Flamas- La crónica Florentino.

En la seguridad de los brazos de mi padre, con apenas cinco años, vi como las flamas consumían las casas a pocas cuadras del lugar donde vivíamos. Las llamaradas las cubrían creando un frente de fuego, allí dónde la calle Orden se corta con la Callao. Escuchamos las explosiones y salimos a ver, eran más de las doce de la noche, noche fría de mayo, papá me envolvió con una frazada antes de dirigirse hacia la puerta seguidos por mamá. Lo que recuerdo con nitidez es el calor que me golpeaba el rostro y la preocupación de mi madre que, en voz alta, dijo: “Espero que el viejo no esté de guardia esta noche”.  Sí, lo estaba, el abuelo Florentino era sereno en el Puerto La Plata.

Repetiré lo que nuestro viejo nos contó en varias oportunidades, agregando detalles en cada ocasión. Lo hizo desde ese momento y no dejó de hacerlo hasta su muerte, cuando yo era una adolescente. Sumaba recuerdos, imágenes y sensaciones que su mente iba soltando de a poco; además de los datos que otros testigos le revelaron a él.  Hechos y circunstancias que se incorporaron al relato, durante los ocho días en que los bomberos trabajaron para poder controlar por completo la situación. 

Antes que nada les aclararé que en realidad las casas de la calle Callao no se incendiaron. Era tal la magnitud del siniestro en el puerto La Plata que el fulgor cubría la visión de las edificaciones, que se encontraban en ese momento a oscuras, por eso estas parecían envueltas en las llamas. Dicho esto, mi abuelo lo relataba así:

“Seis de mayo, sí fue el 6 de mayo de 1968; a propósito, fue año bisiesto. Apenas comenzaba ese lunes. 

Mi turno lo había iniciado el domingo a las ocho de la noche, doce largas e impensadas horas me esperaban. Comentamos las novedades con Pedro, un joven muy entusiasta a quién relevé, tomamos un par de mates y se fue, todo tranquilo, normal. Un rato después salí a hacer mi primera ronda.

Escuché el silbato del tren llegando a la estación del puerto después haber pasado por la de Destilería, por lo tanto ya eran las once y media, el ferrocarril era puntual en aquel entonces. Pensé en los cadetes que solían viajar en ese horario con destino a la Escuela Naval Militar, volví a sentir un poco de envidia,  ya saben que siempre quise ser de la fuerza, pero bueno, la vida… Después de escuchar el pitido largo, indicando que el tren volvía a ponerse en marcha, decidí salir a hacer otro recorrido. Hacía mucho frío y me levanté las solapas del sacón azul de paño, empuñé firme la linterna y caminé de punta a punta mi sector. En un momento la luz dio con un gato que comía una rata, él me miró sin sorpresa y siguió con su cena. Me acerqué al agua y alumbré la superficie oscura, por momentos las pequeñas olas que se formaban tenían colores brillantes, siempre hay petróleo flotando, es lógico. Encendí un cigarro sin temor.

Al aproximarme a la posición donde estaba amarrado el Perito Moreno, a la espera de su carga, escuché murmullos y levanté mi linterna. Desde la cubierta me saludaron un par de muchachos, no me di cuenta quienes eran, y eso que conozco a casi toda la tripulación de ese buque. Respondí al saludo y recorrí con mi luz los ciento setenta metros de su eslora, enorme como casi todos los buques tanques que transportan combustibles. No dejan de sorprenderme, y pensé cómo pueden los pequeños remolcadores desplazar semejantes moles por los canales de navegación. Esa noche estaban el Regidor y el Madrugador de guardia como yo. 

Recuerdo que seguí caminando hacia la cabecera del puerto, saludé a un par de conocidos que trabajaban en la carga del Islas Orcadas, entre ellos a Juan Carlos a quién palmeé en la espalda, y me alejé.  Un poco más adelante alumbré hacia el otro lado del Dock Central, hacia el oeste a Ensenada. Esperaba que el haz de luz sea visto por mi compadre Julián que hacía el mismo trabajo que yo en la vereda en enfrente, por decirlo así. Berisso y Ensenada separados por el canal de acceso, al igual que la isla Paulino y la isla Santiago, pensar que construyeron todo este puerto a pico y pala, ¡imagínense qué laburo!

Llegué casi hasta el alambrado que separa la zona portuaria de la calle Baradero. Nadie pasaba por allí en ese momento, dirigí la luz de mi linterna hacia el frente y me detuve en los detalles de la torre de la vieja usina hidráulica, cerrada unos cinco años atrás. Me da pena ese edificio desperdiciado, espero que se reactive algún día. Alguien me saludó, y le devolví el gesto a un cabo de la Prefectura Naval que también hacía su guardia de rutina.

