Es difícil que el gurí entienda que de este lado del río no puede meter las patas. Cómo le explicás que es hondo y se va ahogar. A nosotros, el apá nos dejaba que entremos al agua igual para que cuando no haya barro que pisar, nos caguemos del susto y ahí sí que no gurisiabamos más. Nos curaba por lo sano, decía él. Yo no me animo a hacerle eso al gurí. Con La Mechi le explicamos para que entienda. Le decimos no, Vali, cuidado con andar desnudo que hay espinas o ¡eso te va a hacer mal!, cuando se llena la boca con tierra. Pero con el agua es otro tema. Le gusta demás y con estos calores que atropellan se le queman hasta las tripas y no hay manera de atraparlo para que se quede afuera.
El gurí está en la orilla y se viene derechito a los trancos torpes para alcanzarme. Desde el bote, río adentro, no puedo tirarle el manotazo para frenarle la corrida. Le pego un grito como arreando animales. Eh, gurí, frene ahí, le ordeno. Vuelva para las casas. Pero parece que no quiere escuchar. Se estira el calzoncillo con las dos manos y se lo baja. La Mechi que está a unos metros revolviendo la olla, para la oreja. Por Dios Santísimo, dice cuando lo ve y con el repasador que tiene en las manos saca del fuego el dulce que está cocinando. Pone la olla que hierve ahicito de los troncos y corre atrás del gurí para que no se caiga en la barranca. Yo no puedo más que gritarle otra vez y rogar que haga caso. La caña tironea y la afirmo a la cintura. Parece que cacé el primer bicho del día. Cuando veo que La Mechi ya tiene al gurí pegado contra su pierna, agarro la manija y empiezo a girarla. El sol prende fuego todo a esta hora y el agua que está como para el mate espanta los moncholos, los dorados y hasta las palometas.
Que lo meta en el rancho, le grito a La Mechi y ella me levanta la mano como para que siga. Para que me calle y siga. Es como tener un león atao, me responde y el gurí la tironea con fuerza para zafarse, pero La Mechi le aprieta el brazo y lo arrastra como novillo al matadero mientras el petiso chilla y le pega en la mano que le agarra el codo. El gurí salió a nosotros. Inquieto como chancho quemado. Qué va hacer con estos calores si no se mete en el río. Es peor que una anguila. Vamos a tener que armarle una pileta con el tambor así se moja la cabeza.
Veo el río más hondo que antes. Parece que el barco pasó anoche. Mientras cabeceaba en la cama, escuché el ruido. Ya no se animan a hacerlo cuando estamos despiertos. El calado de la máquina se volvió a tragar el agua y no me queda costa para atar el bote. Tuve que conseguir una soga de cinco metros que me prestó El Amarillo, pero igual estoy cagado de miedo. Dejo el bote durmiendo en el río y los barcos de las empresas le pasan arañándole la madera. Un día me van a dejar rengo y ahí se las van a ver. En unos meses vamos a tener que desarmar la casa otra vez, lo hacemos todos los años cuando el río se come la tierra y nos deja sin orilla. La Mechi desata las lonas y yo desentierro los postes. Nos lleva todo el día.
Algo sigue tirando y hace fuerza. Enrollo la línea y traigo peso. En el anzuelo se enganchó una boga. Se retuerce como para escaparse, pero el filo le atravesó la mandíbula. No hay forma que zafe. No es tan grande, pesará unos dos quilos. Con cuatro más de esta tengo el día hecho. El Amarillo y El Beto me dijeron que hoy había agua limpia. Ellos ven en el celular cómo va a estar el viento y mandan un mensaje al grupo para que la gente sepa. Casi siempre le pegan. Y yo no soy mandado. Todas las mañanas antes de salir, reviso si avisaron algo y siempre les hago caso. Hoy hay un ventón de la madre y eso, en esta parte del río, larga la correntada para el otro lado. En contra del que el agua siempre viene.
Ahora la inmundicia de la fábrica que está a la derecha, no llega a esta zona. Lo que sacamos, todo sirve. Está especial para tirar la tarrafa y atrapar una manjuada de bichos. Estiro el brazo para atrás y tanteo si está armada. Escucho la voz de La Mechi que me dice que va arrancar el guiso. De fideos, le respondo, porque me acordé que en la caja había quedado una bolsa de coditos. Bueno, me dice. Con la mano, toco el cabo y la red que están atrás mío. La empujo para el frente. Dejo la caña al costado del bote y me pongo a desenredar la soga. Por suerte no tiene nudos.
