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Lo que le pasó al Alsogaray

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Sinopsis

Cuando la realidad pierde el sentido, la ficción se convierte en la alternativa lógica a la locura. Lo que le pasó al Alsogaray presenta una colección de cuentos que exploran los conflictos de nuestra naturaleza a través de transformaciones, fantasmas, objetos mágicos, pactos y sueños que se vuelven pesadillas. Con un tono que transita entre la ironía, el humor ácido y la reflexión, estas historias -algunas de ellas, merecedoras de premios de literatura internacionales- ofrecen, desde una perspectiva fantástica, una mirada fresca, vital sobre lo que nos rodea.


A Mariana, quien sabe acompañarme a soñar despierto.


¿Qué es la vida?: una ilusión,
una sombra, una ficción.
PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA, La vida es sueño

Resoplando y con el pecho empapado de sudor bajo la camisa abierta, el pibe Farías clavó la pala en el barro del fondo del pozo, y sacó del bolsillo un paquete de Philip Morris.
—Ya debemos llevar varios metros, don ―dijo el pibe.
—Llevaremos unos seis. —Apoyado en la escalera de mano que se habían traído en la Chevrolet Apache, Alsogaray le metió un trago a su petaca de Bols. Se restregó el descolorido escudo de Independiente de Avellaneda que, enmarcado por una diabla bien tetona y vestida con la casaca del club, llevaba tatuado en el pecho. Miró hacia arriba, entrece-rrando los ojos: a esa hora, el sol caía a plomo en medio del campo y penetraba en lo profundo del pozo—. Seis metros y medio, ponele. —Y el viejo se mandó otro trago de ginebra.
―Y ni rastros del agua, eh. Puro barro. Maldita esa horqueta suya.
Alsogaray cerró la petaca y se pasó el dorso de la mano por la boca.
—La horqueta no se equivoca nunca, pibe. Es el agua, que a veces se hace rogar.
―Cinco jornales nos hemos pasado paleando, don. —Farías arrojó la colilla y cazó la pala―. Más le vale que pronto se deje ver.
Más le vale, pensó Alsogaray, rascando con el pico las paredes del pozo: a esa profundidad, las capas de tierra, ceniza volcánica y sedimen-tos iban alternándose en un hojaldre que se desprendía no bien lo tocaba.

Cada vez que se acercaba a aquellas paredes, el olor a tierra húmeda le traía el recuerdo del loco Benegas, sepultado vivo en aquel desprendi-miento de hacía tantos años.
—Pasame un puntal, pibe —dijo.
Farías le alcanzó uno de los perfiles de álamo que iban extendiendo de un lado a otro del pozo, precisamente para evitar el derrumbe. Mien-tras colocaba el perfil, Alsogaray podía notar cómo, a aquella profundidad, la presión de las paredes lo hacía pandearse.
—Puta madre… —murmuró, preguntándose quién carajo lo man-daba a aceptarle al gringo Di Natale aquel laburo insufrible. Pero a la vez, ¿qué opción tenía? El hambre apretaba, y, si no hubiera sido por esa changa de mierda, habría terminado en la mismísima mierda y co-miendo mierda.
Todo había comenzado hacía un par de semanas, cuando el gringo Di Natale se apareció en un reluciente Torino en el callejón de Alsoga-ray. Aunque se empeñara en curtir un aire de mafioso —siempre de traje, con su habano y su inseparable gorila, que le hacía de chofer—, en el fondo Di Natale no era más que un busca. Pero un busca con buena estrella, eso sí. De chico había sabido venderles rifas a los empleados de la Municipalidad, y ya más grande se puso una mesita a la salida del Banco Provincia, con cartones del Quini 6 y del Telekino. Un par de veces, sus compradores sacaron premios relativamente gordos, y el gringo se fue haciendo fama de traer buena suerte: los días de pago, la Lo que le pasó al Alsogaray Resoplando y con el pecho empapado de sudor bajo la camisa abierta, el pibe Farías clavó la pala en el barro del fondo del pozo, y sacó del bolsillo un paquete de Philip Morris. —Ya debemos llevar varios metros, don ―dijo el pibe.

—Llevaremos unos seis. —Apoyado en la escalera de mano que se habían traído en la Chevrolet Apache, Alsogaray le metió un trago a su petaca de Bols. Se restregó el descolorido escudo de Independiente de Avellaneda que, enmarcado por una diabla bien tetona y vestida con la casaca del club, llevaba tatuado en el pecho. Miró hacia arriba, entrece- rrando los ojos: a esa hora, el sol caía a plomo en medio del campo y penetraba en lo profundo del pozo —. Seis metros y medio, ponele. —Y el viejo se mandó otro trago de ginebra. ―Y ni rastros del agua, eh. Puro barro. Maldita esa horqueta suya. Alsogaray cerró la petaca y se pasó el dorso de la mano por la boca. —La horqueta no se equivoca nunca, pibe. Es el agua, que a veces se hace rogar.

―Cinco jornales nos hemos pasado paleando, don.

