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Ezeiza y otros lugares

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Sinopsis

Estos cuentos intentan reflejar a una parte de la generación del 50, esa tan denostada actualmente: la del ascenso social, la conciencia de clase, las pérdidas indescriptibles, el coraje, los miedos y las alegrías compartidas, los sueños truncados y los realizados, la añoranza por lo que pudo ser.

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Ezeiza y otros lugares
María Julia Mazzarino
Lista de relatos
La larga noche a Ezeiza
El peluquero de Bologna
Un soplo de la patria
Frau Galla
Quimilí
Trixie & Bill
Los otros de Bariloche
Buenos Aires hora cero
Un congreso con consecuencias
Postales napolitanas
Lágrimas por Walter Benjamin
El tratamiento
La cura


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La larga noche a Ezeiza

Empezó siendo un día caluroso de noviembre. El responsable de mi grupo
nos había citado en una calle de Flores a las nueve de la noche. Teníamos que
llevar ropa y calzado cómodo, algún abrigo liviano y un poco de comida,
caramelos y agua. A partir del momento en que nos encontráramos, no podíamos
hablar más, solo si era extremadamente necesario. Íbamos a caminar toda la
noche por calles de Buenos Aires que las organizaciones políticas y sindicales
habían ido marcando. Calles alejadas de las principales avenidas —donde decían
que estaban los tanques— y atravesando veredas oscurecidas por árboles, que en
esa época del año ya estaban completamente cubiertos de hojas. Cuando
empezamos a caminar era de noche y el calor bochornoso continuaba sin dar
respiro. Lo único que se escuchaba en medio de esa calma calurosa era el ruido
de cientos de pies deslizándose contra el piso en una especie de shsh
ininterrumpido, suave y apagado. Ninguna voz. Yo iba en un grupo con Picu y
Mali, mis amigas de la facultad, las dos del interior como yo; a cargo del grupo
estaban Berto y Charly, también de la facu, más grandes que nosotras y ya
recibidos. Berto era un porteño de mal carácter que adoraba a Roberto Arlt; yo lo
admiraba por eso, el de Arlt era todo un mundo que había conocido gracias a él.
Charly era un flaco alto, de pelo rubio pajizo y medio encorvado como suele ocurrir
con los muy altos, lo conocía poco pero me inspiraba confianza; se movía entre
las filas silencioso como un gato con una sonrisa permanente, y como sobresalía
entre las sombras confusas que nos rodeaban, nos hacía sentir más seguras. La
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mayor parte del tiempo íbamos mirando el piso para no tropezar. Las gotas de
sudor brillaban en los rostros que percibía de a ratos cuando cruzábamos las
calles. La marcha era lentísima porque las pasábamos de a dos, algunas veces en
grupos de tres o cuatro, pero en ese caso había que esperar unos minutos eternos
para que siguieran los próximos. Por la vereda del frente marchaban tantos o más
que por la nuestra y a veces nos cruzábamos con otros grupos que venían por
calles perpendiculares. Nos fuimos internando en barrios cada vez más
desconocidos; en algunas esquinas donde no había faroles aprovechábamos para
pasar casi corriendo mientras los responsables nos apuraban con un rápido,
rápido, que me hacía acordar a las películas yanqui de guerra donde siempre hay
un sargento que dice move, move.
Cada tanto nos dejaban descansar apoyados en las paredes o sentados en
la vereda, sin sacar las piernas del cordón. La segunda vez que paramos pensé
que no podría volver a levantarme. Las piernas me temblaban con un movimiento
incontrolable que se extendía hasta arriba y terminaba en un escalofrío a pesar de
la calidez de la noche. Picu me apretó la mano, ella estaba pálida, con un color
que pasaba del amarillento al grisáceo según le daba la luz que se colaba entre
las persianas de una ventana, tenía los ojos enrojecidos y brillantes. Me sonrió
apenas y señaló con la cabeza hacia atrás. De pie en medio de la vereda, sin
apoyarse en nada, estaba una mujer mayor, como de unos sesenta años, de piel
oscura y arrugada, que tenía colgando del cuello una cartulina pintada con flores
de colores y en el centro una foto de Eva y Perón. Sostenía la cartulina con ambas
manos y miraba hacia adelante, impaciente por seguir caminando. Detrás de ella
había otras mujeres también mayores, algunas gordas y retaconas, otras muy
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flacas y encorvadas, todas con pequeños carteles o bolsas colgando del cuello;
seguían moviéndose en el lugar manteniendo el ritmo de la marcha. Cuando se
dio cuenta que la miraba, la mujer sacó de debajo del cartel una manzana y me la
pasó con una mano mientras estiraba el otro brazo en ademán de ayudar a
levantarme. Me puse de pie de un salto; yo acababa de cumplir veintidós años,
compararme con esas mujeres me llenó de vergüenza.