Cuando está armada, veo los huequitos entre los hilos y la tiro al agua. Mientras espero que el río corra, silbo la canción del Jorge que me ayuda a tantear el tiempo. Cuando llego al estribillo sé que la tengo que levantar. Cristo de las redes no nos abandones, canto. Eso sí lo digo en palabras, mal y desafinado, porque es como rezarle al Dios para que me llene la red de pescados. Cuando saco la tarrafa del agua y la suelto en el bote, hay cinco bichos saltando en la madera. Tienen las sogas cruzadas al cuerpo. Hay una vieja del agua que devuelvo al río, La Mechi me había dicho que no. El gurí no la come. Después hay otra boga, chica también, y tres mocholos que meto uno a uno en la conservadora con agua.
Fue una buena tirada, pienso. El día de trabajo se acorta y capaz llegue a juntar leña, con la luz del día. Me armo un cigarro antes de volver a soltar la tarrafa, tengo un rato hasta que La Mechi me llame a comer. Prendo el tabaco y suelto la línea como para no perder el tiempo. La transpiración me está mojando la camisa. Tengo la caña entre las piernas y el humo en la otra mano. Con los dedos libres, agarro la botella que está en el alambre que até en la madera. Abrazo la caña para liberar la otra mano y le saco la tapa. Le pego tres tragos largos. Está tibia. Veo un barco venir por el canal, todavía está lejos. Cuando levante esta tirada me tendré que correr. Pasa un rato y ni el tirón de un yuyo o camalote me mueve la caña. El barco está más cerca, así que enrollo la línea para correrme. La Mechi sale del rancho y me silba. A comer, grita. El gurí se le escapa por atrás y ella lo alcanza a agarrar del brazo otra vez. Se meten al rancho mientras ella le dice algo que no escucho.
Guardo la línea en el cajón y con el remo en mis manos empiezo a mover el bote. Lo único bueno de que el río se achique es que llego más rápido a la barranca. Agarro la punta del cabo con que amarro el bote y en la otra mano alzo la conservadora. Pego un salto largo para alcanzar la tierra y para que cuando el bote se mueva no me caiga al río. Le hago tres nudos a la soga sobre un tronco que está cerca y me voy para el rancho.
La Mechi sigue renegando con el gurí. Había sacado el tacho que tenemos para que tomen los bichos y le desparramó el agua en todo el piso de la cocina. No hay lugar donde pisar sin que te quede barro hasta la rodilla. Le digo que entonces saco la mesa afuera. Abajo del paraíso está lindo para almorzar. Los mosquitos están tozudos y el repelente ya no es el de antes. Busco la botella y con el spray me desparramo el olor a citronella en todo el cuerpo. Le echo al gurí también porque después anda rascándose como perro con sarna. La Mechi me apura con la mesa que el guiso ya está. Yo agarro al gurí de las piernas, apoya el cuerpo sobre el hombro y después lo acomodo en la sillita que puse al lado de nuestros bancos para que se quede quieto y coma. Parece un jabalí enjaulado como chilla y llora. Renegado salió. Lo que va ser cuando las bolas le lleguen al suelo y las muchachitas lo manden para el cuarto. Busco la damajuana y me sirvo en la jarra el vino tinto caliente. Le pongo unos pedazos de limón para sentirlo más fresco. La Mechi me dijo que ella no quiere vino, así que le sirvo en el vaso un poco de agua. El ruido a lata se escucha adentro, está sirviendo la comida. Me siento en el banco y reparto los cubiertos que están en la mesa.
El gurí atrapa los fideos como si estuviera pescando con un arpón. De lejos los mide y le larga todo el peso del brazo sobre el plato de acero. Los fideos saltan sobre la fuente, muchos se caen a los costados, la salsa nos salpica la cara, pero el fideo que eligió está encajado en su tenedor.
Mansa puntería, le digo a La Mechi y ella me calla porque no le da risa. Lo reta al gurí. Más despacio, le dice. Es comida. Pero cómo le hacés entender al gurí que lo que hacíamos en el río, no se hace en la mesa. La Mechi se da cuenta y le cambia el tenedor por una cuchara. Le explica cómo se usa y aprende mejor que estudiante de escuela.
Cantado que después de esta panzada dormimos la siesta. La pesca fue buena y el sol que pela no deja hacer otra cosa. Escuchamos un helicóptero que anda ahí arriba. Deben ser los yanquis, le digo a La Mechi medio en broma, medio en serio, pero ella no cree que vayan a venir.
