Un hombre flaco al filo del silencio

Por Hernán Carbonel
“La primera persona a quien oí llamar Poisonville a la ciudad de Personville fue un zafrero pelirrojo, en el Gran Barco de Butte. Pero también cambiaba en diptongos otras erres. Y no preste atención a lo que hiciera con el nombre de la ciudad. Más tarde escuché a otros hombres capaces de vérselas con las erres pronunciar el nombre de igual manera. Aun así, no vi en ello sino un ejemplo más de ese inane donaire que suele inspirar los retruécanos de la germanía. Pero unos años más tarde fui a Personville y comprendí mejor el porqué”.
Ese comienzo pertenece a la edición de la colección Serie Negra, de Alianza Editorial, con traducción de Fernando Calleja. Ahí empieza todo: una novela, una carrera literaria, un género. La novela se llama Cosecha roja, la carrera literaria es la de Dashiell Hammett, y el género es el policial negro, hard boiled o noir.
Según la definición de su más ilustre discípulo, Raymond Chandler, Hammett fue quien extrajo al crimen del jarrón veneciano y lo arrojó al medio del callejón. O sea: lo sacó del cuarto cerrado, del relato de enigma, de las sanas costumbres de la época victoriana de Conan Doyle y compañía, y lo instaló en la sordidez de las calles norteamericanas. Hijo –como todos– de su contexto histórico, lo mejor de su producción se dio en paralelo a la crisis económica generada en EEUU por el crack del ’29.
Dashiell Hammett había comenzado a colaborar en la revista Black Mask allá por principios de los ‘20, cuando el visionario Joseph Shaw buscaba “publicar historias realistas, fieles a la verdad y aleccionadoras sobre el crimen moderno”, en revistitas pequeñas orientadas a un público de escaso poder adquisitivo, hechas con la pulpa barata de la madera (de ahí el nombre de pulp fictions que bien homenajeó Tarantino), que encerraban un lenguaje directo, sin eufemismos, uso de argots callejeros, descripciones minuciosas y diálogos breves y punzantes. En esas páginas se publicó por primera vez Cosecha roja, entre fines del ‘27 y principios del ‘28, bajo el título original de Poisonville. El juego de palabras es notorio hasta para aquellos que ignoramos el inglés: Villa Veneno. Ese es nuestro mundo de hoy, esto es lo que estamos escribiendo, esto es lo que ustedes van a leer, parecía decir Dash.
Hammett había nacido en 1894 en el condado St. Mary, al sur del estado de Maryland. Se mudó a Filadelfia y después a Baltimore. No había cumplido los catorce años cuando abandonó la escuela. Se encargó de oficios varios hasta que, en 1915, entró a trabajar como empleado de la agencia de detectives Pinkerton, que, además de sus investigaciones privadas –lo que sería una marca en el género–, llevaba a cabo tareas de inteligencia en contra de trabajadores anarquistas y socialistas y mediaba en conflictos sindicales. Fue en esos informes para los clientes de la agencia donde, dicen, depuró ese estilo claro, directo, conciso, punzante, sin grandes circunloquios. La relación entre experiencia y literatura comenzaba a gestar un caldo que se volvería plato popular y masivo.
Supo alistarse en un cuerpo de voluntarios del ejército para los últimos días de Primera Guerra Mundial. Un año después, la tuberculosis se le instalaría para siempre, para complicarlo cada tanto y hacer un dúo destructivo con un incipiente y alternado alcoholismo.
Hay un libro –autobiografía, testimonio, memorias– llamado Pentimento, publicado por Argos/Vergara en su colección Alternativa en los años 70. Está escrito por Lillian Hellman, exitosa dramaturga, guionista de Hollywood, visitante asidua de la Rusia soviética, corresponsal de la Guerra Civil Española mientras pugnaba por ayuda a la causa republicana. Hellman y Hammett tuvieron una relación marcada por los vaivenes, pero que terminaría siendo estable y duraría más de treinta años. A ella le dedicaría su última novela, The Thin Man, escrita en 1934. Ambos, además, sufrieron los apremios de su tiempo.
Después de El hombre delgado, Hammett ya no volvió a publicar. Se afilió al Partido Comunista y fue un activo militante antifascista. Pasó seis meses en prisión por negarse a suministrar información al Comité de Actividades Antiamericanas que presidía el inefable senador republicano Joseph McCarthy. Lilian también fue llamada a declarar por el macartismo, y también se rehusó a declarar en contra de compatriotas, amigos y colegas. Pasaron más de veinticinco años desde aquella novela hasta la muerte de Hammett, muchos de los cuales convivió junto a Hellman. Y no hay, aunque sería mucho más sencillo que la hubiera, una única respuesta para ese mutismo literario. “Creo, pero sólo creo” dijo Lilian alguna vez, “que conozco algunas de las razones: quería hacer un nuevo tipo de trabajo; estuvo enfermo durante muchos de esos años y cada vez se enfermaba más”.
(Imposible relegar de este recuento a Sam Spade –como el querido Philip Marlowe de Chandler, epítome del detective privado–, protagonista de la novela que inspiró ese peliculón que es El halcón maltés, dirigida por John Huston y protagonizada por un impecable Humphrey Bogart, también publicada tipo folletín en la revista Black Mask. Como tantos de su generación adscritos al género negro, Hammett supo, aun sufriendo el oficio, ser contratado como guionista en Hollywood.)
Quien mejor lo ha homenajeado en Argentina es, sin duda, Juan Sasturain. En ese imperdible cuento que es “Versión de un relato de Hammett”, donde aúna el plagio, la traducción, el homenaje, la escritura como oficio, el exilio durante la dictadura, el regreso de la democracia, cuestiones morales, existenciales, paternales, escrito cuando apenas había publicado su primera novela, Manual de perdedores, y luego editado en La mujer ducha. Y en esa gran novela que es Al estilo Hammett, en la que conjetura cómo pudieron haber sido sus últimos años en medio del bloqueo literario, a partir de Tulip, el manuscrito que dejó inconcluso. “Un hombre se mide también por el tamaño de sus derrotas, por la altura de la que cae, por su manera de dar la cara hasta el final”, escribió alguna vez Sasturain sobre el viejo Dash.
El otro gran homenaje viene desde España y es la Semana Negra de Gijón, organizada por la Asociación Internacional de Escritores Policíacos, que cada año otorga el Premio Internacional de Novela Dashiell Hammett a la mejor novela policial escrita en español, y que ya han ganado, por ejemplo, Paco Ignacio Taibo II, Leonardo Padura, Leo Oyola, Ricardo Piglia, Guillermo Saccomanno y el mismo Sasturain, entre otros.
“Algún día alguien hará literatura con este género”, dijo Hammett en una carta a Blanche Knopf, editora y esposa del también insigne editor Alfred Knopf. Quizás no lo sabía, quizás sí: estaba cumpliendo su propia profecía con apenas cinco novelas y un puñado de relatos.