Ya había pasado casi una hora de caminata y el frío me hizo pensar en la botellita de grapa que escondía en mi tambucho.  Así le digo a esa caja, siempre bien cerrada con candado, donde guardo mis cosas: mate, yerba, el termo y mi aguardiente. Pegué la vuelta y me dirigí hacia la casilla  que tenemos los serenos, al trotecito, me estaba helando. Pasé de nuevo junto a los dos buques petroleros, sin detenerme ni prestar atención a los que trabajaban en el lugar. Faltaba poco para llegar a mi tan ansiado trago cuando alguien me alcanzó y riendo me dijo: “te acompaño, sé cuál es tu intención”. Era Julián, mi compadre, no había trabajado ese domingo ya que era su día franco, pero por costumbre de hombre solitario y sólo para acortar su noche había caminado hasta Berisso después de cenar. Ya había estado charlando con varios de los muchachos del puerto de este lado del Dock central, cuando me vio a lo lejos se dirigió hacia mí. Habían pasado apenas veintiséis minutos de ese espantoso lunes cuando llegó a mi lado.

Vibré, temblamos los dos, todo, todo se estremeció con la primera explosión. Julián me dijo algo que no alcancé a comprender del todo y salió corriendo, hacia el fuego. 

Juan Carlos… Giulaci o algo así es su apellido, él la pudo contar, a mí y a todo el mundo, hasta por televisión salió relatándole lo que vio a Julio Lagos, el periodista. Juan Carlos es personal de tierra de Y.P.F. y esa noche estaban trabajando junto a sus compañeros en el Islas Orcadas, donde todo comenzó. Dijo que acababan de terminar de cargar nafta super, calculo que fue un momento después de que yo pasara junto a ellos, luego cerraron las válvulas y se dirigieron a buscar unas llaves para desconectar las mangueras. En ese momento sintieron o vieron como un resplandor que les hizo sospechar que algo terrible pasaba, así lo contaron y así fue. Cuando volvieron a salir vieron un arco de fuego que se extendía desde la popa a la proa del buque, de esa forma lo describió Juan. Obvio que salieron corriendo a ponerse a salvo. Minutos después explotó el barco.

Las lenguas de fuego, de más de cien metros, alcanzaron a dos barcos petroleros más, el Fray Luis Beltrán que estaba en posición de carga, en frente, en Ensenada, con un millón y medio de litros de fueloil en los tanques. Este, que también explotó, se separó del muelle partiéndose en dos. Además reventó el Cutral Có que acababa de desembarcar el petróleo crudo que había traído desde Comodoro Rivadavia, ubicado del lado de Ensenada como el Beltrán. La primera explosión me aturdió, había quedado clavado al piso por unos interminables minutos. El viento caliente de los incendios me ardió en el rostro y desperté, espantado me dije que no era una pesadilla y tambaleando me moví unos metros. Las piernas no me respondían al principio, dudé hacia dónde dirigirme, llamé a Julián. En ese momento recordé que él había salido corriendo hacia lo peor del desastre. “¿Qué me dijiste, compadre, no te entendí?” Comencé a ver a los muchachos de la prefectura y a los bomberos de guardia dirigirse hacia el siniestro. Gritos, órdenes, corridas, sirenas y flamas. Era una escena infernal, eso nadie me lo contó, estuve allí, desesperado, pensando en todos los que estarían quemados o muertos. 

Me puse a disposición para lo que fuera, pero obviamente los bomberos son los únicos que saben cómo se debe actuar, solo fui un testigo horrorizado. Me limité a impedir el paso de algunos curiosos, de los que nunca faltan, que saltando alambrados se arriesgaban a ser consumidos por el fuego o partidos en pedazos. Hice valer mi puesto de sereno y ello mitigó los temblores de mi cuerpo.  

Con cada explosión volaban pedazos de los barcos por los aires. En una de ellas salió expulsado un pedazo del Cutral Có que terminó sobre las vías del tren, pasando por encima de unos galpones. Según me dijeron era una de las calderas la que salió despedida y cayó en tierra a unos veinte metros. Volví a pensar en los cadetes que minutos atrás habían pasado por ese lugar. Aparecieron partes de los buques a muchos metros del canal, incluso sobre las casas más cercanas, dejándolas muy dañadas. Piensen que la primera zona poblada de Ensenada es el barrio Campamento que está a apenas unos trescientos metros del puerto. Otro dato que marcó la magnitud de las explosiones fue que frente a este barrio, del otro lado del canal, en la hoy histórica calle Nueva York de Berisso, explotó el horno de una panadería que en ese momento ya estaba encendido, dejando varios empleados heridos y con quemaduras.