—Farías arrojó la colilla y cazó la pala

―. Más le vale que pronto se deje ver. Más le vale, pensó Alsogaray, rascando con el pico las paredes del pozo: a esa profundidad, las capas de tierra, ceniza volcánica y sedimen- tos iban alternándose en un hojaldre que se desprendía no bien lo tocaba.

Cada vez que se acercaba a aquellas paredes, el olor a tierra húmeda le traía el recuerdo del loco Benegas, sepultado vivo en aquel desprendimiento de hacía tantos años.

—Pasame un puntal, pibe —dijo. Farías le alcanzó uno de los perfiles de álamo que iban extendiendo de un lado a otro del pozo, precisamente para evitar el derrumbe. Mien- tras colocaba el perfil, Alsogaray podía notar cómo, a aquella profundidad, la presión de las paredes lo hacía pandear se.

—Puta madre… —murmuró, preguntándose quién carajo lo man- daba a aceptarle al gringo Di Natale aquel laburo insufrible. Pero a la vez, ¿qué opción tenía? El hambre apretaba, y, si no hubiera sido por esa changa de mierda, habría terminado en la mismísima mie rda y comiendo mierda.

Todo había comenzado hacía un par de semanas, cuando el gringo Di Natale se apareció en un reluciente Torino en el callejón de Alsoga- ray. Aunque se empeñara en curtir un aire de mafioso —siempre de traje, con su habano y su inseparable gorila, que le hacía de chofer —, en el fondo Di Natale no era más que un busca. Pero un busca con buena estrella, eso sí. De chico había sabido venderles rifas a los empleados de la Municipalidad, y ya más grande se puso una mesita a la salida del Banco Provincia, con cartones del Quini 6 y del Telekino. Un par de veces, sus compradores sacaron premios relativamente gordos, y el gringo se fue haciendo fama de traer buena suerte: los días de pago, la gente hacía cola a la salida del Provincia para comprarle un cartón, y en poco tiempo Di Natale llegó a abrirse una agencia oficial de lotería. Por aquel entonces corrían rumores que ponían en duda la legalidad de su licencia de apuestas, y también se decí a que lo tenían marcado y que lo iban a reventar en cualquier momento. Fue entonces que Di Natale le puso rejas y vidrio blindado a la agencia, y empezó a andar por todos lados con un revólver al cinto y el Yogui, su “chofer”, cubriéndole las espaldas. Pronto el Yogui debió abandonar su rol defensivo para pasar a la proactividad. Porque Di Natale, en su generosidad estratégica, no le ne- gaba el fiado a nadie. Y como en su libreta de morosos ya figuraban varios nombres, y él no estaba dispuesto a perder pl ata, alguien debía instar a los deudores a que regularizaran su situación. Y ese alguien era el Yogui. Aquel animalito no necesitaba repetirles a los deudores que, si no pagaban urgentemente, les iba a arrancar una por una las uñas de los pies, y que encim a iba a obligarlos a tragárselas una por una: enseguida conseguían la plata fuera de donde fuese, con tal de saldar sus créditos. Tan efectivo resultaba el método de cobro del gringo, que algunos de sus conocidos le pidieron ayuda para cobrar deudas incobrables. Y él aceptaba prestarles al gorila a cambio de un porcentaje de la deuda. Así, el negocio del gringo derivó en las cobranza s. Y con los años terminó abarcando los rubros que ya todos conocían: carreras de caballos, peleas de box a puño desnudo, remates inmobiliarios.

El caso es que, un buen día, aquella suerte de magnate municipal que era el gringo Di Natale había golpeado a la puerta del rancho donde malvivía Alsogaray. —Según los ingenieros —dijo, con el habano a un lado de la boca — , en Cerro Negro las napas ya están secas. Pero mis muchachos me contaron de usted, maestro. —Y qué le han contado —preguntó Alsogaray, que ya sospechaba por dónde vendría la cosa. —Dicen que usted sabe encontrar el agua debajo de la tierra, que es un zahorí. —Ya no quedan zahoríes —lo cortó Alsogaray —. Se perdió hace mucho el oficio. Estaba harto de repetírselo a los metiches que le salían preguntando. Por otro lado, no mentía: él era el único del pueblo que conocía aquella ciencia, y la había heredado de su padre. Pero desde el día en que él mismo vio cómo un pozo se derrumbaba y sepultaba al loco Benegas, que en paz descanse, juró por la tumba de su compañero que jamás vol- vería a buscar agua. Entonces sobrevino la peor época, y en poco tiempo Alsogaray perdió la finca, la mujer, los hijos. Y se habituó al trago. Y , en los largos años de miseria y borrachera que habían pasado desde entonces, debió ganarse la vida de mil maneras. Pero nunca había vuelto a buscar agua.

—Mirá, Alsogaray —insistía Di Natale —: son cincuenta hectáreas, y ya les tengo unos compradores. Los tipos traen muy buena plata. Quieren hacer un hotel.

—¿En Cerro Negro, un hotel?

—En Cerro Negro. El tema es que allá no llega el agua potable: hay que sacarla de un pozo.

—Yo hace mucho que dejé de buscar agua, don Di Natale.