Nuestra marcha hacia el sur continuó por Mataderos, cada tanto se abría
apenas una ventana o una puerta y una mano sin rostro nos alcanzaba pan, frutas
o una botella con agua. Alguien se apresuraba a aceptarlos y en un susurro
apenas perceptible, deslizaba un Gracias, compañeros. En las paredes
blanqueadas a la cal de algunas esquinas podíamos ver la P encerrada por la V
del “Perón vuelve” o una enorme pintada de “LUCHE Y VUELVE”. Era la noche del
16 de noviembre de 1972. Marchábamos a Ezeiza a esperar a Perón que volvía
después de dieciocho años de proscripción y exilio.
Cuando era chica me encantaba decir Perón, Perón en voz baja o para
dentro. Estaba tan prohibido nombrarlo, que era como desafiar al mundo, con ese
mismo gusto que nos daba decir malas palabras o tener malos pensamientos.
Cuando ya estaba en la universidad, me olvidé de Perón, me atraían la mística del
Che Guevara, el comunismo, el Cordobazo, Agustín Tosco. Pero un día, algunos
volvieron a nombrarlo, tímidamente al principio y cada vez más convencidos
después. La Facultad de Agronomía no era justamente un nido revolucionario. El
Centro de Estudiantes estaba en manos de un grupo selecto de hijos de
estancieros, que se presentaban en las asambleas de saco y corbata, y que te
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preguntaban con la mayor naturalidad dónde estaba el campo de tu familia o por
qué estudiabas Agronomía si no tenías campo. Yo tenía una beca de la UBA para
hijos de trabajadores que me cubría la pensión, y estos tipos me parecían
marcianos (seguramente yo también a ellos). Cuando entré a la facultad en 1968,
en plena dictadura del general Onganía, ya había pasado la Noche de los
Bastones Largos, cuya principal consecuencia fue la pérdida de gran cantidad de
profesores de la universidad, que echaron o renunciaron y se fueron del país
(pérdida de la que la ciencia y tecnología argentinas no se recuperaron nunca del
todo). Al año siguiente fue el Cordobazo, una insurrección popular que nos marcó
para siempre e inició la caída de Onganía. Lo reemplazó otro general. Poco a
poco fui descubriendo que el ambiente de la facultad no era homogéneo, que por
fuera del Centro de Estudiantes había una atmósfera especial, mezcla de temor,
resistencia y desafío. Yo era consciente que tenía que estudiar mucho para
mantener mi beca y no abrir la boca por si acaso, al fin y al cabo, era lo que me
habían enseñado en mi casa: no hablar afuera de lo que se pensaba adentro, pero
empecé a acercarme de a poco a los que esbozaban un discurso parecido al que
conocía desde siempre. Fui aprendiendo que una buena parte de mis compañeros
no provenía “del campo” y que parte de los que sí provenían, no pensaban como
los del Centro de Estudiantes. Admiraba a los porteños que parecían saber
vagones de todo, literatura, música, teatro, cine, y especialmente a los que venían
del Colegio Nacional Buenos Aires o el Carlos Pellegrini, que para mí eran el
sumun del conocimiento. (De las compañeras porteñas también admiraba la ropa
y la naturalidad con que la portaban. Una de ellas iba a clases con un blazer de
gamuza marrón que fue mi obsesión durante años; a mí me habían comprado uno
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de paño azul en el Once). Me empezaron a pasar libros que leía sola o con mis
amigas más cercanas, una, hija de estanciero comunista y otra, de empleado
bancario desarrollista. Cuanto más leíamos sobre las luchas populares en el
mundo, más nos íbamos acercando al peronismo, nos fuimos convenciendo de
que era el único camino posible. Y así llegamos al día en que fuimos a buscar a
Perón. Gran parte de la gente que marchaba, todas esas personas que veíamos
como mayores o directamente como viejos caminando a nuestro lado, lo habían
conocido, nosotras no. Pero ese mismo año, en agosto de 1972 había sucedido la
Masacre de Trelew, y si todavía teníamos dudas, eso había sido el punto de
inflexión. Asesinaron a gente de nuestra generación sin importarles que todos
habíamos visto en fotos y hasta por televisión, que se habían entregado cuando
fueron a detenerlos. Teníamos rabia y ganas de mostrarle a Lanusse y su
gobierno militar que ahora éramos incluso muchos más.