Prefectura Naval se encargó de que los remolcadores, ya les dije que esa noche estaban Regidor y Madrugador, sacaran a otros buques de la zona del desastre. Entre ellos se llevaron al Perito Moreno, uno de los que estaba en mi zona de vigilancia, que fue remolcado hasta el Astillero Río Santiago. Después supe que el buque tanque Comodoro Rivadavia, cargado con un millón de litros de aeronafta fue puesto a salvo en la rada, al igual que el Pueyrredón. Y según me contaron, el pequeño Ministro Lobo, de apenas ciento siete metros de eslora, fue remolcado de la posición once al canal oeste.

Desde la ciudad de La Plata, donde también se escucharon las explosiones, llegaba gente para ver lo que había pasado y se cruzaba, en la avenida sesenta, con los que huían desde Berisso y Ensenada, por miedo y con toda razón. Además de las viviendas dañadas por las esquirlas despedidas con cada detonación, estas habían hecho estallar muchísimos vidrios de los hogares cercanos y de los no tan cercanos. En medio del caos me pareció ver pasar corriendo, entre mis pies y con el lomo ardiendo, al gato que cenó aquella rata unos minutos antes. 

Entre las sirenas de los barcos; el crepitar del fuego; los gritos de las tripulaciones; del personal de tierra; de Prefectura Naval; los bomberos y mis propios gritos; aullaban los perros a los lejos y, por momentos como en un hueco cuando un silencio infernal se producía por un segundo, se podía escuchar el murmullo horrorizado de la gente bizarra que se acercó. El olor a quemado se quedó impregnado en mí por varios días. 

El Dock Central era una laguna de fuego donde quedaron los buques, alcanzados por las llamas, partidos en dos y tres pedazos. Los diarios dirían que fue tal la magnitud del incendio y de las sucesivas explosiones que “gruesas planchas de metal se desmenuzaron y fundieron”. También describieron el final del Islas Orcadas que terminó convertido en un “informe montón de chatarra”.  

Las maniobras de los bomberos y las acciones de contingencia ante siniestros, estudiadas por todos los que estábamos involucrados, hicieron que la mayoría del personal saliera con vida. Según los informes oficiales solo murieron cuatro personas, todos pertenecientes al personal de Y.P.F., que estaban a bordo del Islas Orcadas. A uno de ellos lo conocía bien, en varias ocasiones, cuando los viajes anteriores lo traían para este puerto, bajaba a tierra y me acompañaba a desayunar en algún bar al terminar mi turno. Lo hacía por escuchar historias diferentes a las que repetían sus camaradas en las largas travesías marítimas; al entrar al agua dulce del Río de La Plata él ya pensaba en mis cuentos terrestres. Ahora es parte de esta historia que les contaré hasta el cansancio, en parte para que la memoria de Fabio Barreiro* no se pierda.

Hay alguien que no figura entre los muertos aunque tal vez lo esté. Una quinta vida perdida. No supe más de él, nadie conoce su paradero. Quizás desapareció desmenuzado y fundido entre las chapas retorcidas del Islas Orcadas. Julián había corrido hacia el fuego. O puede ser que haya huido, aterrado, torturado por su conciencia, ya que mi compadre al igual que yo, grapa de por medio, no temía encender un cigarro mirando las pequeñas olas tornasoladas por el petróleo”.

*Las cuatro víctimas fatales del incendio pertenecían al personal de Y.P.F. y eran parte de la tripulación del buque tanque Islas Orcadas. Ellos eran: Segundo Oficial Dino de la Cruz; Marinero de Primera Fabio Barreiro; Marinero Roberto Crepy; Marinero de Segunda Andrés Albany.

Biografía

Susana Irene Astellanos nació el 23 de abril de 1963 en Berisso, provincia de Buenos Aires. Escribió Las muertes de Juana (novela, 2015) y junto a Ana Semenas es coautra de Carlos Adam, el amigo (biografía 2022). Como integrante del grupo poético “Encuentros de Papel”, dos de sus escritos formaron parte de la obra Siete autores del Piemonte, su latir en nuestras letras, editada en 2018 (obra colectiva). Integra numerosas compilaciones poéticas y de narrativa, tanto en papel como digitales, por ejemplo: Papeles de la Pandemia (2020) de Letralia, tierra de letras; Letras de Porcelana, editorial Mis Escritos (2021) y Cuentos para todos en cien palabras (2023). Varias de sus obras recibieron reconocimientos en diferentes certámenes literarios.
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