—Mirá que te puedo pagar bien —dijo Di Natale, sacando del bolsi- llo del saco un fajo de billetes de cien

—. Eso sí ―lo estudió de arriba abajo―: me tenés que laburar más sobrio que una carmelita descalza. ¿Estamos? Gringo hijo de puta, pensó Alsogaray, meneando la cabeza. No llevaba más que veinte pesos en el bolsillo, y sólo le quedaba una lata de picadillo en la alacena, y un atado de cigarros en la cómoda. Secar la yerba de ayer al sol era un hábito para él, y ya no recordaba la última vez que había tirado un churrasco e n la parrilla. Fue como si hablara su estómago:

—Y usted para cuándo lo quiere.

—Para dentro de una semana, Alsogaray.

—Llevan su tiempo esas cosas.

—Ya te dije que te lo voy a pagar bien.

—Di Natale agitó en el aire el fajo de billetes

—. Y muy bien.

—Cuánto pagaría —preguntó Alsogaray, hipnotizado con los billetes.

—Cinco lucas. ¡Cinco lucas! Con lo bien que le vendría esa platita para saldar la cuenta del almacén. Y hasta le iba a quedar un resto: no mucho, lo suficiente como para comprarse una camisa, tal vez un Wrangler, y pegarse una vuelta por la whiskería. Y aunque hacía año s que la horqueta de olivo de su padre, aquella con la que solía buscar el agua, dormía olvidada en algún rincón del rancho, Alsogaray se dejó ganar por la corazonada: debía sacarla y volver, como antes, a caminar con ella el suelo. Y como antes, la horqueta lo guiaría hasta el punto donde debería excavar el pozo.

—¿Paga por adelantado?

—Mitad ahora

—Di Natale le puso el fajo de billetes en la mano —, mitad después.

—Meta.

—Eso sí, Alsogaray —dijo el gringo, con el gorila ya abriéndole la puerta del Torino —: si no encuentra el agua, me devuelve la mitad, ¿estamos?

—Estamos —replicó él, acariciando los billetes que ya se había encanutado en el bolsillo.

Y al día siguiente, Alsogaray y Farías habían recorrido en la destartalada Apache —cargada de palas, aparejos, baldes, sogas y azadones — los diecisiete kilómetros que mediaban entre el pueblo y el terreno que el gringo Di Natale les había señalado.

—¿Está seguro de que es acá? —Segurísimo. Me conozco la zona de memoria. Cerro Negro: un pedregal de origen volcánico en el que a duras penas brotaban las jarillas y los coirones. ¿A quién se le ocurriría plantar un hotel ahí? Cosas de ricos, pensaba Alsogaray, mientras iba descargando las he- rramientas. —Vení, pibe —dijo, sacando la horqueta de olivo de detrás del asiento de la Apache —. Te voy a enseñar algo. Y, con Farías siguiéndolo de cerca, se puso a recorrer el terreno: sos- tenía la horqueta frente a él, siempre con la punta adelante. Había quien usaba varillas de cobre o un péndulo para hallar los acuíferos; pero él, siguiendo una tradición de generaciones , sólo necesitaba aquella hor- queta de olivo, la que su padre le había legado. Tantas veces había acompañado a su viejo en aquel ritual, y ahora le tocaba a él enseñarle los secretos al pibe Farías. —Hay que ir prestándole atención al palo —explicaba, mientras iban trazando círculos que se ensanchaban desde la Apache —. Fijate, fijate cómo se movió la punta por acá. —No joda con esas cosas, don Also. —Farías abría grandes los ojos—. ¿No la estará moviendo usted? —Pero no seas huevón. Mirá: acá la punta se va inclinando hacia arriba. —Que lo parió.

—Pasame una estaca, pibe —dijo Alsogaray, atento a la horqueta, que justo en ese punto se alzaba en vertical. Una vez puesta la estaca en el suelo, marcaron una circunferencia. Se mandaron unos mates con Criollitas y paté, y arrancaron a puntear los bordes del pozo. Después fueron haciéndolo cada vez más profundo. Y así se habían pasado la semana los dos, maestro y aprendiz: des- gastando a paladas aquel suelo yermo, extrayéndole del útero baldes y más baldes de tierra y piedra. Sin tregua. Pero el agua no aparecía.

—Esto se va poniendo cada vez más espeso, don.

—Farías removió el barro con una bota.

—Es un suelo muy arcilloso. Agua hay, pero no acá. Más abajo. Pero el problema no era el más abajo ni el más arriba ni la arcilla, y él lo sabía muy bien. El problema era la misma tierra, era la piedra que se cerraba, era su puta mala suerte. Con lo que necesitaba encontrar el agua, con la falta que le hacían esas ci nco lucas ―que a esa altura eran sólo dos lucas y media, porque al adelanto del gringo ya se lo había patinado en vino, cigarros y putas.

—¿Faltará mucho?

—El agua sabe aparecer a los siete metros.

—Alsogaray sacó la bo- tellita de Bols y se mandó un trago.

—¿Está buena, don? La ginebrita, digo.

—Ya te he dicho, pibe: mantenete alejado de esta porquería.

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