Yo no estoy tan seguro. Lavo las cosas. Ella lo agarra al gurí y va hasta el río a limpiarle las manos y las patas. Que tengan cuidado, le digo.
Queda poca agua limpia en el bidón, mañana tendré que buscar en la ciudad.
Entro a la pieza, cierro el mosquitero y me acuesto sobre el colchón que armamos con la goma espuma que encontramos afuera de la fábrica. La Mechi llega con el gurí, lo pone al medio para que duerma y no se escape y ella se recuesta al lado. Me dice algo de que el año que viene el gurí debe empezar la escuela. Pero tiene dos años, le digo como sorprendido que haya salido con esa cosa. Me cuenta algo de que la Mari ya va a mandar al suyo para que después no le cueste. Hay escuelas de tres años, me dice y veo en su forma un intento de informarme pero más de convencerme de eso que está diciendo. Pero cuánto va a salir eso, le pregunto sabiendo que es decisión tomada. Las cosas del gurí las maneja ella. Yo no meto bocado más que para ayudarla. Unos tres pescados al día, me dice y mi cabeza que se estaba apagando para dormirse y descansar un rato se queda pensando en lo que La Mechi me acaba de decir. Para sacar más pescados tendría que estar más tiempo en el río.
Capaz que haya días que tenga que aguantar hasta la noche. Las empresas pagan miserias. Tendría que meter más kilo en la cooperativa. Ahora está difícil hacer buen día de pesca. Capaz que hoy pueda aprovechar. Hay río limpio hasta la noche y si lleno tres tarrafas voy juntando la monedita para la escuela del gurí.
Se ve que eso me amansa y me quedo dormido. No más de una hora. Nunca duermo más que eso. La Mechi y el gurí todavía tienen los ojos apretados como cuando se meten abajo del agua. Me levanto despacio para no hacer ruido. Cargo la botella, agarro unas tortas fritas que había hecho La Mechi y encaro para el bote. Ajusto la gorra en la cabeza y miro al frente. Un barco de la empresa pasa por el canal del río. Tiene una bandera arriba que no es de acá y no hay ningún hombre en esa estructura gigante que se vea. Las olas crecen y mi bote que estaba parado, se mueve. Los golpes del agua le estiran la soga que está bien sujeta al tronco. Me doy cuenta que el barco va a pasar muy cerca. Levanto los brazos para avisarles y que maniobren para dentro. Les silbo unas tres o cuatro veces. Lo hago aunque no sirva para nada. Porque andá a mover tremenda máquina en el agua. Empiezo a correr para alcanzar mi bote y tratar de subirlo a la barranca antes de que se lo lleve puesto. Las ojotas en los pies se me enredan y tropiezo. Me arranco la goma lo más rápido que puedo y sigo descalzo. Apuro la velocidad y grito porque no hay manera de quedarse quieto o callado ante lo que pasa. El barco alcanza la altura de mi bote. Corro como si mi vida dependiera de eso. Corro porque sí, mi vida depende de eso y no hay cristo que pueda arreglar un bote quebrado. Escucho un ruido. Es la madera que se raja. Me gustaría apretar los ojos como La Mechi y el gurí para no verlo, pero la presión es más fuerte y casi ni pestañeo. Primero, lo choca atrás. El bote se mueve para el costado hasta pegarse a la barranca como haciéndole lugar, como tratando de salvarse. Pero ni un segundo avanza y el barco parte el bote al medio. Las maderas flotan y algunos pedazos se los lleva el río. La mitad de la carcasa sigue sostenida por la soga pero empieza a hundirse.
Veo un muchacho atrás de un vidrio del barco y su cara me mira pero no entiende. La Mechi que está más atrás me grita algo, pero no la quiero escuchar. Hijo e putas, dice. El gurí aparece al lado mío y me abraza la pierna. El bote, apá, habla con el gemido de un ternero que recién parieron. Yo sigo mirando al frente, pero al barco y al bote ya no los veo. Tengo la vista tapada con una nube blanca como espuma de leche hirviendo. No quiero cerrarlos. No quiero decir nada. Apoyo la mano que tiembla sobre la cabeza del gurí y le acaricio los rulos. Sigo firme contra la tierra. Él me aprieta el muslo ayudando a esa firmeza. Siento a La Mechi llorar atrás. Entre llanto y grito, tose como ahogada en su saliva. Mis piernas están duras y parecen estacas. Como los troncos que sostienen el rancho. Intento girar el cuerpo pero no me animo a darme vuelta. Me quiebra pensar lo que van a decirme los ojos de La Mechi cuando la mire ahora que no hay bote ni nada que perder.