Como a las tres o cuatro de la mañana empezó a llover. Los pies
resbalaban dentro de las zapatillas. Muchas veces teníamos que retroceder
porque había soldados apostados en alguna avenida o nos deteníamos durante
ratos interminables sin saber por qué. Cruzar la avenida General Paz fue una
odisea; aparentemente los jefes de grupo negociaban con la policía o no sé con
quién para que nos dejaran seguir, pero en los lugares muy abiertos, la cosa se
ponía difícil. Me acuerdo de Berto tomándonos de la mano y corriendo bajo la
lluvia hasta los pilotes de un puente, su cara tensa, la fuerza de su mano mojada.
Mientras cruzábamos, veía otras sombras bajo la lluvia, algunas también
corriendo, otras que se agachaban y quedaban inmóviles, parecían esos arbustos
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podados en redondo de los parques. Hasta el pilote donde tratábamos de
recuperar la respiración llegaron otros cuatro, cuando los tuvimos al lado vi que
eran dos parejas más o menos de la edad de mis padres, que se reían despacito
como de una travesura; una de las mujeres llevaba una especie de turbante del
que le asomaban en la frente unos rulos mojados. Se parecía a mi madre y me
produjo una sensación de alegría y seguridad, como si estuviera corriendo con
ella, que tantas veces me había hablado de Perón y Evita mientras cosía en el
comedor. No sé cómo llegamos del otro lado de esa avenida que me parecía de
una anchura desmedida, pero gracias a Charly y su pelo pajizo que nunca
perdimos de vista, volvimos a encontrarnos con el grupo. Mirando el mapa creo
que seguimos por algún lugar de La Matanza, por Villa Madero o La Tablada.
Estábamos completamente mojados y teníamos mucho frío, caminar era ahora
una bendición y en las esperas dábamos saltitos para mantenernos calientes.
Aprendimos que el frío era lo peor, el resto —el hambre, el cansancio, los pies
lastimados, los calambres en las piernas— era soportable. De a ratos buscaba a
las viejas mujeres y a sus carteles, los habían cubierto con bolsas de nylon y los
protegían contra el cuerpo. La que me regaló la manzana se llamaba Margarita;
habíamos hablado en una de las paradas cuando la lluvia era muy intensa y
tapaba el ruido de los murmullos y los saltitos. Margarita y sus compañeras venían
de la villa del Bajo Flores, era santiagueña, trabajaba limpiando un sanatorio y
había conocido a Evita en un hogar de tránsito. Me regaló una sonrisa desdentada
cuando le dije que yo también era santiagueña. Mirarla cada tanto me ayudaba a
seguir caminando.
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Alguien dijo que íbamos a tener que cruzar el río Matanza, que era la única
forma porque los puentes estaban ocupados por el ejército. Sentí un vacío en el
estómago. No sé nadar, así que si era verdad, no me iba a quedar otra que volver
no sé hacia donde, no tenía ni idea de donde estábamos. Casi me pongo a llorar,
pero no tuve tiempo porque en la pálida luz que empezaba a filtrarse por las
nubes, vi que la fila descendía hacia un barranco, y allí estaba el río y en el río una
doble hilera de personas armando dos cadenas entre las cuales se deslizaba la
gente.
