeña iglesia, las aspas de un viejísimo molino, un campanario, un gato blanco, otro negro. Llegó a la fortaleza agitada, feliz. Miró en derredor, ningún hombre joven de ojos oscuros y sonrisa amplia. La falda no la ayudaba a subir, la anudó para ceñirla al cuerpo. Escaló arañándose un poco las manos. El muro se ofrecía sólido, el mar inmenso. Se asomó al abismo. Cerró los ojos, el viento le susurraba la historia que el hombre de voz aterciopelada había dejado trunca. Casi percibió el desmoronamiento, la piedra rota, el estallido, el hundimiento. ¿Cómo sería dejarse caer? Siempre la había seducido el vértigo.

Faltaba para el atardecer, la atracción más bella de esa parte de la isla. Todavía no había demasiada gente. Subió otro tramo, necesitaba sentirse libre, poderosa en su soledad, en su deseo. Allí estaba él, el hombre joven portador de misterios. 

Un arco de piedra les ofreció un recoveco. Ella apenas se dio cuenta cuando su boca, sus manos, su sexo, se dejaron llevar por el encantamiento como si fuera un cuento. 

Biografía

Claudia Irene Vespa, docente y coordinadora de talleres argentina. Conductora del programa radiofónico “Lluvia de palabras” en la emisora virtual valenciana Russafaradio. Publicaciones: De ilusiones también se vive (2023) Con M de Mujer, en coautoría La crónica: entre dos mundos (2018) Editorial Académica Española, Narrarse-se: la autobiografía en el taller de escritura (2009) Proyecto Editorial Buenos Aires y Encuentros -Lecturas para jóvenes y adultos- (2005) Editorial Sudamericana. Para niños En viaje, Un cuento y un viaje, Las aventuras de Helena, Gael y su monstruo preferido, El cuento secreto de Lara, Júlia bebé, Aina y los dinosaurios (2020/2024) Amazon.
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