Charquito

El padre de Mara murió después de agonizar un buen tiempo. Fuimos. Estábamos alrededor de una mesa abarrotada. Ella deambulaba acomodando objetos. La Peti, sentada en la cabecera. Mis ojos se clavaban en el charquito, teñido por el rímel, que colgaba de sus patas de gallo. En su mirada vidriosa observé una decoloración amarillenta: estaba mal del hígado. La bisutería tosca de níquel añejo, más los pelos rubios enmarañados, le daban aire de una vedette retirada.

—Es como te digo —dijo La Peti—. Yo presentía, sabía que esto iba a pasar. Te cuento: ayer me estaba bañando y de repente se abrió la puerta. Pregunté: «¿Horacio, ya volviste?». Pero nadie me contestó. Después siento: pum. La puerta se cerró. Y sí, nene, era él, despidiéndose. El papá de Mara. Cuando Horacio volvió le dije: «¡Ay! Negro, andá a la clínica, algo terrible acaba de pasar». Y se fue para allá. ¿No, nena?

—Sí, es verdad —contestó Mara mientras doblaba un mantel—. Quedé helada cuando apareció Horacio.

—Hoy a la mañana vi una sombra blanca. Y ahí dije: ¡lo peor de lo peor!

Clavó la mirada en el techo de madera. Silencio.

Caro agarró con timidez una factura. Murmuró algo bajito que no pude captar. Claudia hizo un ademán seco.

—Tengo esas cosas. Mi papá siempre está conmigo. ¡Qué padre, mi Dios! Porque padres como esos, hay pocos. 

Mara asintió mientras regaba un potus, se acomodó el pelo e hizo un bostezo.

—Tipo muy querido —continuó La Peti—, en el barrio todos lo adoraban. Murió en el 94 y todavía se acuerdan de él; era un líder.

En ese momento apareció Rodo, el marido de Mara.

—Ese viejo era un hijo de puta, jodón. Cuando íbamos a pescar era terrible. Se escondía para fumar. Se rio fuerte mirando a Mara, que no levantaba los ojos del mantel que acariciaba.

—¿Me traés el apresto? —le pidió ella sin mirarlo y con voz monótona.

Él obedeció.

Con el índice hacia arriba, La Peti siguió:

—No todos los padres son tan perfectos. Por eso algunos los olvidan, pero mi papá era el mejor del mundo, como el de Mara. ¡Qué padres, por Dios!

Se paró y se apoyó en la pared. Mara cruzó la habitación y le dio un breve abrazo. Rodo apretó los labios y se juntó con ellas. Mara se fue hacia una cortina gruesa y la comenzó a acariciar.

Antes de irse al cuarto contiguo, Rodo pateó al perro sin querer. El caniche chilló y se metió debajo de la mesa rengueando. Claudia se asustó; él pidió disculpas con la mano. Caro agarró al perro y le hizo unas caricias; el perro le lamió la cara y ella lo devolvió abajo de la mesa.

—Yo tengo sus cenizas en un jarrón —arremetió La Peti—. ¡Bah! Como les digo siempre, está conmigo. Ahora hace bastante que no viene, pero si lo extraño, lo invoco y aparece.

Mara, mientras se acomodaba en la silla, soltó una pequeña risita; acompañamos. Rodo, desde la habitación de al lado, se burlaba. Disparamos comentarios cruzados: «Esto es muy fuerte», «lo invocó, claro», «estás medio chapa». Claudia se reía, espantó unos bichitos voladores.

La vedette continuó:

—Está conmigo todo el tiempo. Lo tengo en un jarrón, que está arriba de una estufa. Si extraño, la prendo. Y cuando el jarrón se calienta, me doy vuelta y me froto.

Escupí sin querer una carcajada, pero ella continuó:

—¡Ay! ¿Cómo te explico? Siento que me agarra de atrás y me abraza. Como cuando era chiquita. —Se secó los ojos, pero vi que el charquito se aferraba.

No quería mirar a Caro; la tenía en diagonal. Intuía que se estaba mordiendo los labios, aguantando la risa. Su papá había muerto unos meses antes. Cuando el tema aparecía ella cortaba con un chiste negro, pero terminaba riéndose con los ojos extraviados.

—Bueno, yo no sé cómo eran tus papás, nene —me preguntó La Peti.

—Todavía los puede disfrutar —dijo Mara—, son muy jóvenes. Todavía no vivió esa experiencia, si no te pasa no sabés cómo es.

Mara olía unas botellitas que estaban en una mesa de madera. Asentí.

—No, nena, yo no quiero que se me pase, yo quiero que siempre esté conmigo. Es más, al psiquiatra lo mandé a la mierda —dijo subiendo un poco el tono de la voz—. Le dije: «Usted no sabe lo que yo siento, usted no tiene ni idea de lo que quería a mi papá; a mí esto no me lo saca nadie, yo no quiero que me arreglen». —Se abrazaba a ella misma y aspiró unos mocos líquidos que asomaron.

Cruzamos miradas; encogimos los hombros. Fue un pacto tácito. Mara se acercó a Claudia, le besó la cabeza y le sacó una pelusa del hombro.

—Estás medio loca igualmente —le dije con media sonrisa.

—Sí, pero no quiero que me arreglen, a mí me hace bien esto.

La escuchaba sordo. Viajaba por el cuarto: miraba las facturas, un poquito de dulce de leche se había mezclado con la pastelera, algunas moscas chapoteaban y volaban. Dos mates celestes, uno en mi mano, apreté los dedos y lo sentí, era frío. El tatuaje sobre la piel morena de Caro, el termo de color rojo oscuro, una verruga en el cuello, el caniche que se acercaba: tímido con ojos negros y profundos, una cortina entornada, el murmullo de la lluvia.

—Créeme que es así —me dijo—, pero bueno, hasta que no lo vivas, no vas a saber… Me pueden taladrar la cabeza, me pueden abrir el cerebro pero esto no dejo que me lo quiten.

Claudia hizo un gesto pidiendo un mate. Mara se acariciaba suave la mano derecha. Rodo espiaba desde el otro cuarto, escondido detrás de la cortina. La Peti se sentó con esfuerzo. Caro tenía la mirada baja, clavada en el mantel.

Cerré los ojos.

Cuando los abrí, La Peti me miraba. Le sonreí. Y los volví a cerrar.

Biografía

Manuel Barros tiene 43 años y nació en la ciudad de Buenos Aires. Es padre, actor de teatro y escritor de narrativa breve. Su obra explora lo cotidiano, la tensión en los detalles y el absurdo de las relaciones a través del realismo sucio.
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