—¡Qué asco de río! —dijo Picu despacito, pero no llegué a entender por
qué lo decía.
—No te va a pasar nada —me dijo Mali con la seguridad que tienen los que
saben nadar—. Yo te ayudo.
Me prendí con una mano de ella y con la otra empecé a cruzar apoyándome
en los brazos y hombros de unos muchachos y hombres grandotes que se
mantenían enganchados, aguantando estoicamente la corriente y nuestras manos
asustadas. Avancen, avancen era lo único que se escuchaba. Me acuerdo de
haber cruzado como si fuera una película, sintiéndome segura aferrada a esa
cadena humana y que al llegar a la otra orilla, me di vuelta a mirarlos. Como la
mujer de Lot —pero sin convertirme en sal— me quedé un rato mirando hacia
atrás mientras los demás seguían, observando incrédula esa fortaleza de brazos
contra la que se apoyaba la gente y se acumulaba la basura indescriptible que
traía el río.
—Compañeros de la CGT —dijo alguien, mientras me empujaba para
adelante.
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Con el avance del amanecer fuimos entrando en filas de dos o tres en
Ciudad Evita, que en ese entonces tenía otro nombre, pero todos la llamaban
Ciudad Evita como ahora. Las puertas de los chalecitos blancos y techos a dos
aguas se abrían para dejar pasar a las mujeres al baño. Nos daban cartones y
hojas de diarios para ponerlos bajo la ropa mojada, aliviaban el frío. Nos
alcanzaban té o mate cocido bien caliente, nos deseaban suerte, que ojalá
llegáramos. Descansamos allí un buen rato y seguimos caminando. Era cerca del
mediodía cuando vimos un avión que se acercaba y todos gritamos y movimos lo
que teníamos a mano para que el General nos viera; también vimos los tanques,
los jeeps y los soldados en la ruta. Corrimos por una pendiente hacia los
bosquecitos que rodean Ezeiza, nos internamos entre los árboles mientras
sonreíamos emocionados. ¡Estábamos tan cerca! Eso sentíamos cuando
empezaron los disparos y las voces de los altoparlantes. Nos tiramos al piso,
algunos encima de otros, éramos muchos y los murmullos no dejaban escuchar lo
que nos gritaban. Después de un tiempo que pareció una eternidad, alguien me
tomó de la mano y dijo: Ahora salimos con los brazos en alto, las manos bien
abiertas. Vi a Picu pararse a mi lado y empecé a caminar. Salimos del bosquete y
subimos la pendiente hacia la ruta como miles de hormigas desordenadas
huyendo de un hormiguero invisible, pero a paso lento y resignado. Arriba nos
esperaba una fila interminable de soldados cubiertos con esas enormes capas
verdes que usan en el ejército; los habían dispuesto a lo largo de la ruta por la que
nos obligaron a retroceder. Al revés de los desfiles patrios, ahora eran ellos los
que nos miraban mientras caminábamos en grupos de cuatro o cinco en una fila
también interminable. No nos dejaron recibir a Perón. Algunos de los nuestros
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lloraban, algunos de ellos también; no sé si eran lágrimas reales, la lluvia se
mezclaba en los rostros tristes y cansados de ambos bandos y el resultado era
una especie de llanto colectivo. Lo que sí puedo asegurar es que algunos de estos
soldados tan jóvenes como nosotras y tan morochos como Margarita y sus
compañeras, levantaban la capa para hacer la V con una mano apenas asomada
y nos sonreían tímidamente.
Había escuchado muchas veces que Perón representaba el sentir del
pueblo. En la larga marcha por su regreso, me quedó claro lo que eso significaba:
yo misma sentí que el peronismo era un sentimiento compartido y que nada nos
separaba. Después aprendí que no era así, que muchas veces nos íbamos a
separar, algunas de manera violenta, pero nunca pude rechazar del todo a “los
gordos de la CGT”. Sigo preguntándome si alguno de ellos no me habrá servido
de apoyo para cruzar el río.

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